La VOX cantante

Querido doble hermano: Cada día me siento más maravillado con el panorama político español, tan diferente a todo lo conocido. Te conté alguna vez la particularidad de la lengua española al poder colocar el adjetivo antes o después del nombre. No es un azar ni un capricho. La gran polémica actual, con ocasión del juicio a ciertos separatistas catalanes, es si su condición de presos preventivos lleva a que se definan como “presos políticos” o como “políticos presos”. Son realidades opuestas. La polémica me recuerda la del Filioque de los concilios medievales que nos explicaba en St. Andrew el profesor de historia. ¿Recuerdas, el doctor Park, con pantalones bombachos? Era discípulo de C.S. Lewis y nos transmitió su enamoramiento por la Edad Media.

En este caso, el elemento oficial y mayoritario habla de “políticos (ocasionalmente) presos”. En cambio, los nacionalistas catalanes o vascos remachan lo de “presos (injustamente) presos”. No menor paradoja es que algunos de los políticos que permanecen en prisión mientras dure el juicio del Tribunal Supremo han resultado electos en el Parlamento, por lo que han tenido que jurar la Constitución. Lo han hecho con la fórmula flamboyant de “por imperativo legal, como presos políticos y por la República de Cataluña”. Aunque te parezca mentira, un juramento así se han considerado como válido por la presidenta del Congreso, del Partido de los Socialistas Catalanes. Es más, el presidente del Senado (también del Partido de los Socialistas Catalanes) se ha permitido declararse a favor de los posibles indultos de los procesados por el Tribunal Supremo.

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Tendría que contarte el resultado de las recientes elecciones locales, regionales y europeas. Es fácil acordar que el Partido Socialista sigue siendo el hegemónico en España, salvo en Cataluña y el País Vasco, donde medran aún menos los otros partidos nacionales. También es patente que Vox es el partido nacional con menos votos, pero hay que partir de un hecho primordial. A saber, Vox no contaba nada hasta hoy mismo. Luego se debe concluir que su “irrupción” (este es el verbo que se le reserva) en el Parlamento nacional, en los Parlamentos regionales y en algunos Ayuntamientos es toda una hazaña. Por ese lado se lleva la voz cantante, aunque la conducta habitual de los comentaristas de la prensa es la de “ningunear” a los voxeros. Es tan general y desproporcionada el rechazo de los otros políticos a sentarse a negociar con los de Vox que hace todavía más saliente a este partido.

La razón última por las que Vox, el único partido realmente conservador, se queda un tanto arrinconado en el panorama político es porque, hablando francamente, el país es bastante de izquierdas. Inclusos los partidos nacionalistas (hoy separatistas) se consideran también de izquierdas. Esto es así por una razón de psicología colectiva. La izquierda propicia la subida de los impuestos, pero los españoles están convencidos de que “los impuestos los pagan los demás, no cada uno de ellos”. De esa forma se cierra el argumento de que, con impuestos más elevados, el Estado puede favorecer a la ciudadanía con todo tipo de ayudas, pensiones, servicios gratuitos, becas, subvenciones, subsidios, etc. Esto, y no otra cosa, es en lo que consiste hoy en España el izquierdismo.

Si Vox no ha conseguido una fracción mayor de votos es por su extraña situación de ser un partido estigmatizado. Al ser un partido nuevo, no ha podido disponer de diputados en el Parlamento y por tanto no se ha podido beneficiar de las generosas ayudas que concede el Estado a los partidos. Más grave aún ha sido el ataque generalizado a los mítines de Vox por parte de los clásicos “elementos incontrolados”. Estos ataques los llaman “escraches”, un argentinismo. Te daré un dato “micro” (como son los que a ti te gustan). En las pasadas elecciones municipales, celebradas en mi pueblo de residencia, alguien ha arrancado todos los carteles de propaganda de Vox que están dispuestos en los paneles al efecto.

Aparte de lo dicho sobre Vox, la gran polémica política del momento se ha establecido a raíz de la amarga crítica que ha lanzado el líder de Unidas Podemos (no es un error, se llama así en femenino) contra el empresario Amancio Ortega. Recordarás que es el nacido en el pueblo de Busdongo, en un hogar muy humilde. El hombre se ha convertido en el empresario español con mayor éxito. Tan es así que ha donado cientos de millones de euros para modernizar los servicios de los hospitales públicos contra el cáncer. El líder de Unidas Podemos ha arremetido contra esa iniciativa filantrópica, calificándola de “limosna intolerable y de pretexto para no pagar impuestos”. Lo más notable del caso no ha sido solo esa extravagante opinión, sino que algunas personas prominentes de la izquierda están de acuerdo con ella. Se quejan, además, de que el señor Ortega haya invertido mucho dinero fuera de España. Me parece que se trata de una manifestación de la envidia, según dicen, el mal español por excelencia. La envidia es una rara cualidad que cuesta mucho reconocer en uno mismo; en cambio, se percibe fácilmente en los demás.

Para entender mejor lo que sucede en España y cómo son los españoles he decidido que lo mejor es alejarme del hábito de los diplomáticos, que es el de conversar casi exclusivamente con los colegas de la carrière. Yo prefiero platicar con todos los españoles nativos que puedo. Para ello me aprovecho de una ventaja cultural: los españoles no necesitan saber cómo se llama el interlocutor para mantener con él una larga conversación.

Anoto algunos rasgos generales de la conversación entre españoles. Necesitan decir una y otra vez de dónde son, no solo la región de procedencia, sino la ciudad o el pueblo. Suelen añadir innecesarios detalles autobiográficos o de personas de su círculo íntimo que no vienen a cuento. Las intervenciones son en voz con un tono muy alto. En un grupo pueden estar hablando dos o más individuos a la vez. Entre ellos parecen entenderse, pero a mí me despista un poco. Otro rasgo muy común es la creciente reafirmación de sus argumentos, dichos de manera tajante. De ahí, por ejemplo, el constante abuso de los adverbios: “completamente, perfectamente, absolutamente, profundamente”, etc. O también, frases contundentes como “no tiene nada que ver”, “me parece indiscutible”, “las cosas son como son”, “ni muchísimo menos”, etc. Bien es verdad que, como compensación, el discurso de los españoles es tan fluido que me quedo embelesado. Desde luego, no existe nada parecido a ese ligero tartamudeo de los británicos cultos.

Tendría que contarte mis progresos en la lengua de Cervantes, pero me cansa mucho la pantalla del ordenador. Solo te digo que me he puesto un eminente lingüista jubilado como profesor de español y lo he invitado a la tertulia que mantengo con Mildred en un café al lado de su trabajo actual. Pero eso lo dejo para otro día, pues esta carta me ha salido más larga que un día sin pan, como dicen los españoles. Se conoce que es un dicho de los años del hambre, que aquí coincidieron con los de la II Guerra Mundial.

Me alegra mucho lo que me dices de la revitalización de la caza de elefantes en nuestro país, gracias a los buenos oficios de tu lobby turístico. Lástima que el Rey emérito Juan Carlos I ya no esté en condiciones de viajar a Bostwana para los safaris que tú organizas.

Tuyo, Ñame Busdongo, embajador plenipotenciario de Bostwana en el Reino de España.

por Amando de Miguel.

Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología de la Universidad Complutense. Ha publicado más de 120 libros y miles de artículos. Forma parte del Patronato de Honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES).