Eva Hache tiene gracia

Eva Hache tiene gracia. ¿Mucha? ¿Poca? Bueno, la suficiente para vivir de ella, lo que siempre es bastante. Esa fealdad suya, un poco de pájaro, rinde bien a la hora de gesticular. Lo mismo cuando se le marcan los pómulos que cuando agacha la mirada para amenazarse la garganta con la punta de la nariz, conserva un aire de clown nativo y perpetuamente irónico (quién podría aguantar a un payaso sin ironía). Destacó en los monólogos y se convirtió en presentadora del clásico Club de la Comedia. Como es propio del género, ordeñaba la cotidianidad para reírse de todo el mundo y, especialmente, de sí misma. Sin embargo, recientemente ha sido noticia por justo lo contrario: sufrió un escandaloso ataque de seriedad.

En el jaleo que rodeó a la manifestación del pasado domingo, publicó un mensaje que arrancaba de forma misteriosa: “Con vuestros ombligos tapáis el saber”. Aunque la imagen estaba afectada de una grandilocuencia poco favorecedora, daba a entender que el egocentrismo de algunos impedía que la luz del conocimiento llegara al resto. Esos algunos, averiguamos poco después, son quienes apoyaban la concentración, a los que calificaba como “mierdas” porque buscaban soliviantar a los ignorantes.

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Al parecer, la humorista guardaba dentro de sí a una ilustrada llena de santa cólera. Sintió el deber de abanderar la razón porque una parte del pueblo, la parte ignorante, estaba siendo manipulada. Y resultaría llamativo ese absceso de superioridad si no fuera porque estamos acostumbrados. La homogeneidad ideológica de nuestra fauna artística es sólo comparable a la altanería con que la llevan. Algo tendrán los focos, quizás una especie de radiación, que les uniforma la cabeza y les cincela el convencimiento de que cualquier pensamiento que difiera del suyo es necesariamente aberrante. Parecen no darse cuenta de que si te sorprende que alguien no piense como tú, lo único que demuestras es que tampoco has pensado demasiado.

El gran Wyoming, testigo de la Historia, se mostró también desconcertado en una entrevista. El entrevistador, Andreu Buenafuente, parecía igualmente patidifuso. Habían llegado a la conclusión de que, en los tiempos que corren (bip-bip hace la máquina de detectar tontos), nadie podía mantener una idea de España que no fuera la suya. Por eso el presentador del Intermedio se ve en la obligación de avinagrar más todavía el gesto y de redoblar el paternalismo de su sátira. Quiere entrañablemente a sus ovejas y sufre al ver que se le descarrían.

La misma alarma, pero en tono luctuoso, mostró Pedro Almodóvar en la gala de los Goya. Aprovechó la alfombra roja para ejercer de demiurgo y negarle la existencia a Vox; pero como se sabe demiurgo deficiente, pidió colaboración a los medios en su campaña por delimitar lo que debería existir y lo que no. Variando la metáfora de Eva Hache, podríamos decir que Almodóvar quería tapar con su ombligo a una parte de España, la parte que, según él, no merece la luz del sol.

Todo esto, desde luego, es ridículo y evidencia un latifundio de soberbia. Sin embargo, promover su linchamiento en las redes y un boicot de sus obras es igualmente ridículo y una manera histriónica de darles la razón. Puede ser que las declaraciones de Almodóvar demuestren un desprecio obtuso, pero eso no convierte Volver en una mala película. Puede que Eva Hache queriendo demostrar la estupidez de los demás sólo consiga hacer patente la suya, pero eso no apaga retrospectivamente la chispa de sus monólogos. Lo que quiero decir, en definitiva, es que sería una pena contestar al endiosamiento de estos artistas negando su talento. Eso sería signo de mediocridad, y la mediocridad es un defecto más grave aún que no estar de acuerdo con la gente de la tele.