La crisis que viene

Lo que menos me asusta de la crisis inminente es que todo el mundo la ve venir. Eso me hace pensar que tal vez no se produzca. Aquella otra, la de 2008, fue devastadora, pero llegó como el rayo, como ladrón en la noche. Al momento, eso sí, surgieron especialistas que hacían un esfuerzo didáctico para explicarnos hasta qué punto estábamos jodidos y por qué a corto plazo íbamos a estarlo aún más. 

La verdad es que como profetas del pasado resultaban bastante competentes. Eso me hizo pensar que los economistas saben de economía lo mismo que los teólogos saben de Dios: poco y basado en suposiciones que oscilan entre algo peregrinas y muy peregrinas. Y la comparación no es exagerada porque en aquellos años nuestra vida pendía del hilo de la bolsa. Y la bolsa era una especie de oráculo manejado por un demiurgo de designios inescrutables, especialmente oscuros para sus sacerdotes de trajes impolutos, cocaína, maletines de cuero y partidos de squash. 

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Aquel desplome de Wall Street fue luego retratado, dicen que con justicia, por la película La gran apuesta (The Big Short) en 2015. Salvo un par de chavales y un analista al borde del autismo, nadie la vio venir. De pronto quebró Lehman Brothers y, en su caída, tiró del mantel. Se pensó en una conspiración: una bomba de relojería cuidadosamente programada para arruinar el mundo y enriquecer a unos pocos. Desde luego puede ser. Sin embargo, si acudimos a Ockham y miramos al hombre, tal vez baste con la avaricia y la estupidez para explicarlo todo.

En cualquier caso, las consecuencias fueron las mismas. A mi quinta, que en aquellos años andaba terminando la carrera, le esperaba un mundo de puertas cerradas y rechazos continuos. Tocar el timbre, sentarse al otro lado de la mesa, asentir tristemente y maldecir con resignación la época que nos había tocado en suerte. Había llegado el momento de ocupar nuestro lugar en un mercado laboral en ruinas, así que estuvimos un tiempo disputándonos los escombros. La Generación Perdida nos llamaron. Muchos emigramos. Algunos volvimos, otros no.

Por tanto, como me pilló de lleno y por entonces, además, tenía el mal vicio de leer la prensa, lo recuerdo bien. Los brotes verdes, Zapatero arrastrando su cadáver, la Merkel… Fue en aquella crisis cuando empezó, o al menos cristalizó, un reparto de tareas en la política que, en sus líneas generales, pervive: el PSOE se dedica a la ideología y el PP a la administración. Pensadores unos, contables otros. Y así, ni Pedro Sánchez ha tocado los presupuestos de Rajoy (no puede, es cierto; y bien que se lo agradece a Dios todos los días) ni Rajoy movió una coma de las políticas ideológicas de Zapatero.

En aquella crisis surgió y creció Podemos, al calor del 15 de marzo. De hecho yo fui uno de aquellos indignados que se congregaron en Sol “para exigir un cambio” –un cliché a estas alturas–. Entonces estaba en Madrid estudiando un máster que –lo empezaba a ver claro– no me iba a dar trabajo, sino deudas. La sociedad que nos habían preparado nuestros padres era una estafa. Así que cogí el tabaco y me bajé en la parada correspondiente de la línea 1. 

Al principio todo bien; todo muy juvenil, electrizante y prometedor. El problema empezó con las asambleas, es decir, cuando dejamos de gritar y nos pusimos a hablar. Ahí empezó la parodia. En lugar de indignarme con los indignados, decidí paliar la frustración con sentido del humor, dedicándome a apoyar las propuestas más estrafalarias. La que recibió mi apoyo más entusiasta fue la de plantar un huerto en el centro de Madrid. Recuerdo que grité: ¡Eso! ¡Melones contra la crisis! Me lo pasé muy bien. Fue mi primera juerga revolucionaria y no la abandoné hasta que mi sarcasmo comenzó a resultar demasiado evidente. 

También Vox surgió de la crisis, aunque no de forma directa. Primero hubo de venir Rajoy y su séquito de gestores, a cual más competente que el anterior. Mariano decidió que la ideología era algo que la derecha no se podía permitir; algo vergonzoso incluso; desde luego contraproducente. Planteó una falsa disyuntiva: economía o ideas. Y coló durante un tiempo. Y cuando dejó de colar, creció Vox.

Veremos qué nos depara una nueva crisis. De cualquier modo, yo no me preocuparía mucho por lo que decía al principio: si todos la ven venir, lo más probable es que no sea gran cosa.