La necesidad de recuperar el tejido industrial

España es un gran país, pero no todo funciona como debería, una gran asignatura pendiente es el tejido industrial y su crecimiento en un momento mundial de descomposición.

España es un país magnífico para vivir y muchos indicadores así lo atestiguan. Es el segundo país del mundo en esperanza de vida, el primero en donación de órganos y trasplantes, el segundo en tasa de criminalidad más baja y posee el tercer mejor sistema sanitario de todo el planeta. Su variada geografía, su riqueza cultural, su diversidad gastronómica, sus infraestructuras eficientes, su extensa tolerancia y su organización social, entre otros factores, hacen de España uno de los mejores apeaderos del mundo occidental.

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Sin embargo, no todo es perfecto. Aún quedan muchas cosas por arreglar, y una de las principales es el nivel salarial de los ciudadanos; algo que está directamente relacionado con la dilución del tejido empresarial del país.

En los años de la crisis se fomentó el emprendimiento y la creación de start-ups, como solución a la creación de empleo. Es cierto, sólo las empresas y los empresarios crean riqueza y trabajo, pero facilitar la creación de microempresas, si bien ha generado empleo, éste ha resultado ser poco productivo, inestable y con salarios bajos.

Según muestran los datos de Eurostat, es en las grandes empresas en donde la ratio de productividad por trabajador y el nivel salarial es más alto. Las pequeñas y medianas empresas tienen la vocación de crecer, pero para lograr ese objetivo se enfrentan a costes burocráticos y regulatorios que desembocan en el llamado “efecto escalón”. Cuando la empresa en cuestión logra la hazaña de superar los 50 empleados, el peso administrativo se recrudece y el análisis coste-beneficio aconseja echar el freno de mano.

El tejido industrial de un país es fundamental para su desarrollo y para su progreso. No se puede hacer país sin grandes industrias y grandes empresas, que son las que tradicionalmente han propiciado estabilidad, crecimiento, bienestar y futuro. Aunque España no haya cuidado especialmente a su tejido industrial, son las grandes empresas las que han resistido la crisis (desde 2008 el balance de la destrucción de empleo en las empresas con más de 250 empleados es de 0,1%, a diferencia de las pymes, en donde dicho número asciende a 31,5%). Estas grandes compañías sólo representan el 0,12% del tejido industrial español mientras que las microempresas suponen el 94,83%.

Aunque se tienda a la criminalización constante de las grandes empresas en el debate público, el poder estatal lo tiene claro: el mismo CNI, en la Estrategia de Seguridad Nacional, tiene como objetivo defender los intereses de la industria española, y es que, como decíamos, la industria es la columna vertebral de un país.

No obstante, los políticos han hablado poco de esto, o si acaso, lo han acariciado para que no se enrabiete. Podemos en su día reclamo la recuperación del tejido industrial, y Vox ha tocado el asunto en algunos de sus vídeos promocionales, pero las propuestas para recuperar la industria no están tomando ningún protagonismo en campaña.

Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca la recuperación de la industria estaba en un puesto prioritario de su agenda. Impulsado al poder gracias a todos los trabajadores que habían visto como sus empresas se movían a otros países, o sus industrias dejaban de ser competitivas ante a entrada de productos procedentes del extranjero, sobre todo de China, Trump pretende que en su país se vuelva a fabricar de nuevo. Cómo olvidar, en este sentido, el lamento de Frank Sobotka en The Wire: We used to make shit in this country, build shit. Now we just put our hand in the next guy’s pocket. (Solíamos hacer cosas, construir cosas en este país. Ahora metemos la mano en el bolsillo del tipo que tenemos al lado).

Ningún político emitirá semejante lamento. Nos hemos acostumbrado a la financiarización de la economía, reservada para las élites, y a ser un país de servicios.

En el documental dirigido por Steve Bannon, Generation Zero, se relata el proceso de descomposición industrial de los EE UU en las últimas décadas; según las cifras de dicho documental, se han destruido 25 millones de empleos en los últimos 20 años. La deslocalización se estancó con la crisis de 2008, pero viene otra ola, quizás imparable, de destrucción de tejido industrial: la automatización y, como ya comentamos, los políticos y aspirantes a regir los designios del país, han esquivado para no pillarse los dedos.

Los salarios y las condiciones laborales de los españoles mejorarán cuando crezca el tejido industrial. De lo contrario, seguiremos con la tendencia bajista y propia de concepción errónea de ser una nanopotencia.