John Fitzgerald Sánchez

En su muy interesante ensayo de 2006, titulado La realidad inventada (que cuenta, además, con prólogo del prestigioso académico estadounidense Robert Jervis), el profesor Rubén Herrero de Castro analiza los procesos de toma de decisiones en política exterior y hace especial hincapié en el fenómeno conocido como groupthink o “pensamiento grupal”. Estudiado a fondo por el psicólogo y profesor de la Universidad de Yale Irving Janis, este concepto describe lo que sucede dentro de un grupo cuyos miembros, en aras de la armonía, el conformismo o el puro interés, minimizan el conflicto y llegan a un consenso totalmente deformado y aislado de factores externos. El profesor Herrero de Castro utiliza como ejemplo arquetípico las discusiones producidas en el gabinete del presidente John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) que desembocaron en la conocida como Invasión de Bahía de Cochinos de 1961.

Concebida durante el mandato presidencial del general Dwight David Eisenhower (1890-1969), la operación militar -conocida en Cuba como Invasión de Playa Girón- tenía como objetivo derrocar a Fidel Castro (1926-2016), conseguir el apoyo de la Organización de Estados Americanos e instalar un gobierno aliado de los Estados Unidos. Como sabemos, nada de eso sucedió y la frustrada aventura sólo sirvió para reforzar el liderazgo de un Castro ya inclinado hacia el comunismo soviético. Poco tiempo después, los asesores del presidente Kennedy poco felizmente calificados como the best and the brightest (“los mejores y los más brillantes”), verbigracia el fiscal general Robert Francis Kennedy (1925-1968), el asesor de Seguridad Nacional McGeorge Bundy (1919-1996) y el secretario de Defensa Robert Strange McNamara (1916-2009), entre otros, cometieron toda clase de errores de análisis a la hora de analizar la situación de Vietnam; situación que -paradójicamente- tuvo que ser llevada a término por el mucho menos popular Richard Milhous Nixon (1913-1994). Nada de esto hizo mella en la imagen propagandística de Kennedy, acaso el protagonista de una de las mayores operaciones políticas de imagen del siglo XX en los Estados Unidos.

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En una situación bastante menos pacífica pero no por ello menos dramática, el gobierno de Pedro Sánchez despliega, con vistas a las elecciones del próximo domingo 28 de abril, todo su arsenal mediático y propagandístico. La cereza del postre acaso sea la última proyección electoral del Centro de Investigaciones Sociológicas, sazonada por el ínclito José Félix Tezanos: el Partido Socialista Obrero Español obtendría una enorme cantidad de escaños, el Partido Popular se hundiría, Ciudadanos se mantendría relativamente estable, Podemos caería y VOX llegaría a casi cuarenta diputados. Previsiones que podrían operar como un arma de filo, al fomentar la abstinencia electoral de quienes se sientan seguros ganadores.

Sin embargo, la calle parece mostrar otra cara. Con una izquierda presa de sus contradicciones internas, un Partido Socialista que no encuentra el camino de la reactivación económica (y con una posible recesión en ciernes), sumado todo esto a la apetencia constante de las formaciones separatistas y a un más que posible triunfo de Esquerra Republicana de Cataluña, conviene advertir el progresivo crecimiento de VOX, reflejado en el colapso de cuanto local, teatro, auditorio, bar o estadio utilice para convocar sus mítines, sea en Burgos, Cuenca, Murcia o Córdoba. Como muestra, el lanzamiento de las candidaturas a diputado en La Cubierta de Leganés, situada en pleno “cinturón rojo” de Madrid: despejadas las lógicas precauciones con respecto al aforo que se habían tenido en Vistalegre, el espacio multifuncional y antigua plaza de toros se vio desbordado de público dispuesto a escuchar a Santiago Abascal y sus compañeros de partido.

Alguien dijo alguna vez que la encuesta electoral más precisa se produce a la hora de abrir las urnas. Los naipes están sobre la mesa. Sólo queda disputar la partida.