La invasión silenciosa

«Si vis pacem, para bellum» (Gaius Julius Caesar)

Si algo nos ha enseñado la historia, es que no hay imperio que mil años dure. En su totalidad, tras un largo periodo de máximo auge, finalmente, imperios y emperadores terminaron por caer en una decadencia y degradación a lo largo del tiempo, que provocó la extinción de todos ellos. Egipcios, romanos, mongoles, españoles… Ninguno de ellos, sobrevivió a su inevitable destino.

PUBLICIDAD

Como herederos de la vieja y cristiana Europa, vivimos ahora en el imperio del derecho, la democracia y la libertad capitalista occidental; pero a día de hoy, tristemente, no pasamos precisamente por nuestro periodo más boyante, sino más bien todo lo contrario: estamos, ya, según parece, iniciando el cíclico declive de nuestra larga historia. Ley de vida que se dice… o mejor dicho, ley de imperio.

En estos oscuros momentos de existencia, vivimos tiempos de una tiranía nueva, inquisitorial, prohibicionista y absolutamente asombrosa. Una dictadura impuesta sibilinamente por ruidosos grupos minoritarios que, conjurados con nuestro beneplácito (el del voto), nos está constantemente imponiendo lo que tenemos que hacer y decir en todos los ámbitos de la vida; y ¡ay de ti si no lo haces! Una dictadura esta, que es brazo cultural del marxismo, y ejecutada por sus peones ignorantes: una autocracia comunista que, tras haber perdido la batalla ideológica y económica, abraza el mensaje de las minorías urbanitas (grueso del censo electoral) y se disfraza de buenismo ecologista, de LGTBI, de feminismo, de veganismo, de animalismo… pero siempre imponiendo y tiranizando a la ciudadanía con el miedo a cometer el mayor de los pecados de nuestra sociedad: el de la incorrección política. Nunca es “déjame ser omnívoro y comer lo que yo quiera”, sino “yo, como vegano, te exijo a ti que no consumas alimentos de origen animal; o te conviertes a mi religión, o así te pudras en el infierno”. Ocurre con la comida, ocurre con la industria textil, ocurre con actividades como la caza o la pesca, ocurre con los zoos o acuarios, ocurre con los circos, ocurre con la tauromaquia o tradiciones populares… ocurre con absolutamente todo, haya o no haya, como es el caso concreto, “indefensos” animales de por medio.

Nuestras raíces, son nuestra perdición. Identitaria e históricamente hemos sido educados en el “poner siempre la otra mejilla”. Pensábamos que la tolerancia era prueba absoluta de libertad y progreso. Sin embargo, la realidad está demostrando que, precisamente esa tolerancia, acabará siendo sin ninguna duda la causa de nuestra extinción. No se puede ser tolerante con los intolerantes porque, si no, acaban cortándote la cabeza. Ejemplos sangrantes de este cambio de paradigma, de esta invasión silenciosa que anhela sustituir nuestra cultura por otra (el “camino largo” que decía Gramsci), los tenemos cada día en los medios de comunicación ocupando portadas de prensa y abriendo telediarios. Se habla a todas horas de integridad territorial, inmigración ilegal, delincuencia foránea, feminismo supremacista, minorías sexuales…, temas todos ellos protagonistas de nuestro día a día. Sin embargo, siendo éstos (que lo son) auténticos “brazos armados” de ese marxismo paciente y silencioso que busca demoler los pilares de nuestra civilización, son otros frentes menos populares y conocidos los que, como laboriosas e invisibles termitas, socavan día y noche esos pilares de nuestra historia, cultura y sociedad: me refiero al ecologismo, el veganismo y el animalismo; mi especialidad, y personal campo de batalla. Y de los tres, hemos tenido estos días ejemplos sangrantes.

