Filosofía… ¿qué filosofía?

El regreso de las asignaturas citadas a las aulas es, sin duda, una buena noticia que excede el interés gremial de aquellos que encontrarán mayores posibilidades laborales.

¡Y se hizo la unanimidad! Lo que los Presupuestos Generales del Estado o el problema territorial no han conseguido, lo logró el pasado miércoles la Filosofía. O, por mejor decir, su presencia como asignatura en la enseñanza secundaria. El desencadenante de una posible foto en la que figurara todo el espectro ideológico de la partitocracia española, desde las izquierdas más indefinidas a la extrema derecha –a la espera de la llegada al Congreso de la extrema extrema derecha-, ha sido la aprobación de una proposición no de ley que aumenta la carga lectiva de esa materia. Con esta iniciativa, surgida del grupo confederal Unidos Podemos, se pretende que vuelva a impartirse Ética con carácter obligatorio en 4º de secundaria, mientras que la Historia de la Filosofía se estudiará en 2º de bachillerato.

Nada más conocerse la noticia, algunas de las más destacadas voces vinculadas a esta disciplina y sus aledaños, se alzaron para celebrarla. Entre ellas sobresalieron las de Emilio Lledó, Manuel Cruz o Adela Cortina, todos ellos reconocidos públicamente durante el presente periodo constitucional, cimentado ideológicamente en la obra de un filósofo con nombre y apellidos: José Ortega y Gasset. En efecto, el europeísmo y el autonomismo desvertebrador, son dos constantes que han marcado la vida política de la España posterior a 1978, ya prefigurada décadas antes en los círculos falangistas y socialdemócratas en los que se movieron muchos de sus discípulos más o menos directos. Más de seis décadas después de su fallecimiento, instrumentalizado en su momento como ariete contra el franquismo –«por fin el viejo ha servido para algo», se oyó decir en tan luctuosas jornadas-, la huella de Ortega sigue siendo profunda. Sin embargo, y aunque su impronta sigue siendo visible sobre varias generaciones de españoles, otras alternativas se han  paso, reeditando la vieja tradición de enfrenamientos entre escuelas filosóficas. Como la Historia de la Filosofía demuestra, las pugnas, a veces enconadísimas, entre facciones arremolinadas alrededor de hombres singulares capaces de criticar, de cribar la realidad, y de ejercer un poderoso influyo político, han sido constantes.

Si Aristóteles empujó a Alejandro hacia Asia, y la Unión Soviética no se concibe sin la obra de Marx, la nación política española ha asistido al forcejeo entre hombres apegados a la Escolástica o al krausismo, muy útiles para configurar la realidad maniquea rota fugazmente por la proposición de ley. En definitiva, las relaciones entre las producciones filosóficas y la actividad política son tan viejas como la idea de ciudad, de civilización, en suma, y no hace falta poseer la ciencia media de Molina, para augurar que en cuanto la anunciada ley entre en vigor, comenzarán los forcejeos entre los grupos aludidos. Una pugna que se reproducirá en aquellas regiones hoy en manos, gracias a la irresponsabilidad y oportunismo de los sucesivos inquilinos de La Moncloa, de partidos cuyo fin último es la balcanización de la Nación española. No es descabellado pensar que el PNV se sentiría a gusto dando cauce a un renovado jesuitismo en las aulas en las que ha implantado una lengua, el vascuence, hablada más en el Paraíso que en las calles bilbaínas, y cuyo excedente de profesores necesita un ámbito -navarro- de expansión territorial. Tampoco sería extraño que en una región que ha hecho de la asunción de competencias educativas su principal fortaleza, la Cataluña de la inmersión lingüística, reclamara matices diferenciales para explicar una Historia de la Filosofía, que contaría con egregios representantes nacidos en aquella tierra cuyo suelo exhala brumas democráticas. La hemeroteca podría operar a favor del secular particularismo catalán, toda vez que el rótulo «filosofía catalana», ya saltó a la prensa –madrileña- en 1876.

Si el parcelamiento regional es una posibilidad, el desacuerdo entre los partidos hegemónicos parece garantizado, habida cuenta de las profundas diferencias existentes en relación a una Ética, siempre útil como herramienta adoctrinadora, que a menudo ha sido una mera configura de la asumida por la Iglesia católica. Las diferencias entre estas éticas, la denominada laica y la adscrita al humanismo cristiano, han servido, desde hace décadas, para distinguir el frente «progresista» del «conservador». En este contexto, la unanimidad escenificada en la Carrera de San Jerónimo puede verse como un armónico preludio de las grandes divergencias que suscitan cuestiones como el aborto, la eutanasia o aquellas que se han dado en llamar «de género», tras las cuales se desarrolla una poderosa industria que cuenta con sus propios referentes. Tal es el caso de Yera Moreno Sainz-Ezquerra. Tataranieta de Santiago Montero Díaz, comunista devenido en jonsista, y director de tesis de Lledó, Yera Moreno se doctoró en la Universidad Complutense con un trabajo entre cuyos objetivos destaca el siguiente: «visibilizar también la capacidad de acción política del arte en tanto que en él, y a través de propuestas y prácticas diversas, se producen nuevos modelos de sujetos e identidades contrahegemónicos». La doctora Yera es también coautora, junto a Melani Penna, de un Breve decálogo de ideas para una escuela feminista, en el que se combaten «las estructuras sociales patriarcales que nos atraviesan a todas». El ámbito de solución de tan dramática penetración es, según las firmantes del decálogo, una escuela debidamente transformada en «un espacio para la revolución social, para la transformación y la subversión», fines que exigen una conveniente purga de autores machistas y misóginos, como Neruda, Pérez Reverte y Javier Marías.

El regreso de las asignaturas citadas a las aulas es, sin duda, una buena noticia que excede el interés gremial de aquellos que encontrarán mayores posibilidades laborales. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto presentar esta modificación programática como el regreso de la Filosofía, tiene sentido más allá de sus dimensión propagandística. Máxime si se tiene en cuenta que el término «filosofía» tiene muy diversas, algunas de ellas opuestas entre sí, acepciones. Cabe, pues, concluir este escrito regresando a su título: filosofía… ¿qué filosofía?