La hora de la verdad

En política hay un momento para las palabras y hay otro momento para la acción, esto es, para los hechos.  En las últimas semanas, tras las elecciones que hemos vivido sin interrupción ni descanso, se han dicho muchas cosas. Muchas exageradas, parte de ese juego teatral tan instalado en nuestra política: se pide la luna para contentase con un  crédito con el que pagarse un bonito casoplón; se demanda una vicepresidencia para acabar de concejal de distrito. Es la política del bazar y el chalaneo en la que casi todo vale.

La España del “no pasarán” ha dado paso a la España del “no pactarán”. Se pudo escuchar el Ferraz tras la victoria de Sánchez en las generales, con aquello de “con Ciudadanos, no” y se sigue leyendo en los tuits del fracasado alcaldable Valls, empecinado en mantener un cordón  sanitario contra Vox allende sus fronteras catalanas.

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¿Pactar o no pactar? Esa es la cuestión. Hay que decir que no para la izquierda, a quien la avidez de hacerse o conservar el poder la lleva a pactar con el diablo se hace falta. Véase Sánchez y los apoyos separatistas, por ejemplo. Pero parece que para los partidos a la derecha del PSOE les resulta mucho más difícil. Y eso que sus resultados electorales les lleva a ello sin piedad, pues, como bien sabemos, ninguno ha alcanzado la holgada posición de contar con las mayorías suficientes como para poder desprenderse del resto. Cierto, el peso de cada uno es desigual, pero la aritmética y la política son dos cosas distintas y en esta última, las minorías pueden ejercer un papel determinante, muy por encima de sus propios resultados. Es, sin lugar a dudas, el caso de Vox, imprescindible para sumar mayoría en sitios tan simbólicos y relevantes como la alcaldía y la comunidad de Madrid.

Si el objetivo declarado –echar a la izquierda- coincidiese con el real de cada uno, el acuerdo sería sencillo. Pero la cosa se complica porque cada cual busca, además, otras cosas. Es más, el coste de no llegar a ningún acuerdo también es distinto para cada uno. Quizá el que menos pagase por ello pudiera ser Ciudadanos y quien más – a pesar de todas las apariencias- el PP, cuyo actual equipo dirigente se la juega en el mantenimiento del poco poder territorial que le queda.

Tenemos cuatro años por delante hasta la próxima cita electoral. Y aunque los pactos se hagan y deshagan según los antojos del momento, también tienen que ponerse en el contexto de que en este periodo que se abre, cómo abordar una posible refundación del centro derecha es una asignatura pendiente de pasar. Es el PP el más interesado en una reconfiguración del espacio político a la derecha del PSOE, porque la competencia de C’s y Vox supone una continua hemorragia de votos. Pero, precisamente, por su creciente debilidad, no cuenta con el empuje necesario para jugar el papel de liderazgo que una empresa así le exige. Por tanto, la solución debe encontrarse en otro lado o de otra manera. Desgraciadamente, mientras el rechazo de C’s a Vox siga vivo y Vox tenga que protegerse de loas descalificaciones que surgen desde sus filas, el PP  ocupará ese papel central de padre sensato que tiene que poner paz entre sus hijos. Pero, de nuevo, toda refundación que se quiera exige mayor humildad y que nadie se otorgue un rol hegemónico.

Hace años yo hubiera confiado en la capacidad de nuestros líderes para dar con soluciones creativas y beneficiosas. Pero cada vez que se me viene a la mente la imagen del banco azul, con el bolso de Soraya ocupando el escaño de Mariano Rajoy, la tarde que se decidía el destino de nuestro país, me invade una inmensa duda. Lo que suceda en los próximos días espero que me alivie mi escepticismo. O no. Que en este país todo se pega.