Europa y el silencio

Europa podría narrarse a través de sonidos y de silencios. 

Por ejemplo, uno podría escuchar su eco en el canto mozárabe que se conservó en España como tesoro de la liturgia hispánica que pervive hasta nuestros días. El profeta Jeremías llora sobre Jerusalén, la ciudad a la que todo Occidente mira como una novia engalanada. Las lágrimas se derraman por los pecados de la humanidad representada en el lugar en que ha de manifestarse el Mesías. 

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Europa tiene la voz del gregoriano, que resuena en el salterio desde España hasta Polonia. Esta música unifica más nuestra civilización que todas las normas, todos los reglamentos y todas las directivas que emanan de la Unión Europea. Sin estas salmodias que celebran día tras día que “por la misericordia entrañable de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto”, nada de lo que es Europa, la Unión incluida, hubiese sido posible. San Benito, san Bernardo, los santos Cirilo y Metodio, las santas Brígida y Catalina y las abadías, monasterios y conventos de todo el continente hicieron lo que hoy somos tanto como las cortes de los reyes y los palacios imperiales; o quizás incluso más. Es falso que la Edad Media fuese oscura. Ahí están el Libro de Kells o la Cruz de Essen, que aún nos deslumbran. 

El gregoriano y las otras formas de canto llano alternan de forma bellísima y a veces misteriosa la voz y el silencio integrándolos en una única obra. Es comprensible. Uno no puede decir “ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz” y pasar al siguiente versículo sin más. Simeón ha visto cumplido el consuelo de Israel que tanto esperaba, y en él somos redimidos todos. Esto exige el silencio y la contemplación del Misterio: “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. Este silencio, pues, es parte de la oración tanto como el texto y la voz que lo declama. 

El gran Patrick Leigh Fermor, espejo de viajeros, escribió hace unos años un libro memorable que ahora ha traducido y publicado con el título de “Un tiempo para callar” la editorial Elba, que ya nos deleitó con “Los jardines de los monjes”, de Peter Seewald y Regula Freuler. La edición combina el tamaño de letra perfecto y las ilustraciones necesarias. 

El irlandés se pone en camino en busca de la vida monacal en distintos momentos de su vida. Va en pos de “la calma y el silencio necesarios para escribir su primer libro”. Cuando el Señor llamó hacia sí a todos los que estaban cansados y agobiados, no excluyó a los escritores ateos ni a los caminantes sin rumbo. De hecho, a tipos como ellos los fue a buscar el rey por los caminos cuando nadie quiso ir al banquete de la boda de su hijo. No sobra, pues, Leigh Fermor en una abadía benedictina ni en la Gran Trapa ni en los monasterios abandonados de Capadocia. 

El libro tiene pasajes de una literatura bellísima y muy profunda: “el ansia de hablar, de actividad y el nervioso afán de expresarme que había transportado desde París no encontraron respuesta ni compañía en este silencioso lugar; tampoco convocaron un solo eco; y, después de gesticular tristemente en el vacío durante un rato, languidecieron para finalmente morir por falta de estímulo y alimento”. El autor asiste al rezo de las horas: “el cántico era seguido por un silencio que parecía excavado en el corazón mismo del sonido”. 

En la Gran Trapa, recuerda los paisajes de Brueghel y del Bosco. Frente a los tópicos de la vida trapense, nuestro peregrino – ¿es exagerado llamarlo así? – afirma que “esta vida de penitencia tiene ciertos consuelos espirituales”. Se refiere a la “triple unción del alma”, que comprende la luz, la alegría y la creencia de que “esta vida de sacrificio está dedicada a Dios, se deriva de su amor y acerca el alma a él”. 

El viaje a Capadocia es un periplo por el silencio de un mundo cristiano caído en el olvido y el abandono. Allá donde floreció el monacato oriental, Leigh Fermor encuentra una jaculatoria pintarrajeada en una pared: “¡oh, Señor, salva a Miguel tu esclavo”. Como el grafiti que se esconde en la capilla de los armenios en el Santo Sepulcro – ¡llegamos, Señor! – en esta línea hay una oración profundísima de confianza y súplica. 

En su silenciosa brevedad -tiene 142 páginas- “Un tiempo para callar” invita a la lectura sosegada, a la reflexión sin prisas y a la interioridad en compañía porque el silencio no equivale a la soledad. Lean y recomienden este libro. Regálenselo a aquellos a quienes amen. Léanlo en el silencio de un parque o un jardín. Llévenlo consigo a una abadía -o archiabadía como Pannonhalma- o a un monasterio como Santo Domingo de Silos. No lo comenten apresurados. Hagan memoria. Vuelvan a los veneros de donde bebió Europa. 

Que lo disfruten.