Estado de alarma

La Antiespaña que todos los españoles, sin distinción de derechas e izquierdas, llevamos dentro, reventó como una represión más del “régimen anterior”.

Mientras la clase política y sus perros de Prensa se alarman con motivos, yo diría inconfesables, de la amenaza que supone la irrupción de lo que llaman la “extrema derecha” que se agazapa tras las siglas de VOX y que está dispuesta, como ya ha dicho alguno, a “echarse al monte” o sea, dicho en francés que se entiende mejor, prendre le maquis, la nación española está a merced de unos gobernantes y unos socios de esos gobernantes que en tiempos en los que el Estado se tomaba en serio serían reos de alta traición en el mejor de los casos.  Lo único bueno que esta gente tiene y ha tenido desde que se le concedió la libertad de acción y de palabra es la de no haber mentido nunca en lo que se refiere a la nación en que tuvieron según ellos la desgracia de nacer.  Y eso explica, no ya una legislación contra natura y cainita, que con la privatización de la pena de muerte y la interrupción del embarazo lleva su plan de exterminio de la población hasta el seno de la familia y hasta el seno materno, sino unas cesiones y unas concesiones que dejan en papel mojado lo poco que quede de sensato y patriótico en esa Constitución que tanto se airea y tanto se ha violado en manada y en piara.

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El hecho de que estas amenazas se anuncien por unos gobernantes a quienes no ha llevado al poder la “soberanía nacional” a través de unas elecciones, sino los votos de unos “presos y exiliados políticos” y sus impresentables representantes, ya plantea a mi juicio un estado de alarma que exige una intervención urgente, si no mediante la actuación de las instituciones que la propia Constitución legitima a esos efectos, por lo menos con la presentación de una moción de censura por parte del único partido que al parecer se ha contagiado de los principios de VOX, que no son otros que los suyos en los lejanos tiempos fundacionales.  Con ello por lo menos se redimiría al menos de su parte de culpa en lo que ahora pasa. De no ser por VOX – se dice y se repite- no habría “presos ni exiliados políticos” ni se habría aplicado, aunque de mala gana, el artículo 155, bien que embolado como un toro de rejones. VOX fue para el “procés” lo que Tejero para el “golpe de timón” y ahí acaban las comparaciones. En ambos casos la última palabra la tuvo el Jefe del Estado, es decir, el Rey.

En la madrugada del 24 de febrero de 1981 salió el Rey Juan Carlos I de uniforme militar a tranquilizar a los demócratas y pasaría a la Historia como el salvador de la democracia. Al cumplirse los 25 años de La Nicolasa escribía alguien en un libro de tantos titulado Crónicas anacrónicas:

La Antiespaña que todos los españoles, sin distinción de derechas e izquierdas, llevamos dentro, reventó como una represión más del “régimen anterior”, y poco a poco se fue afirmando la incompatibilidad entre ser patriota y ser demócrata. Esta incompatibilidad hizo crisis en una tenebrosa noche de febrero de 1981 y fue Su Majestad en persona quien zanjó la cuestión y salvó la democracia.

Parece ser que la principal finalidad de aquella extraña conspiración, al menos en su nunca aclarada “trama civil”, fue el “golpe de timón” que pedía el anciano Tarradellas, más patriota que demócrata, para evitar situaciones como las que no tardarían en plantearse en ciertas regiones españolas. Las oligarquías de esas regiones han tenido un cuarto de siglo para acreditar su perversa idea de lo español. A ver si ahora Su Majestad es capaz de salvar a la patria como antaño salvó a la democracia.

Habían pasado casi quince años y el 3 de octubre de 2017 el Rey Felipe VI, vestido de paisano, se dirigió a sus súbditos, pues por algo está donde está para algo más que para aguantar abucheos en ciertos estadios, movido por las insolencias de los insurrectos catalanistas y arropado por las banderas nacionales desplegadas en los balcones de toda la nación.  Mucho, demasiado se ha hablado en estos tiempos confusos y convulsos de reformar la Constitución, y algunos con aviesas intenciones sobre la Monarquía. En el mejor de los casos, porque consideran que la Monarquía es un lujo y no les falta razón. Yo en cambio creo que la Monarquía es una necesidad, y que en una Constitución ideal sin feudalismos autonómicos, el Rey debería estar en condiciones de hacer en coyunturas tan detonantes como la presente lo que hizo su antecesor en otra coyuntura mucho menos clara.