El pasado domingo 14 de julio del 2019 un grupo de más de un centenar de vegano/animalistas -la mayoría menores-protagonizaba el último de los asaltos a granjas lecheras del que se tiene noticia. Algo, lamentablemente, muy moda en los últimos tiempos. Más de media docena en los pasados tres meses y aumentando. Ocurría en una explotación de San Antoni de Vilamajor (Granollers, Barcelona). Se hizo eco toda la prensa nacional (publicidad gratuita, objetivo conseguido pues). Pertenecían al ruidoso grupo «Meat the Victims». Allanaron la propiedad irrumpiendo en ella con fuerza y violencia. Iban todos con la grabadora de vídeo de los móviles, encendida. Premeditación y alevosía. Una vez dentro, y enarbolando la bandera del bienestar animal, atentaron contra este mismo bienestar, estresando a los animales, poniendo en peligro la bioseguridad del recinto, arriesgando la salud de los terneros al darles agua de beber (cuando sólo pueden ingerir leche), y, para más inri, amenazando violentamente a los responsables de la instalación. Eso, amén de liberar cuantas reses pudieron de sus establos e incluso, robar algún animal. El pan de cada día en este mundo rural nuestro de hoy, vamos. Hasta que no llegó la policía, los granjeros, impotentes, no pudieron hacer ninguna cosa que no fuera poner la otra mejilla. ¿Que quién era el cuatrero líder de la banda?, pues Massim Akanadouch; un menor de origen rifeño conocido de Internet, convertido en gurú del vegano/animalismo y azote de explotaciones ganaderas.

Lo increíble del caso (o no tanto), es que las cabeceras y cadenas de televisión de la progresía que se hicieron eco de la noticia (Cuatro, La Sexta, Antena 3, Diario Público, El Diario.es…), saltándose todos los códigos éticos de la profesión periodística, informaron de la noticia repitiendo el argumentario de megáfono y pancarta de estos fanáticos verdes con puntos y comas. A los granjeros víctimas del asalto, ni les acercaron un mísero micrófono. Así, por todo delito, informaron los medios “que había moscas en la granja” (recordemos: pleno mes de julio), que los terneros no tenían agua en los bebederos, que estaban muy flacos y, sobre todo -agárrese los machos mi querido lector-, que los propietarios y trabajadores del lugar eran una panda de violentos mafiosos y maltratadores que había perseguido, insultado, amenazado y lanzado estiércol a los asaltantes mientras ejecutaban su justiciera e indispensable acción en pro de las “pobres” vacas. Así lo leyeron y escucharon millones de españoles frente a una radio, un periódico o el televisor. Se había invertido una vez más… la carga de la prueba. Para los vendidos progre-periodistas de nuestro país las víctimas eran… los provocadores y delincuentes; y el culpable, pues la España que madruga, cuida de sus animales, paga sus impuestos, crea riqueza y levanta el país. Tal cual. Como digo, el pan nuestro de cada día. Suma y sigue…

Cansados de estos sabotajes y actos de bandolerismo, el sector ganadero catalán ha exigido medidas drásticas de protección a la Generalitat y, fruto de ello, ya se ultima un protocolo de actuación entre agentes rurales y de la autoridad, para cargar de inmediato contra estos cuatreros de nuevo cuño, con imposición de multas de hasta cien mil euros por barba. Algo, que no ha sentado nada bien a los prohibicionistas (lo único que les duele es el bolsillo), y que desde sus altavoces mediáticos -con el argentino Leonardo Anselmi a la cabeza-, han ladrado su rencor contra la mayoría omnívora de este país, acusándola de especista, de asesina, de querer ocultar la realidad de granjas y mataderos, y de ser indigna del derecho al oxígeno y a la vida misma por comer carne.

El contraste a la mediocridad y buenismo de esta prensa progre de nuestro país, vergüenza mundial del sector de la información a nivel planetario, la ponen hoy los profesionales de la información de un país hermano como es Argentina que estos días, han tenido que lidiar con un sabotaje de muy similar naturaleza a los ocurridos en las granjas españolas y que, a diferencia de nosotros, han afrontado con mayor sensatez y sentido común; ese que les falta, a los reporteros españoles de la izquierda.

Ocurría el pasado 28 de julio durante la quinta jornada de la inmensa y tradicional «Exposición Rural» de Palermo, en Buenos Aires. Una panda de cuarenta saboteadores vegano/animalistas, tras forzar el vallado de seguridad, irrumpió en las pistas de equitación con sus megáfonos y pancartas, acusando de asesinos, esclavistas y maltratadores a los jinetes de las exhibiciones de doma, y de cómplices de todas esas acusaciones a los miles de espectadores de dicho espectáculo. El público entonces abucheó al unísono a los fanáticos, actitud que motivó el que los gauchos montaran sus caballos, y a fustazo limpio los echaran a todos del lugar. Sin contemplaciones, sin hacer prisioneros… puro jarabe de vara en el lomo de los saboteadores, aplaudido y jaleado por todos los asistentes puestos en pie y casi llorando de la emoción.

