La violencia contra VOX

Lo que estamos viviendo no es política, y mucho menos es democracia. Los planteamientos de VOX podrán gustar o no, pero son plenamente legales en fondo.

En el último mes estamos viviendo un recrudecimiento de hechos delictivos contra VOX que nos devuelven a épocas pretéritas que creíamos felizmente superadas, años de plomo en los que el borrokismo asediaba, coaccionaba y amenazaba y ETA ejecutaba. Solo así pueden interpretarse las pintadas de “te mereces un tiro en la nuca” aparecidas en Barcelona contra Santiago Abascal. O la simulación de ahorcamiento de Jorge Campos, Presidente de Actúa-Vox, realizada en Palma por los cachorros de Torra. O las agresiones como la sufrida este fin de semana por un miembro de Vox Zaragoza mientras repartía folletos del partido. O contra la gente de las mesas informativas instaladas en Sitges o Blanes. Por no hablar de las pedradas contra Jorge Buxade en Barcelona en un acto de Cañas por España o el hostigamiento contra Ortega Smith y Ortega Lara en Burgos. Y es que cada acto de VOX se está convirtiendo en un reguero de amenazas, coacciones y agresiones. Y si lamentable es que estos hechos empiecen a convertirse en habituales, de una indecencia insuperable es que se convierta en habitual su legitimación mediante un silencio atronadoramente cómplice.

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Que nadie dude que tras esta respuesta desatada y manifiestamente violenta contra el ascenso de VOX no se esconde otra cosa más que la desesperación que en todo el consenso socialdemócrata en general, y en la izquierda y el separatismo en particular, causa un partido que no solo discute la hegemonía cultural en virtud de una supuesta superioridad moral auto-asignada, sino que está consiguiendo además cambiar el relato. Y es que, si hay algo que la izquierda lleva peor que perder el poder, es perder la hegemonía del relato, ese que pivota sobre dilemas falsos y antagonismos sociales que buscan sesgar el debate para negarle a parte de la población el derecho a ser escuchada.

No cabe duda de que quienes tienen la máxima responsabilidad son los que provocan estas agresiones y amenazas en las calles, como tampoco de que ni son hechos aislados ni cometidos por dementes, sino por grupos organizados de violentos que responden a las consignas que reciben. Es por ello que determinados agentes públicos no pueden tampoco eximirse de dicha responsabilidad. En primer lugar, los medios de comunicación, que con un lenguaje torticero e irresponsable están vertiendo falsedades contra VOX con las que parecen querer justificar un “todo vale” inadmisible, como bien demostró LaSexta con el vergonzoso reportaje en el que trataba de identificar a los votantes de VOX en Marinaleda mientras reía y normalizaba las amenazas vertidas por el resto de vecinos. En segundo lugar, los partidos políticos, que parecen querer ganar en las barricadas lo que pierden en las urnas, como buena prueba da de ello Podemos. Y por último, la mayor de todas las responsabilidades, esa que recae sobre el Gobierno por partida doble. Por un lado, porque tiene los resortes necesarios para terminar con estas prácticas que solo definen a las peores dictaduras comunistas. Y por otro, porque además de la obligación moral, tiene la exigencia constitucional de proteger los derechos políticos de todos los españoles, especialmente cuando de ellos emanan planteamientos indiscutiblemente constitucionales y apegados a Derecho. ¿De qué democracia hablamos si una parte de la sociedad no tiene garantizados los derechos de reunión y de expresión? ¿Es normalidad democrática que quienes quieren defender sus ideas mediante un proyecto político no sepan si tras acudir a un acto van a regresar a casa o van a tener que pasar antes por el hospital?

Lo que estamos viviendo no es política, y mucho menos es democracia. Los planteamientos de VOX podrán gustar o no, pero son plenamente legales en fondo, en forma y en fin y, en consecuencia, merecen el mismo respeto que cualquier idea que cumpla esas mismas premisas. Y no mediante una apelación a la ley, que debería darse por descontada, sino a través del sentido común más elemental, del civismo y de la exigencia que todos tenemos de preservar la convivencia. ¿Qué es eso de llamar a alertas antifascistas? ¿Qué es eso de alentar a quemar las calles? Si la acción violenta contra el oponente se normaliza, no es solo VOX, sino toda la democracia la que estará puesta en jaque.

Por desgracia, no puede esperarse que quienes tratan de preservar a toda costa el consenso bajo la hegemonía cultural marxista, con el globalismo por bandera, lo entiendan. Y es que mientras todo esto sucede, sigue apelándose a demenciales cordones sanitarios orientados a arrebatarle a una parte de la ciudadanía algo tan elemental como su derecho a existir políticamente. Sigue recrudeciéndose la agresividad verbal contra VOX desde instituciones y ciertos medios de comunicación, e incluso se les niega una seguridad plenamente justificada a las gentes de VOX, que sin embargo es destinada frívolamente a la protección de la Dacha oficial de Iglesias, uno de los principales responsables de propagar el odio contra VOX y, por ende, de semejante escalada de violencia. Es por todo ello que parece que VOX ha de estar preparado para resistir.