Foto de las elecciones y de sus resultados

Las del pasado domingo han sido unas elecciones importantísimas para el futuro de España. Además de los retos a los que se enfrenta el país a corto plazo, unidad nacional y crisis económica por encima de los demás, España también debe remangarse para encarar la automatización del trabajo, el vaciamiento del entorno rural y la glaciación demográfica, entre otros. Sobre el gobierno de Pedro Sánchez -que aún no sabemos si será en solitario, en coalición o en mendicidad de Podemos y los independentismos- recaerá la responsabilidad de tomar medidas que garanticen el futuro de España, nos guste o no.

Las fuerzas de la oposición, por su parte, tienen por delante una responsabilidad histórica para con su país y para con su futuro, y desde sus cuotas de representación deberán hacerlo lo mejor que puedan para impedir que el PSOE mercadee con el futuro de nuestros hijos.

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Más allá de todo ello, los votantes a la derecha del PSOE siguen preguntándose qué ha pasado. PP, C’s y Vox suman más votos que PSOE y Podemos, pero eso poco importa, las reglas del juego son las que son y los resultados han sido, como los han sido desde el advenimiento de la democracia, limpios. Habría que dejar las culpas a un lado y preguntarse por qué Sánchez, el Sánchez de la tesis, del Falcon, de Pedralbes, de los ministros caídos, ha ganado claramente las elecciones. Es preciso analizar por qué una mayoría clara de españoles han optado por un líder que ha mostrado pocos escrúpulos a la hora de conservar el poder. Es necesario dilucidar porque España es antes socialdemócrata que rota.  

España es socialdemócrata. Y siempre lo ha sido, desde que los xenials (nacidos entre 1977 y 1983) tenemos memoria. El PSOE es el partido al que la mayoría de los españoles quiere votar, y sólo necesitan una razón suficientemente convincente para ello. Esta vez, fue clara: el miedo a la derecha, agitado como único motivo electoral. Iván Redondo y todos los operarios del laboratorio de marketing político del PSOE, y por supuesto los periodistas orgánicos y los medios afines, han utilizado un argumento parecido al que utilizó el marianismo en 2015 y en 2016: o nosotros o el caos. Poco ha importado que se haya manipulado sobre Vox y sus propuestas, que se haya demonizado a sus dirigentes o que se haya utilizado la coletilla de “ultraderecha” en todos y cada uno los momentos en los que se ha mencionado a la formación verde. Como al PP en las anteriores elecciones, al PSOE le ha salido la jugada de cine. El miedo, siempre el miedo, ha transferido millones de votos al PSOE desde Podemos y desde la abstención.

No hay que engañarse, la mayoría de la población es socialdemócrata y más aún las generaciones que vienen. Las respuestas están en las legislaciones ideológicas que el PSOE ha promovido siempre, y ha implementado con éxito, y en los medios de comunicación en donde, según dijo Francisco Marhuenda, el 90% de los periodistas son de izquierdas. Así el PSOE ha buscado garantizar un futuro electoral similar al del PRI en México.

Fragmentación y leyes electorales. Es una obviedad, pero la fragmentación no favorece al bloque ideológico (siempre teniendo en cuenta la remota posibilidad de que C’s fuera a subirse a un barco en donde estuviera Vox). La Ley D’hont parece diseñada para perpetuar el bipartidismo y por tanto penaliza a los que quedan de terceros hacia abajo. Muchos votos de PP y C`s no contabilizaron escaños, es cierto, pero muchos más de Vox. Sin este método, habría habido un empate entre bloques a 156 escaños – y por tanto los nacionalistas habrían inclinado la balanza-.

Sin embargo, no debe prostituirse este argumento. Cada ciudadano es libre de votar a la opción que quiera, y es un avance democrático que haya más formaciones políticas que representen unos valores y principios determinados. El voto cautivo es un voto del miedo. Si hay que buscar culpables de que el centroderecha haya perdido y que el PP se haya desgajado, hay que apuntar, en todo caso, a Rajoy y a esa tristemente recordada expulsión de liberales y conservadores del PP. Pues bien, ya se han ido, los liberales a C’s y los conservadores a Vox.

La hinchazón de las expectativas. Las redes sociales en España no acaparan aún toda la realidad, ni de lejos. Son una herramienta de comunicación muy poderosa pero, cuando se usan como medidores absolutos, presentan una realidad distorsionada y aumentada. Sumado a las encuestas, que también se han convertido en armas electorales, las expectativas han jugado malas pasadas y se han convertido en una hinchazón sobre para Vox y Podemos. Para los primeros porque, pese a su buena entrada en el Congreso, se quedan con el sabor agridulce de una entrada más asonada (como la de Podemos y C’s en 2015) y para los segundos, en su favor, han dormido mejor al comprobar que su batacazo no fue tan violento como esperaban, Galapagar y cuchillos largos mediante.

La televisión, siempre la televisión. La televisión sigue siendo el medio de formación de la opinión pública indiscutible en España. También el de capacidad de infuencia. En 2015 y en 2016 Podemos tuvo las redes sociales, pero también el altavoz de los medios tradicionales y, sobre todo, muchas horas en televisión. Vox saltó al debate nacional después de Vistalegre, cuando las televisiones se hicieron eco del acto, pero hizo una campaña centrada en las redes sociales y fue la televisión quien decidió cómo encuadraba el mensaje de Vox, sobre todo después de haber excluido a la formación de los debates electorales.

A pesar de la foto final de estas elecciones, como hemos apuntado, queda mucho partido por delante y mucho espacio para recolocar las piezas y seguir jugando la partida de ajedrez de la política.