El asunto, por supuesto, abrió durante días y días las portadas de toda la prensa, la radio, la televisión y las redes albicelestes. Uno de los programas generalistas que debatió el sabotaje, fue el del televisivo periodista argentino Eduardo Feinmann y sus tertulianos de «A24 En Vivo». Allí, entrevistaron a uno de los delincuentes de «La Rural 2019», Estanislao Kurón, quien aprovechó para vomitar por su boca el argumentario completo de mentiras vegano/animalistas. Entre las falsedades que soltó, se cuentan clásicos fakes ya bien conocidos como por ejemplo la inexistente Declaración de la ONU de Derechos del Animal, Las Cinco Libertades, el supuesto cáncer provocado por el consumo de carne según la O.M.S., la insostenibilidad ambiental de cualquier tipo de ganadería, la famosa Declaración de Cambridge, o la Declaración de Posiciones 2009 del A.D.A. hacia el Veganismo. Todo iba más o menos bien, tensión en el aire aparte, hasta que al entrevistado se le ocurrió la genial idea de poner al mismo nivel moral los seis millones de muertos del Holocausto nazi, y los animales del consumo cárnico de nuestra industria alimentaria. Una línea roja que hizo saltar al entrevistador, parándole los pies en seco al tal Kurón, y advirtiéndole de que. en su programa, no iba a tolerarle ni a él ni a nadie, que se banalizara con el tema del Holocausto. A partir de ahí, el moderador marcó muy de cerca al eco-terrorista durante todo el resto de su intervención, poniéndolo contra las cuerdas a base de preguntas que él se negaba una y otra vez a contestar; tales, como que si apoyaba el aborto y no el consumo de carne, o porqué no respetaba el derecho y libertad del prójimo a comer lo que quisiera cuando a él, nadie le prohibía el alimentarse de lechugas. Un tipo de periodismo éste, imposible de encontrar hoy en la España de la corrección política. Bastante que aprender pues de los argentinos (productores cárnicos de primer orden mundial hay que recordar), que, por lo visto, no se arrodillan ante el marxismo cultural. La entrevista, está en «YouTube», para quien desee escucharla de primera mano.

Como señalaba unas líneas más arriba, el tal Estanislao Kurón aprovechó su minuto de gloria televisivo para soltar a la audiencia el evangelio completo del vegano/animalismo. Muchos de esos argumentos ya he tenido ocasión de desbaratarlos desde estas mismas páginas en el pasado. En artículos anteriores hemos desvelado, por ejemplo, la falsedad de la supuesta e inexistente Declaración Universal de la ONU de los Derechos del Animal, o, también, las tramposas posiciones del A.D.A. («American Dietetic Asociation») en el 2009 al respecto de la dieta vegana. En cambio, sobre la tan cacareada Declaración de Cambridge, creo recordar que en estas páginas aún no había hecho análisis ninguno, motivo por el cual alguien podría pensar que pudiera ser cierta. Nada más lejos de la realidad mi querido lector. ¿Que qué es ese documento, en boca siempre de todos los vegano/animalistas como una verdad revelada? Pues nada más y nada menos que una muy bien pagada y monumental mentira, a costa de esa patología llamada antropomorfización de los animales.

El 7 de julio del 2012 una docena de científicos firman al final de la Francis Crick Memorial Conference en Cambridge (Reino Unido), un manifiesto en el que, contra toda la evidencia neurocientífica internacional, afirma que los “animales no humanos”, pese a no tener neo-córtex (zona cerebral responsable de la conciencia), sí tienen plena conciencia de si mismos. Lo hacen en presencia del fallecido astrofísico Stephen Hawkins, al que embaucan para que salga en la foto, y así publicitar que él era uno de los firmantes (algo totalmente falso). Doce científicos que, es de suponer, no se leyeron lo que firmaban, pues luego negaron estar de acuerdo entre ellos e incluso, con su propio texto. La mayoría de los signatarios eran y son, o bien veganos (como el firmante principal, Dr. Phillip Low), o activistas/simpatizantes del movimiento animalista. Doce hombres y mujeres que, pese a saber que a día de hoy no existe una sola evidencia científica que corrobore que ningún animal haya superado una prueba mínima de autoconciencia (algo que cualquier niño pequeño es capaz de hacer), certificaron negro sobre blanco que incluso criaturas tan evolutivamente alejadas del Homo sapiens como los pulpos, tenían esa capacidad de conciencia. Doce hombres y mujeres enfrentados a la opinión de los más de 75.000 neurólogos de la Organización Internacional del Cerebro, y a los más de 40.000 miembros de la Society for Neuroscience. Doce. Sólo doce, mal avenidos, y con la sombra de la parcialidad y el sempiterno conflicto de intereses, planeando como siempre por encima de sus cabezas.

