La utopía y el milagro

En los confusos y eufóricos tiempos de la Glasnost y la Perestroika, a raíz de la caída del Muro de Berlín, tuvieron los lectores de El País la alegría de ver ondear la bandera roja con la hoz y el martillo en un balcón del Palacio de El Pardo.  Al quedar vacante por paso a mejor vida de su anterior inquilino, el noble edificio recibió el destino que hasta entonces había sido del Palacio de la Moncloa, aposento de altos dignatarios extranjeros en visita oficial. Y es así cómo, ironías de la Historia, gracias a Gorbachov – el Suárez ruso- pudo ondear de nuevo y al cabo de muchos años en el cielo madrileño la bandera de la Unión Soviética antes de volver a ondear, como una de tantas, en los desfiles de la Plaza Roja.  El cambio de régimen en lo que en nuestros antiguos pasaportes se denominaba “Rusia y países satélites” sólo tenía parangón con el cambio producido en España poco antes, de suerte que se inició un intenso intercambio de visitas oficiales y oficiosas para comparar resultados y ver lo que aún podíamos aprender los unos de los otros, ya que acá por lo pronto la primera (oficiosa, claro está) que hicieron ellos, la de Solyenitsin, cayó en saco roto, pues se produjo apenas desaparecida nuestra gerontocracia y aún le quedaban unos añitos, no muchos, a la de ellos, ante la que nuestras masas encefálicas seguían poniendo los ojos en blanco.  En un almuerzo de confraternización en la Residencia de Estudiantes o en otro lugar equivalente entre eslavos y celtíberos, uno de éstos, poeta él, trabó conversación con uno de aquéllos, al que no se le ocurrió cosa mejor que, al comparar transiciones y situaciones, felicitar al español por la suerte que su patria había tenido de que Franco la librara del comunismo. Al poeta español por poco se le corta la digestión y se levantó de la mesa para escribir unos versos en los que, al referir el suceso, manifestaba haberse autocastigado renunciando al postre.

Hablando de poetas, hay unos versos de Cernuda en los que condena por igual a las leyes y a las revoluciones.  Es muy difícil llevarle la contraria si por leyes entendemos las que nos suelen infligir las utopías revolucionarias, ésas empeñadas en producir un “hombre nuevo” aunque sea a costa de millones de cadáveres.

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Cuando en torno a la caída del Muro de Berlín, Fukuyama dio en hablar del fin de la Historia, yo pensaba que sería más adecuado hablar del fin de la Utopía, pensando en la que, al amparo de ese Muro, esperanzó a las masas encefálicas durante tres cuartos del siglo XX.  También yo me equivocaba, pues mientras el hombre esté sobre la Tierra nada podrá impedirle soñar Utopías, y más en unos tiempos dejados de la mano de Dios en los que, como decía Chesterton, al dejar de creer en El, se cree en cualquier cosa. La globalización, la esterilización de la familia, la sustitución de la felicidad por el placer, son las metas de una llamémosle civilización autodestructora que sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos y juega ya con la idea de la lucha de especies

Una de las Ministras de Cultura que nos han tocado en suerte decía, a propósito del centenario de la muerte de Cervantes, que los “grafiteros” son los quijotes de nuestro tiempo.  Uno de esos “quijotes” rompía una lanza de tinta en el metro madrileño contra el “especismo”, nuevo molino de viento de la modernidad. La “pintada” rezaba “S.O.S. especismo”, consigna que vendría a ser una superación de “S.O.S. racismo”.  El “especismo” viene a ser un grado superior del “racismo”, y si la manifestación práctica de éste es la discriminación por motivos de raza, la de aquél lo es la discriminación por motivos de especie. Dicho en cristiano, lo que rechazan los “antiespecistas” es la discriminación de que los animales racionales hacen víctima a los tenidos por irracionales.  Como el antirracista toma partido por las razas oprimidas, el antiespecista lo toma por las especies explotadas. No quiero llevar más lejos los paralelismos, no se me vayan a ofender hermosos ejemplares de estas últimas, pues soy el primero en reconocer que en la especie animal es frecuente hallar más nobleza que en el género humano. El mundo futuro tiene sus visionarios, desde Mary Shelley y George Orwell hasta La Mettrie y Wilhelm Reich, que lo anunciaron desde ópticas diversas. Sin embargo, del mismo modo que hay quien cree en las utopías, hay quien cree en los milagros, en esa clase de milagros que pueden dejar sin postre a más de uno de esos utopistas impenitentes que galopan a cuatro patas hacia el abismo, como los cerdos de Gerasa o los borregos de Panurgo.