La derecha, los consensos y el poder

El otro día conversaba con un amigo que se define como conservador cabreado. Ha votado toda su vida al PP, excepto en las últimas elecciones generales, y ahora, ante la cita electoral del 10 de noviembre, se plantea volver a hacerlo, por el tema del voto útil, por la fragmentación negativa en el cómputo final para el espacio de centroderecha y por la predicción casi unánime de que el PSOE volverá a ganar y finalmente formará gobierno. 

Mi amigo tiene tres hijos, es un buen padre, ha trabajado muy duro toda su vida, nadie le ha regalado nada y tampoco pide prebendas. Lo que pide a sus líderes políticos es menos impuestos, menos deuda pública que tengan que pagar sus hijos, menos debates ideológicos institucionalizados y seguridad física y jurídica. Básicamente, que le dejen en paz lo máximo posible, a él y a su familia, para poder desarrollarse y vivir una vida plena y próspera. Está muy indignado con el PP por la política continuista del zapaterismo. No entiende por qué el PP no se dedicó a dar la batalla de las ideas y sólo se dedicó a poner parches económicos a un sistema insostenible. 

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A mi amigo le expliqué que no tenemos, en nuestras ajetreadas y complicadas vidas, tiempo para analizar el comportamiento y las motivaciones de los que están en el poder. Y le sugerí un pequeño ejercicio político para entender por qué el PP no combate consensos socialdemócratas y por qué, creo, tampoco lo hará en el futuro. 

En primer lugar, sean de izquierdas o de derechas, o de eso que se llama centro, los políticos tienen dos objetivos claros: llegar al poder y, si lo consiguen, mantenerse en él el máximo tiempo posible. En España, además, los partidos políticos se han convertido en agencias de colocación en donde el puesto de trabajo depende de lealtades y fidelidades mucho más que del talento. Cuando un partido es desbancado del poder, mucha gente se queda en la calle sin otro currículum que el haber estado en una sede y luego en un puesto discrecional o de reciente creación. Esto, sin duda, aumenta la necesidad de volver a acceder al poder o de no desprenderse de él cueste lo que cueste. 

Para cumplir estos objetivos tienen que ganar elecciones o, en nuestro querido sistema de democracia indirecta, conseguir las mayorías suficientes

Con esta premisa, entramos en el laboratorio de marketing político. Para que los ciudadanos elijan una papeleta u otra, tienen tres motivaciones: la conciencia (aunque mi voto se vaya a ir a la basura, prefiero votar a este partido porque defiende en lo que creo), la conveniencia (me conviene este partido porque va a bajar impuestos) y la utilidad (voto al PP o a C’s aunque no me gusten porque lo que no quiero es que gobierne la izquierda). 

Estas tres variables, sin duda, convergen con el mayor determinante social: los consensos. En el PP han adoptado consensos socialdemócratas amplios porque son un partido de poder y aspiran a seguir siéndolo. Igual lo ha hecho C’s. El PSOE, en su caso, fue quien estableció esos consensos, desde el 82 hasta el 96 nos hizo socialdemócratas. Por ello, partidos en las comisuras del sistema, como Podemos o VOX, se entienden más como movimientos políticos, como partisanos que intentan imponer nuevos consensos. El apoyo que han conseguido ambas formaciones, en las antípodas ideológicas, es formidable -Podemos tenía las televisiones y VOX no, ojo- pero no suficiente. Luchar contra el establishment y contra lo establecido -y que, en resumidas cuentas, ha funcionado; los últimos 40 años han sido los más prósperos y pacíficos de la historia de España- no es tarea fácil. 

Mi amigo terminó nuestro ejercicio poniendo ideas en claro:  

-¿Me estás diciendo que ha sido el PSOE el que ha marcado la agenda y los debates y luego los ha institucionalizado para hacerlos dominantes convirtiéndolos en consenso nacional y que si otro partido quiere tomar el poder debe plegarse a ellos?

-No exactamente, querido. Los consensos pueden cambiar, pero el proceso es lento. De años. El PSOE necesitó de casi toda la democracia y varias leyes para hacerlo, también, la complicidad de medios de comunicación, intelectuales y mundo de la cultura. Si quieres que esos consensos cambien, es necesario hacer un poco de benchmarking y construir algo parecido, pero de signo contrario. Sin embargo, vivimos en tiempos tan convulsos, tan inmediatos, que veo difícil que alguien en el centro derecha esté llevando una estrategia largoplacista parecida. Les sale más a cuenta no meterse en problemas y prometer que mejorarán la economía. 

Mi amigo sentenció: 

-Me encantaría ayudar en tal cosa, pero no tengo tiempo, ni fuerzas. 

Terminé la conversación con una cita de Lenin: 

-“Las revoluciones necesitan revolucionarios profesionales” Nosotros tenemos familias que cuidar, facturas que pagar y responsabilidades que atender, no podemos dedicarnos a esto a tiempo completo; los de enfrente, en cambio, han sabido crear una red de revolucionarios profesionales…que pagamos nosotros.