La Historia retocada

Lo peor de la causa catalana es la mezquindad  con que siempre se han empeñado en plantearla los catalanistas.  

Cuando estaba aún en la Oposición, don Felipe González les explicó a unos periodistas impacientes que su partido no necesitaba disponer de un diario propio, pues de hecho ya había militantes suyos infiltrados en los principales diarios de implantación nacional.  Puede que solo tuviera razón en parte y que, aunque alguno de esos infiltrados fuera correligionario, la mayoría fuera simplemente simpatizante u “objetivamente” afín. Lo que entonces solo un lector atento podía sospechar y un colaborador consciente experimentar de primera mano, hoy sería del dominio público si el público no estuviera bajo el dominio de la tergiversación.

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Cualquiera que hojee los grandes periódicos “bien pensantes” con que siempre se desayunó la burguesía española, queda absolutamente convencido de que durante cuarenta años estuvieron oprimidos y reprimidos por un régimen a cuya implantación se opusieron poco menos que con las armas en la mano desde el mismo 18 de julio de 1936.

En la iconografía de la Revolución rusa hay una imagen famosa de Lenin pronunciando un discurso desde lo alto de un arengatorio.  Esa fotografía, en la que al pie del arengatorio se alinean o agrupan numerosos jerarcas bolcheviques, tiene dos versiones: en una de ellas aparece Trotsky en lugar destacado con uniforme del Ejército rojo;  en la otra, retocada y puesta al día en tiempos de Stalin, Trotsky brilla por su ausencia. Basta con pasarse una mañana o una tarde en cualquier hemeroteca para comprobar el aprovechamiento con que ciertos rotativos han aprendido la lección de la Agitprop estalinesca.  Estas operaciones de maquillaje no se limitan a la prensa desde luego.  En una exposición que la Generalidad de Cataluña montó en el Centro Cultural “Villa de Madrid”, semejantes escamoteos rayaron en lo grotesco. Todo el que posea unas nociones elementales de Historia Contemporánea está perfectamente al corriente de que fueron la opinión pública y las instituciones de Cataluña, es decir, de Barcelona, en las que se apoyó Primo de Rivera para su golpe de Estado, y aún deben de quedar testigos del multitudinario Te Deum con que una Barcelona agradecida celebró su liberación por las tropas nacionales.  Pues bien, esos dos periodos en los que Cataluña en general y Barcelona en especial se vieron compensadas con creces en lo económico por todo lo que se les negó en lo político,  quedaban reducidos en la mencionada Exposición a unas fotos de mala calidad de viviendas en construcción y unas alusiones denigrantes, dándose el caso – y aquí entra lo grotesco y lo arabesco –   de que, para poner de manifiesto la industria catalana del automóvil, se exhibía, señero, un suntuoso Hispano-Suiza,  y en cambio no se veía por parte alguna ni un camión Pegaso  ni un modesto 600.  Yo me pregunto qué clases de demócratas son ni qué sensibilidad social tienen unos señores que se enorgullecen de la fabricación de un auto de lujo que, en aquella España de alpargata y bomba Orsini,  solo estaba al alcance de cuatro potentados, y ocultan unos vehículos a los que tuvo acceso todo el pueblo para su recreo y para su trabajo.

Lo peor de la causa catalana es la mezquindad  con que siempre se han empeñado en plantearla los catalanistas.  Ya con la guerra perdida, Companys arremetía contra Negrín porque, en el reparto del botín del exilio, les daba a los catalanes menos que a los vascos.  Y así, entre la mezquindad de los unos, la cicatería de los otros y el recelo de todos, nos pasamos la vida tirándonos a la cabeza los cachivaches del pasado. Otra muestra de esa mezquindad de la burguesía catalana son los reportajes de La Vanguardia, antes Española, sobre Cataluña bajo el franquismo. Eso ya no es mezquindad; es cara dura.  Y como a la mezquindad de la burguesía de Barcelona nunca deja de responder la de Madrid con su cicatería, venimos asistiendo en cierta prensa capitalina a operaciones de cirugía estética que no las mejora, no digamos la Enciclopedia Soviética, sino la propia Gran Enciclopedia de Andalucía.  En uno de esos diarios, al conmemorar a cierto personaje monárquico y reseñar con justicia que se las tuvo tiesas frente a la República, se trataba de hacerlo pasar por víctima poco menos del régimen de Franco, y en cambio se silenciaba su participación en el golpe frustrado del 10 de agosto de 1932 y su intervención, decisiva, en el del 18 de julio de 1936, gracias al cual tenemos hoy Monarquía en España.

Muchos españoles vencidos en la guerra han tenido motivos sobrados para ser antifranquistas y no lo han recatado, no ya en el exilio donde eso podía ser un mérito, sino en el territorio nacional donde muchos de ellos, por lealtad a sus convicciones y por vertebración moral, han pasado épocas muy duras y horas muy amargas.  Yo a esos españoles siempre los he respetado y los sigo respetando y considero que para ellos, que estuvieron a las duras, constituye una injuria este neoantifranquismo de los que siempre estuvieron a las maduras.

Hace años, Indro Montanelli atribuía la desastrada situación política italiana al hecho de estar montada sobre una gran mentira histórica llamada la Resistenza.  ¿Qué clase de Resistenza se van a inventar ahora en España los máximos beneficiarios, explotadores y herederos del franquismo? ¿Es que todos los españoles somos tontos? ¿O es que en este régimen de democráticas transparencias la verdad histórica está reñida con la razón de Estado?