Pues bien: a pesar de tratarse de sólo un manifiesto no avalado por ninguna universidad (aunque algunos de los doce firmantes sí pertenecen a instituciones serias), y no coincidir su redactado con la literatura científica disponible a día de hoy, dicho documento suele ser usado actualmente por los vegano/animalistas como muestra del “consenso científico” en materia de conciencia animal. Y el ciudadano de a pie, ignorante de estas cuestiones, va… y se lo cree.

El sufrido lector que haya tenido la santa paciencia de aguantar el texto hasta aquí, seguramente piense que los tiránicos invasores de nuestra cultura, sólo estén en contra de la cría y engorde animal, de manera intensiva, cara al consumo de producción cárnica por considerarla insana e inmoral. Pero no, que va. También están en contra de la ganadería en extensivo, que es la más ecológica de todas. E incluso, contra lo que ni siquiera es ganadería sino recolección de carne sana, natural, sostenible y libre de artificios. Asómbrese amigo lector: esta semana pasada, nos desayunábamos con la noticia de los furibundos tiranos de la imposición cultural, cargando rabiosamente contra el célebre chef del programa Pesadilla en la Cocina, Gordon Ramsey (cuya versión española presenta el popular Alberto Chicote), por cazar una cabra en Nueva Zelanda (plaga por aquellos lares) y cocinarla frente a las cámaras para Uncharted, su nueva serie producida por National Geographic. Ramsey recechó, abatió y luego cocinó una cabra salvaje al estilo maorí, estofándola en un chutney de bayas y guarnecida de ensalada. Acto seguido se la comió. Y a continuación, se desató ira y fuego en las redes: comentarios como “Dios no te perdonará”, “Si te crees en la razón, cómete a tus bebés o a tus amigos”, “Eres un sinvergüenza salvaje carente de corazón”, o “Comecadáveres inhumano”, fueron algunas de las dedicatorias que se granjeó Ramsey tras la emisión del programa a nivel mundial. Un hecho, que incluso motivó una queja a National Geographic por emitirse las imágenes en horario infantil, y acciones legales contra la cadena y televisión australianas por parte de la organización veggie/animalista estadounidense PETA.

De este tamaño, es la invasión silenciosa de nuestro Imperio cuya caída, se producirá más temprano que tarde, gracias a la inacción y fuerza de nuestros votos. Y mientras tanto, allende nuestras fronteras, periodistas íntegros como el argentino Eduardo Feinmann, en primera línea de batalla, defendiendo a su pueblo y sus tradiciones desde sus propios y humildes altavoces. Igualito que aquí…

por Álex N. Lachhein.

Naturalista de campo, articulista en prensa, y divulgador medio-ambiental en programas de radio como «Caza, Pesca y Naturaleza” (Intereconomía Radio), o «Cuarto Milenio» (Mediaset).Álex N. Lachhein ha trabajado en varios parques biológicos de nuestro país y participado en infinidad de producciones tanto de cine como televisión, en calidad de “Animal Trainer”, siendo a día de hoy, uno de nuestros más acérrimos paladines por la supervivencia del mundo rural.Gran experto en el trabajo de comunicación conservacionista tras más de treinta años de profesión trabajando con animales de todo tipo, es hoy una de las figuras públicas más combativas y polémicas frente al alarde de analfabetismo medio-ambiental y objetivo prohibicionista, del nuevo movimiento eco/vegano/animalista que parece invadir nuestra sociedad occidental de la mano de la corrección política y el marxismo cultural.