La necesaria película sobre Blas de Lezo

Una nación no la forman sólo las generaciones pasadas, presentes y futuras que habitan un determinado territorio. No se trata únicamente de ese “plebiscito cotidiano” del que habló Renan. La vertebra y unifica la cultura, la lengua, los relatos compartidos y reconocidos por todos. Sea uno espartano, ateniense o tebano, es griego porque conoce a Homero, celebra los juegos y visita los oráculos.

En nuestro tiempo, junto a las formas clásicas de arte como la literatura o la pintura, el cine y la ficción televisiva son los grandes generadores de mitos de nuestro tiempo. Fíjense en la paradoja. Conocemos -o creemos conocer- mejor la “Conquista del Oeste” que la historia de Europa, la de nuestro vecino portugués o – ¡ay! – la de esta España nuestra. De la historia de la América española, por desgracia, ni hablamos. Gracias a los videojuegos, un joven puede identificar el orden de batalla de los ejércitos en la batalla de Stalingrado, pero no podría hacer lo propio con la de Bailén. Identifica a los héroes del cine de Hollywood o las series de HBO, pero ignora la grandeza de un Alejandro Farnesio, un Álvaro de Bazán o, yendo a lo que nos ocupa, un Blas de Lezo.

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Los espacios, tiempos y monumentos de memoria -las estatuas, el callejero, las conmemoraciones- han sido cicateros con algunos de los grandes personajes de la historia de España. Con notables excepciones -los museos militares, por ejemplo- nuestra sociedad ha ido cayendo en una corrección política que condujo al olvido. Recordar a vencedores de batallas, héroes de guerra y caídos por la patria era casi de mal gusto. Dar la vida por España lo hace a uno merecedor del recuerdo de una llama votiva en el Paseo del Prado, pero no de entrar en el imaginario colectivo.

Así nos va.

Los complejos, las culpas impuestas por otros y las leyendas negras han causado estragos entre los jóvenes españoles. El marxismo cultural ha dedicado décadas a socavar los cimientos de Europa con deconstrucciones, tergiversaciones y mentiras que sustituían la verdad de los hechos por la flexibilidad del “relato” y la “mirada”. Aún más graves han sido los olvidos, las ausencias, los silencios. Se puede escribir un guion o rodar una película sobre la epopeya americana, sí, pero que no salgan las universidades, ni las imprentas, ni las gramáticas y diccionarios que redactaron los jesuitas para aprender las lenguas de ese continente que se abría ante sus ojos. Que no aparezca la belleza de las catedrales y las iglesias con sus espadañas y sus campanas. Que no suene “La púrpura de la rosa”, esa joya de la ópera barroca que se estrenó en Lima en 1701. Sólo debe mostrarse la leyenda negra, la brutalidad y el salvajismo real o inventado y, desde luego, exclusivo de los españoles.

Ha habido casos infames como el de “1898: Los últimos de Filipinas” (2016), que mostraba a unos soldados que lo sienten todo salvo el amor a España como si eso fuese imposible. El largometraje ya avisaba de su sola inspiración en hechos reales y del recurso a la ficción, pero ese recurso no suele ser para exaltar a España ni para mostrar su grandeza, sino para exagerar o inventar sus miserias. Recordemos “Oro” (2017) y la crítica certera que le hizo Pérez-Reverte a golpe de tuit: “En una historia original de épica y crueldad, se les olvidó la épica”. También yo, como él, echo en falta una gran película sobre los héroes de Igueriben –“nos quedan doce balas de cañón…”- el glorioso Alcántara y su carga al paso para defender la retirada de sus compañeros durante el Desastre de Annual y la defensa de la fábrica de harinas de Nador a cargo de un puñado de guardias civiles.

Y echo todavía más en falta historias en las que los españoles no sólo sufran derrotas gloriosas y heroicas, sino victorias clamorosas e increíbles como las que registra la historia. No hace falta inventar nada. Ahí están Lepanto y la carga de los trescientos aragoneses que entraron los primeros en Buda al frente de un ejército cristiano para recuperarla de los otomanos. Ahí están Álvaro de Bazán, que luchó y venció a ingleses, franceses, portugueses y turcos. Ahí se alza, en fin, la figura increíble de Blas de Lezo, el “medio-hombre”, que tenía más valor y más arrestos que todos los que se burlan de él juntos.

No necesitamos inventar nada. Todo está en los archivos, las bibliotecas y los museos.

Hace falta sacudirse los falsos complejos de culpa, las mentiras repetidas y los prejuicios asentados. Hay que desbaratar los dobles raseros que se aplican a España, pero no a las demás naciones que en algún momento cambiaron el curso de la historia del mundo. Esto hizo España. Esto es lo que algunos no le perdonan y lo que otros tratan de ensuciar. Lean a Roca Barea, a Iván Vélez y a tantos historiadores y escritores que se niegan a asumir unos relatos contrarios a la historia y a dejar a la verdad languidecer en el olvido.

Cuentan que, cuando Décimo Bruto llegó al río Limia allá por el año 135 A.C., sus legionarios se negaron a cruzarlo por temor de que fuese el Leteo, el río del olvido. Quienes lo cruzaban perdían la memoria. Para demostrarles su error, el oficial pasó el primero y los fue llamando uno a uno por su nombre. La maldición de la desmemoria quedaba conjurada por el recuerdo.

Esto necesita España: dejar de recordar sólo las páginas oscuras de su historia -que existen como existen en todas las historias del mundo y deben aprenderse con rigor- y empezar a recordar también sus muchísimos pasajes luminosos, gloriosos y heroicos sobre los que pesa un silencio ominoso y que, frente a tanta ficción antiespañola, sucedieron en toda su grandeza.

Por eso, necesitamos una gran película sobre Blas de Lezo.

Y otra sobre Alejandro Farnesio.

Y una sobre Álvaro de Bazán.

Y muchas más sobre tantos, tantísimos otros.