Juntacadáveres

La última excursión de Pedro Sánchez no ha sido a algún lujoso e innecesario foro mundial, donde este figurón se dedique a buscar contactos para un futuro dedicado a la mangancia internacional en la UE, la ONU, el FMI o donde sea, promoción que deseamos próxima por el bien de España. No, esta vez Míster Falcon ha saltado brevemente al otro lado de los Pirineos para rendir homenaje a Antonio Machado y a Manuel Azaña. Juntacadáveres Sánchez (que me perdone el gran Onetti), oceánico en su ignorancia, pretende que nadie hasta que llegó él se había ocupado de estos dos españoles tan ricos en desventura. Se ve que el tío guaperas se pasó sus estudios jugando al baloncesto y copiando en los exámenes, porque cualquier bachiller de su generación, y no digamos de la anterior, fue bombardeado con los versos de don Antonio y familiarizado con las ediciones de Azaña como, por ejemplo, la mexicana de Juan Marichal, que se leía sin problemas en España estando vivo Franco (esa fue la época en la que empezó a forjarse la leyenda dorada de la Segunda República). Todos los lodos de hoy vienen de los polvos de entonces.  No fuimos pocos los sorprendidos en el año 96 por el “azañismo” de Aznar, quien fue uno de los grandes reivindicadores del último presidente de la II República. Entonces inició el PP una tendencia implacable y permanente en la renuncia a los referentes de la derecha clásica española. Rajoy no fue sino el remate de lo iniciado entonces: la abdicación de los principios y la entrega de la hegemonía ideológica a una izquierda cada vez más radical, al comprobar que todo el campo era orégano y que la presunta “derecha” capitulaba siempre y por principio ante cualquier avance izquierdista, por absurdo y doctrinario que fuera. Por no haber dado ese combate estamos como estamos, con las leyes territoriales, educativas, de género y, sobre todo, de memoria histórica; redactada esta última ad hoc para comunistas y separatistas, que han secuestrado una historia que es de todos, que nadie tiene el menor derecho a monopolizar y que sólo una visión sectaria, estaliniana y chapucera, de pésimo historiador, puede reducir a una lucha maniquea entre el bien y el mal.

¿Qué es la memoria histórica a fin de cuentas? Un arma de combate político donde la verdad, o el afán de cierta objetividad, es lo de menos. El fin de esta ley y sus secuelas autonómicas es deslegitimar a las derechas, a la monarquía y a otras instituciones esenciales del Estado, para que, de esa manera, sólo la izquierda disponga de una suerte de legitimidad democrática hereditaria derivada de su reivindicación de la II República, esa misma que el PSOE y los separatistas hicieron todo lo posible por destruir, hasta que lo consiguieron en las jornadas de julio de 1936, aunque con un resultado diametralmente opuesto al que pretendían. Pero la memoria histórica es también, y cada vez más, un instrumento de adoctrinamiento en el odio. Generaciones que llegan a la juventud casi un siglo después de la guerra del 36, cuando ya apenas sobreviven los nonagenarios que fueron niños en aquellos años, reviven las furias de entonces y ensalzan para nuestro asombro a personajes tan siniestros como Líster, Companys o Carrillo. Y todo esto se agita con boba irresponsabilidad por burgueses de izquierdas como Juntacadáveres Sánchez, dispuestos a ejercer de Kerenskis y agitar la olla de los odios fratricidas para conquistar unos cuantos votos. Puede que esto les salga bien; los sinvergüenzas sin escrúpulos suelen ser afortunados en el corto plazo, período en el que el “doctor” vive permanentemente, pero no es bueno para España, aunque ya sabemos que eso le importa menos que nada al presidente más breve de la democracia, bien capaz de incendiar la casa para alumbrar su cuarto.  

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Esta política a tumba abierta, que va desde la profanación de los sepulcros de los vencedores hasta la obscena exhibición de las reliquias de los vencidos, se hace con un manifiesto propósito cainita y vengativo. Los que ya peinamos canas recordamos que los protagonistas de aquella guerra, nuestros abuelos, tenían bien presentes los horrores padecidos. De eso nació la reconciliación nacional, la verdadera, la que sellaron los excombatientes de ambos bandos al aceptar convivir unos con otros. Nadie quiso abrir ataúdes ni invocar a los muertos porque se sabía todo lo que eso podía volver a traer. Se renunció a la guerra por los mismos que la habían hecho y sufrido. Y la cosa no fue nada mal. Desde 2004, bajo el gobierno del hombre más nefasto de nuestra historia reciente, se desencadenó de nuevo la máquina del rencor. Todas las medidas de entierro decente y restitución a las víctimas de la guerra y del franquismo ya se habían aprobado por gobiernos anteriores. La novedad de la ley de Zapatero no fue sino el imponer  con todo propósito una versión maniquea, acientífica y resentida del pasado reciente español con el fin de excluir de la legitimidad democrática a las derechas. Y estas fueron tan bobas que no presentaron batalla y aceptaron el trágala. Hasta lo defienden, como ejemplares cornudos y consentidores. Pese a su silencio cómplice, quedaron exactamente igual que si se hubieran opuesto con el ruido necesario en tales combates de ideas. Perdieron el honor y no ganaron ni siquiera el plato de lentejas de la “legitimidad” que le mendigaban a la izquierda.

La batalla de los próximos años no es sólo política. Si lo fuera, estaría destinada al fracaso. Tiene que ser un combate cultural contra todo lo que sustenta unas tendencias antinacionales, enemigas de las instituciones básicas de la sociedad y envenenadoras de las mentes y de los corazones del pueblo, que antes prefieren juntar cadáveres, para resucitar el odio pasado, que unir a la nación en una sugerente empresa común. Ese combate es al que jamás se prestarán PP y Ciudadanos, como ya se ve en Andalucía, donde estamos viviendo susanismo sin Susana. ¡Y todavía hay quien se sorprende del auge de VOX!