Francia, el Islam y la Venganza de Don Mendo

Acabo de ver la película francesa Una razón brillante, sobre un profesor universitario de París que ejerce de Pigmalión con una alumna, inmigrante magrebí de tercera generación. El veterano Daniel Auteuil y la joven revelación Camélia Jordana bordan este film divertido e inteligente. La gran pregunta es si en la Europa del multiculturalismo y la sharia, casos de integración como los de Una razón brillante son la regla o la excepción.

Mucho me temo que la película le gustará a Macron porque, al margen de su indiscutible nivel cinematográfico, tiene mucho de propuesta buenista. Es verdad que todo es posible en el país de la diosa Razón, Voltaire y Zidane.

Que, por ejemplo, en Francia la segunda de una familia de doce hijos de origen marroquí puede empezar repartiendo publicidad a los 14 años y llegar a ser ministra.

Es lo que le ocurrió a la famosa Rachida Dati, titular de Justicia en el Gobierno Sarkozy, que “convertida” a los valores republicanos pasó de una infancia en un barrio humilde a El Elíseo.

Pero por una Rachida Dati, hay otros diez inmigrantes magrebíes que no se integran. ¿Cuál es la verdadera radiografía de una Francia a la cabeza de Europa en población musulmana (casi 6 millones): la de los magrebíes convertidos en abogados, arquitectos o periodistas, o la de las jóvenes con burkini?, ¿la de los valores republicanos o la de la sharia en determinadas no-gone zones?, ¿la de la libertad, igualdad, fraternidad o la de Bataclán, el diablo sobre ruedas de Niza y el degollamiento del cura de Rouan?

Y no se integran no sólo por razones culturales (la fuerza de su religión frente al nihilismo de la vieja Europa), sino también naturales (su empuje demográfico frente a la infertilidad autocastrante de los occidentales).

De poco sirve que Macron apele a la educación (presénteme a una mujer educada que tenga 7,8,9 hijos). Las musulmanas tienen más hijos y son habas contadas. Eso es todo. Es cuestión de hacer números: los demógrafos los han hecho y el panorama pinta negro para los próximos decenios.

Esa superioridad numérica es el motivo de la arrogancia de quienes llegaron como mano de obra barata a una Francia que había renunciado a la natalidad. Una arrogancia que les lleva a salir de los guetos y hacerse los amos de barrios enteros, a imponer la ley islámica, a copar las aulas, a multiplicar las mezquitas mientras las iglesias góticas se reciclan en museos por falta de feligresía o son pasto de la piqueta municipal.

El caso de Francia es paradigmático del repliegue de una civilización tan avanzada como la occidental ante el subidón de otra más bárbara y atrasada. Rotundo mentís a optimistas antropológicos como Hegel y el progreso continuo, y Fukuyama y el fin de la Historia. Como si no recordaran que todo el Norte de África, floreciente orilla sur del Mediterráneo en la Antigüedad, terminó devastado por la Media Luna.

Esa marcha atrás se está repitiendo en la Europa desde hace medio siglo. Tras el proceso de descolonización al acabar  la II Guerra Mundial se invirtieron las tornas. La Vieja Europa que dominaba mares (Inglaterra) y desiertos lejanos (Francia) se replegó sobre sí misma, dejó de tener hijos y abrió la muralla a los inmigrantes. Y las antiguas colonias se vaciaron de salacots, y las metrópolis se llenaron de turbantes.

Y los moros de segunda y tercera generación no se han occidentalizado por beber cocacola y ver televisión. La tecnología no lima las garras al tigre; al revés, en no pocos casos, puede convertirse en arma de doble filo: proselitismo salafista por youtube, la yihad en tutoriales…

Hasta tal punto llegan las cosas, que algunas zonas de Francia están ya tan ocupadas por el islamismo como lo estaba por la bota nazi en 1940-44, según cuenta Emmanuel Bremer en el libro Los territorios perdidos por la República. Si a un joven de mayo del 68 -prohibido prohibir- le hubieran dicho que cincuenta años después las propias francesas dejarían la minifalda y no se pondrían maquillaje para no llamar la atención en determinados barrios no se lo hubiera podido creer.

Ya lo dijo el rey Hassan II de Marruecos en el canal TF1 (como recoge oportunamente Francisco José Contreras): los magrebíes no se integrarán en Francia, porque se trata de otra cultura: “Serán malos franceses. Nunca serán franceses al cien por cien”.

Así que ya sabe Monsieur Macron: lea más a Michel Houllebecq (autor de Sumisión) y vea menos películas como Una razón brillante. O mejor aún -si tiene a mano una buena traducción- lea a nuestro Pedro Muñoz Seca, y grábese en la memoria la cuarteta que recoge La venganza de Don Mendo: “Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos”.

 

por Alfonso Basallo.

Periodista y escritor. Doctor en Comunicación, ha trabajado, entre otros medios, en El Mundo e Intereconomía, ha dirigido el semanario Época; y fundado y dirigido el diario digital Actuall.com. Ha publicado varios libros sobre historia, terrorismo y cine. Coautor junto con su mujer, Teresa Díez, de dos bestseller sobre el matrimonio: Pijama para dos y Manzana para dos.