La cuestión del hogar

Uno nunca pensaría que presidir una asociación en Alemania abriese un debate sobre la identidad nacional. ¡Ah!, pero es que los estatutos de las “Schützvereine”, las hermandades de tiro cuyo origen se remonta a los cuerpos de defensores de las ciudades medievales, disponen que uno debe ser cristiano para ser elegido presidente. La polémica estalló en 2014 cuando el joven de origen turco Mithat Gedik aspiró a ser “rey” de la hermandad de tiro de Sönnern, su ciudad, y la Hermandad Histórica de Tiro de Alemania (BHDS), que agrupa a todas las hermandades del país, resolvió que no podía serlo porque era musulmán. El escándalo fue mayúsculo. ¿Qué era ser alemán? Gedik está casado con una alemana católica, se ha educado en el país y ahí ha criado a sus hijos. Ahora bien, se llama Mithat, se apellida Gedik, ayuna en Ramadán, no bebe alcohol y profesa el islam. Al final, la BHDS modificó su decisión y, en un acto solemne, cambió sus estatutos de modo que ya no sea preciso ser cristiano para recibir la corona de los tiradores alemanes.

Ahora bien, esta controversia no se ha cerrado ni en Alemania ni en el resto de Europa.

En Francia, se ha planteado la distinción entre el “francés de papeles” y el “francés de raíces”, – es decir, aquel que tiene nacionalidad francesa (documento de identidad, pasaporte, etc) pero fue inmigrante o desciende de ellos- y el aquel que se considera “autóctono”. En torno a esto, gravitan otras cuestiones como la pretendida doble lealtad al país de origen y al país de acogida o la “integración” o “asimilación” en la sociedad. Es muy delicado formular estos problemas sin que se desate un tiroteo dialéctico. La corrección política, el temor al estigma, las acusaciones de racismo o xenofobia y la preocupación por la cohesión social gravitan en torno a una pléyade de cuestiones en cuyo fondo palpita la pregunta por el futuro de Europa y de los Estados nacionales.

Por supuesto, en cada país, los problemas se formulan con matices distintos. En España, los nacidos en la emigración –Buenos Aires era la quinta provincia gallega, como decía el chiste- no son ajenos a la historia, la lengua y las costumbres de la sociedad española como puede serlo alguien que no tuvo vínculo alguno con España antes de llegar a trabajar y establecerse en ella. El español nacido en Tetuán o Villa Cisneros no dejan de serlo por haber visto la luz allende las actuales fronteras de España. El vínculo histórico con Hispanoamérica, África o Asia –ahí están las Filipinas- hace que un español deba ver estas cosas con cierta cautela.

Sin embargo, sería ingenuo negar que, en todo el continente europeo, la cuestión de la identidad flota en el ambiente. Después de décadas de identificación entre patriotismo y nacionalismo, las diferencias afloran cuando -sin sentirse superior a nadie- el europeo empieza a sentir que los vínculos que lo unen con sus vecinos de un determinado territorio son más estrechos –lo que no significa necesariamente más fuertes- que los que lo atan a los demás habitantes de Europa o del planeta.

En Alemania, la CDU de Angela Merkel ha sufrido otro varapalo en las elecciones estatales de Hesse después del que le sobrevino en Baviera. En unas elecciones que se centraron en temas como la educación, el precio de la vivienda y el transporte público, uno de las grandes cuestiones fue, precisamente, la integración de los inmigrantes. Después de la derrota, la canciller alemana ha anunciado que no se presentará a la reelección. Desde que en 2015 decidió abrir las fronteras a refugiados e inmigrantes, las tensiones y las preguntas en torno a la identidad han ocupado buena parte del discurso público en Alemania. Se calcula en un 1.300.000 los refugiados que llegaron al país entre 2015 y 2017. A esto hay que sumar la inmigración de otros países (por ejemplo, Turquía).

En España, se ha publicado recientemente “Cómo ser conservador” (Homo Legens, 2018) del esteta, editor y polemista Roger Scruton, uno de los más brillantes pensadores conservadores de nuestro tiempo. En él, nuestro autor dedica un capítulo a la importancia del “hogar” como punto de partida para cualquier reflexión política. Frente a las comunidades creadas de abajo a arriba, el hogar es el resultado destilado de generaciones que han ido elaborando formas de vida que no tienen por qué ser superiores a otras, pero que se consideran valiosas y merecedoras de protección frente a la pretensión igualadora e igualitaria. En la Declaración de París que acompaña a la obra de Scruton, se dice en términos contundentes: “Europa nos pertenece y nosotros pertenecemos a Europa. Estas tierras son nuestro hogar; no tenemos otro. Los motivos por los que amamos a Europa superan nuestra habilidad para explicar o justificar nuestra lealtad. Es cuestión de historias, esperanzas y amores compartidos. Es cuestión de usos y costumbres, de momentos de pathos y penas. Es cuestión de experiencias inspiradoras de reconciliación y de la promesa de un futuro compartido. Los paisajes y los acontecimientos ordinarios están cargados de un significado especial; para nosotros, no para los demás. El hogar es un lugar donde las cosas son familiares y donde somos reconocidos, por muy lejos que hayamos estado. Ésta es la Europa real, nuestra preciosa e irreemplazable civilización”.

Disculpen la longitud de la cita, pero creo que es necesario no hurtar al debate el fondo europeísta y no sólo nacional de esta cuestión de la identidad. Por todo el continente hay hermandades, fraternidades y cofradías que son el fruto de siglos de historia. Se perciben como parte del hogar, es decir, del lugar “donde somos reconocidos”. Tal vez de esto se trate en el fondo: hasta qué punto puede una sociedad acoger la diversidad sin dejar de reconocerse a sí misma ni poner en peligro lo que legítimamente desea conservar.