Feijóo y la regeneración del PP

La iniciativa de los nuevos compañeros de viaje de Beiras, tan conectada al movimiento del PNV, remite a lo ocurrido en Cataluña en la última década

Los personalísimos movimientos producidos en el seno -¿o acaso se trate del núcleo irradiador?- de Podemos, han dejado en un segundo plano lo ocurrido esta semana en el Parlamento gallego, en el que se han vuelto han reclamar más competencias encaminadas al fortalecimiento del autogobierno de Galicia. La petición de sus señorías vendría a dar continuidad al habitual flujo de cesiones que va del gobierno central a las estructuras pseudoestatales que han cristalizado gracias a la Constitución de 1978, la misma que distingue, sin mayores especificaciones -que a buen entendedor…- entre nacionalidades y regiones. Después de una década sin recibir nuevas transferencias, los diputados gallegos han alcanzado una desusada unanimidad para solicitar los traspasos que se consideren «convenientes», bien por mímesis en relación a otras comunidades bien por dar fin a los procesos de cesión ahora en curso.

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El giro que ahora da la partitocracia sentada en el Parlamento de Galicia ha sido posible después del cambio de postura del Partido Popular de Galicia que, en la estela del BNG, se ha sumado a este impulso después del anuncio del calendario de transferencias que recibirá el País Vasco de manos del Gobierno presidido por Pedro Sánchez. Sabedores de la debilidad del doctor madrileño que ahora pernocta en La Moncloa, los tan jesuíticos como tecnocráticos políticos que manejan la cosa pública vasca, concierto económico y coartadas junteras incluidas, se aprestan a recoger 33 nuevas competencias.

La iniciativa de los nuevos compañeros de viaje de Beiras, tan conectada al movimiento del PNV, remite a lo ocurrido en Cataluña en la última década, tiempo en el que las facciones independentistas allí radicadas se han convertido en la punta de lanza de un movimiento que trata de socavar, y ya ha dado lugar a una grave fractura social interna, la soberanía nacional. El recuerdo de la vieja Galeuscat, en unos momentos en los cuales ha regresado la terminología guerracivilista cultivada al calor de la ideología propia de la Memoria Histórica –«Frente Popular» y «extrema derecha»-, parece inevitable. Sin embargo, el fácil paralelismo, que no es tal si se atienden a las muy diferentes condiciones -¿cómo hablarle de la cuestión agraria a los millenials dedicados a la indagación identitaria?- en las cuales se han configurado unas alianzas que apenas acusan ciertas semejanzas con las fraguadas hace ocho décadas, queda roto por el comportamiento, aparentemente desconcertante, del PPdeG, máxime en un momento en el que Pablo Casado parece decidido a reclamar cierta recentralización de las competencias estatales.

En efecto, apenas unos días después de que José María Aznar, en el curso de la convención nacional del PP, mostrara públicamente su confianza en Casado, la diputada Paula Prado, compañera de partido de ambos, declaró, sin asomo de rubor, que «Galicia no puede permitir que tras ser perjudicada por los presupuestos del ultraje, encima tengamos que sufrir una marginación mayor en materia de competencias. Galicia tiene los mismos derechos que el País Vasco o Cataluña, por lo que demandamos que se negocie en igualdad de condiciones y al mismo nivel». Las comunidades con las que la Prado compara a su Galicia son reveladoras y muestran hasta qué punto las intenciones mostradas por Casado tendrán que comenzar por doblegar la inercia o, por mejor decir, vicios, de muchos de sus compañeros, rigurosos observantes de la Constitución en lo referido al narcisismo y rapaz oportunismo que se embosca tras el término «nacionalidad».

Nada es lo que parece en el partido en el que la gaviota resultó ser charrán. El hoy presentado como ogro españolista, el Aznar que hogaño unge a Casado, es el mismo que, incapaz de realizar el menor atisbo de autocrítica, entregó a Pujol la cabeza de Vidal Cuadras, acompañada por las transferencias de tráfico, justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, mediación de seguros, política lingüística y vivienda. Y es que, al igual que ocurre con el partido de los círculos y «la gente», hoy en crisis, el que fundara Manuel Fraga Iribarne, verdadero arquitecto de las estructuras protonacionalistas en las que se asienta su delfín Feijóo, demuestra día tras día su talento para cabalgar contradicciones.