La dignificación de la política tiene un nombre: Santiago Abascal

Hacía mucho tiempo que los españoles no se acercaban a la política desde un ángulo de ilusión, esperanza y optimismo. De hecho, nos habíamos acostumbrado ya a ver la política como un foco de creación permanente de conflictos, dominada por tahúres y trileros que solo veían, y siguen viendo, al votante como mera mercancía electoral. De esta forma se ha ido abriendo un gigantesco abismo entre la sociedad y las instituciones públicas, oportunidad que no han perdido los enemigos del Estado para, a través del descrédito y del vilipendio, agrandar más si cabe la colosal distancia existente entre la sociedad y los representantes políticos. Sin embargo, se nota en el ambiente el run run de las grandes ocasiones. Se palpa que algo grande está cerca de pasar. Y es que ante el empuje de la política entendida como servicio público, la política entendida como negocio tiene poco futuro en la España actual.

La entrevista que Bertín Osborne realizó a los tres líderes de la derecha o, mejor dicho, de la derecha, del centro-derecha, y del insoportable por indefinible ultra-centro, fue clarificadora en muchos aspectos. El formato ayudaba, porque en cuestión de minutos podía compararse el sentido de la política como servicio público que tiene Abascal, con el sentido mercantil que le dan Casado y Rivera, incapaces de contestar una sola pregunta sosteniendo la mirada y sin hacer exagerados aspavientos. Perdidos en divagaciones para no caer en la incorrección política, y buscando en el fondo de sus mentes dónde estaba la respuesta enlatada que sus equipos habían cocinado, complicada hasta la saciedad con multitud de datos irrelevantes con el único objetivo de ir hilando guiños hacia distintos grupos sociales, pero que en realidad solo evidenciaban la gigantesca mentira que trataban de colarnos, la impostura de sus discursos. Frente a ellos, Santiago Abascal emergió como un gigante por convertir en extraordinaria la normalidad, simplemente por extraña e inhabitual. Enarbolando la bandera del sentido común, desde la espontaneidad y la sinceridad expuso los principios claros e inquebrantables de VOX, España y la libertad. Y eso es exactamente lo que la sociedad demandaba en silencio de sus representantes públicos. Honestidad, humildad, valores y principios.

PUBLICIDAD

Y es que lo más básico de la Nación, sus cimientos más estructurales, están siendo permanentemente atacados por aquellos que solo utilizan las Instituciones del Estado para destruir el Estado. Y eso los españoles lo perciben, son plenamente conscientes de ese riesgo vital. Por eso no compran la impostura, el engaño ni el tactismo político. Porque cuando elementos tan estructurales como la unidad de España, la libertad lingüística, el sistema judicial o figuras tan vertebradoras de nuestra sociedad como la familia, están amenazadas, la única defensa posible es aquella que se hace desde las convicciones, que implican por principio la honestidad con uno mismo, pues poca defensa puede hacerse de aquello en lo que no se cree. De ahí que el valor en alza sea VOX.

No hay más que ver los actos de VOX por toda la geografía nacional. Ya sea en Madrid, Leganés, Logroño, Santander, Ibiza, Cuenca o Barcelona. Multitudinarios como ningún otro partido es capaz de hacer hoy en día, pero además transversales. Porque es la transversalidad otra de las grandes diferencias de VOX respecto a los demás partidos. Mientras otros agitan la fragmentación social, dividiendo a la sociedad en grupos de presión homogéneos convenientemente premiados desde el principio de la discriminación positiva, VOX se caracteriza por hablar para la ciudadanía en general, supeditando toda política al interés de España, cúspide absoluta y suprema del proyecto. Por eso a los actos de VOX acuden todos. Acuden hombres, mujeres, jubilados, estudiantes, jóvenes, inmigrantes, empresarios, empleados, autónomos, profesionales, artistas, universitarios, pudientes, gente con menos recursos o gente sin estudios. Acuden todos, porque todos se sienten cómodos en el gran nexo común, ser ciudadanos, ser españoles y estar preocupados por el interés del país.

Hay algo que las encuestas no están sabiendo ver, interpretar o ponderar. El voto a VOX ya no es el voto del miedo, ni tan siquiera de cabreo, y mucho menos el voto de descarte. Ha pasado a ser mucho más que eso. Ha pasado a ser el voto de la ilusión y del premio a un proyecto que ofrece esperanza y que reconcilia a la mayoría de los españoles con la política. Porque el de VOX no es un proyecto basado en el tactismo, en el mercantilismo electoral, o el beneficio personal, sino que es un proyecto donde el interés de España es el vértice supremo y el servicio público la forma de honrarlo. Esa dignificación de la política es ya la gran victoria de VOX en general y de Santiago Abascal en particular, antesala de la que se avecina el 28-A.