La memoria y Paracuellos

Hacía frío, y la mañana era neblinosa. En una zona situada al este de la capital, en las cercanías de Torrejón de Ardoz, los autobuses custodiados por milicianos embrutecidos vomitaban a los aturdidos presos que, empujados por las culatas de los mauser y los mosquetones, eran arrinconados junto a las zanjas.

Con las manos atadas a la espalda, o anudadas a las de otro preso, los detenidos iban llegando hasta las fosas por turnos, con una cierta regularidad. Los milicianos – entre treinta y cuarenta – los despachaban con rapidez, agrupándolos en tandas que iban desde los diez hasta los veinticinco.

Una vez fusilados, los que aún se agitaban, recibían el tiro de gracia en la cabeza. Luego, los milicianos se concedían unos minutos para hurgar entre las ropas de los muertos. Les arrebataban lo que de valor llevasen, e incluso se incautaban – era la palabra de moda en el Madrid del Frente Popular – de las prendas en mejor estado. Para hacerse cargo de los enterramientos, los comunistas habían dispuesto unas doscientas personas, todos ellos reclutados de entre los desafectos de la zona.

Durante ese día 7 de noviembre de 1936, y sólo para la cárcel Modelo de Madrid, el número de asesinados ascendió a 1035. Y la matanza no había hecho más que comenzar…

La decisión la habían tomado los soviéticos, y la ejecutaba el responsable de orden público de la Junta de Defensa de Madrid, Santiago Carrillo, militante del PSOE hasta la víspera (al que traicionó) y fugado al PCE. El objetivo era privar a los nacionales, que tomaban posiciones en Carabanchel y la Casa de Campo, de sus partidarios más cualificados en la capital. Puede que los fascistas ganaran la guerra, pero lo pagarían caro.

Con posterioridad, Santiago Carrillo (aún sin admitir su responsabilidad) quiso justificar la matanza con absurdos argumentos, como que los miles de muertos producidos por los bombardeos nacionales sobre Madrid explican el odio de los milicianos hacia los presos. Se da, sin embargo, la circunstancia de que entre el 1 de noviembre y el día 7 no hubo bombardeo alguno de la aviación nacional sobre Madrid que pudiera justificar esa pretendida reacción colérica…

En realidad, la enormidad del crimen se debía a una decisión genocida consciente, cuyo propósito expreso no era otro sino el de exterminar a los enemigos del Frente Popular.

Las matanzas continuaron desde ese 7 de noviembre hasta el día 4 de diciembre, en que el anarquista Melchor Rodríguez (“el ángel rojo”) tomó posesión de su cargo de Director de Prisiones, poniendo fin al holocausto. Para esa fecha, a tenor de las identificaciones que hoy conocemos, habían sido asesinadas unas 4.500 personas, aunque con toda seguridad la cifra ronda los 5.000 (menos de una tercera parte de todos los asesinados por el Frente Popular en Madrid).

Unos 276 eran menores de edad, y algunos de ellos no pasaban de los trece años. Niños que aguardaban, ateridos y llorosos, su turno junto a la fosa, sin entender nada.

La mayoría reaccionó con enorme dignidad. Como Ramiro de Maeztu frente a los fusiles asesinos en el cementerio de Aravaca: Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero: ¡Para que vuestros hijos sean mejores que vosotros!”

Hoy, la ley les dice a todos ellos, víctimas, que no tienen derecho a la menor reparación. Que su recuerdo ha de ser olvidado. Que su muerte es de segunda división, y que en España las víctimas dependen para serlo de la filiación de sus verdugos.

Hoy, una ley inicua, además de olvidar a las víctimas, celebra con singular perversión lo mismo a los asesinos como Santiago Carrillo que a los héroes como Melchor Rodríguez, porque antes que discriminar entre asesinos y héroes premia la adscripción ideológica.

Por un elemental decoro, la verdadera memoria de las auténticas víctimas (como las 5.000 de Paracuellos del Jarama) exige la derogación inmediata de esa ley; una vergüenza que, a más de dividir a los españoles y de desafiar el más primario sentido de la justicia, adultera gravemente la historia de España.

por Fernando Paz.

Fernando Paz Cristóbal, nació en Madrid, en cuya universidad complutense estudió historia, a lo que se ha dedicado profesional y vocacionalmente durante estos años. Además de profesor, ha publicado cinco libros de su mano y ha participado en otras dos obras colectivas.Colaborador en varias publicaciones digitales, interviene con regularidad en los medios del grupo Intereconomía, en cuya televisión dirige y presenta diariamente un espacio dedicado al mundo de la historia y la cultura, “Tiempos Modernos”.