La damnatio memoriae y la sombra de Caín

Es inevitable que, en todo cambio de régimen, el entrante procure diferenciarse del saliente. La damnatio memoriae es un hábito inveterado de la Historia y cada mudanza política lleva consigo revisiones de diverso alcance.  El “régimen anterior” no hizo excepción ni tenía por qué hacerla, ya que procedía de una guerra civil y no hay guerra civil sin depuraciones.  

No es nada nuevo que un régimen político condene al que lo precedió, pero esa condena es hoy tanto más encarnizada cuando el que condena procede “sin traumas” del condenado.  Es natural que el régimen que padece España procurase distanciarse del que lo precedió, entre otras cosas porque mantenerlo hubiera sido un anacronismo, pero lo que no tiene nada de natural es que al cabo de más de cuarenta años, pretenda borrarlo de la memoria colectiva identificándose nada menos que con la Historia. La expresión “condenado por la Historia” la puso en circulación el movimiento triunfante en Rusia en 1917 y la hemos venido padeciendo desde entonces, hasta que la Historia de verdad, harta de tan grosera suplantación, que duró tres cuartos de siglo,  mandó a los suplantadores a su “cubo de la basura” (otra expresión acuñada también por esos mismos suplantadores).

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Es muy difícil echar toda la culpa de estas operaciones a tal o cual partido o a tal o cual institución.  Para mí los que menos respeto se merecen de todos son los que temen que esta Damnatio memoriae se los lleve a ellos por delante, es decir, “eche por la borda cuarenta años de democracia”,  cuarenta años en los que se han puesto las bases de la situación presente. Y es que los presuntos beneficiarios de esos cuarenta años, que llaman “reconciliación” al cambio de chaqueta, no se arrepienten de la alegría con que ya intentaron en su día echar por la borda los cuarenta años precedentes.

A lo largo de los últimos cuarenta años la clase política y los medios de confusión han intentado “educar para la ciudadanía” a unos españoles a los que en su mayoría la guerra civil y el régimen resultante les caen tan lejos como a los que peinamos canas la guerra de Cuba o la de la Independencia.  Lo cierto es que la guerra civil fue el pecado original del régimen de Franco y está bien que se reconozca, siempre y cuando se reconociera a la vez que fue el pecado mortal de la segunda República. Todo el que haya recibido una formación católica sabe que el pecado original se absuelve con el sacramento del bautismo, y el pecado mortal con el sacramento de la penitencia.  

Tengo que reconocer que en los años de régimen autoritario yo me he sentido más bien demoliberal, menos el par de años que coincidieron con los primeros del castrismo, en que, de boquillas  al menos, por no decir de puntillas, pisé la raya roja. Pronto vi en cambio que ni el liberalismo en el XIX ni la democracia en el XX habían logrado mitigar los males de la patria. Lo malo es que mientras yo perdía el entusiasmo por esas supercherías, esas supercherías se iban consolidando como dogmas y entrelazándose entre sí gracias a la inversión de valores que supuso la “revolución cultural” del 68, en la que con el pretexto de confundir los deseos con la realidad, o de tomar por cierto lo dudoso, se impuso el reino de la mentira, “la mentira política moderna”, que – Derrida dixit -” ya no esconde nada tras de sí, sino que se basa, paradójicamente, en lo que todo el mundo conoce, y que debe de ser- añado yo – lo que ahora han dado en llamar “la postverdad”.  

Uno de los efectos de la “postverdad” es volver a la historia del revés y contarla, no como fue, sino como nos gustaría que hubiese sido a la vez que ponemos al margen de la ley a quienes la cuenten al derecho.  Este relato no es de hoy, y empezó desde que con el cuento de la reforma se metió de matute la ruptura y se procedió a desmantelar lo único parecido a un Estado que hemos tenido en la Edad Contemporánea y que, nos guste o no, fue el resultante de la guerra civil, para dejarlo en el presente “Estado residual” en el que se intenta por todos los medios y en nombre de la “postverdad”, abrir fosas para convertirlas en trincheras y  conjurar , dicho sea con palabras ilustres, “la sombra de Caín”.