‘Esta dictadura tiene la habilidad de conservar las formas de democracia para poder vaciarlas aún más desde dentro’

Transcripción completa del discurso de Eric Zemmour en la convención de la derecha francesa.

Sí, sois, sois muchos y no me lo esperaba. Me lo habían dicho, pero no me lo creía… Todas estas personas que vienen cuando se les habla de una Convención de la Derecha, de unión de las derechas, de reunión de todas las derechas, incluso de unión popular, lo que es populista, de alianza entre la Asamblea Nacional y les Républicains e incluso del Rassemblement de los populistas con los disidentes de la Francia Insumisa… Ante todas estas palabras prohibidas, imposibles…, me habían dicho que las personas amaban las quimeras, pero no creía que hasta este punto… ¿Dónde crees que estáis, realmente? ¿En Estados Unidos, en Hungría, en Polonia, en Italia, en Austria?…

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¿Creéis verdaderamente que vais a evitar la segunda vuelta Marine-Macron y la reelección de Macron? No lo decís en serio. No sois razonables, tampoco creeréis… Bueno, la verdad es que yo sé que Joseph de Maistre decía que el pueblo francés es el más fácil de engañar y el más difícil de desengañar, el más poderoso en engañar a los demás, pero, en fin, esto ya no es así. Habéis venido por nada. Iros, no hay nada que ver… Sabéis que estáis en Francia y que en Francia tenemos la derecha más tonta del mundo. Y sabéis que, a pesar de todo, está patentada en todo el mundo, que somos el país de los derechos del hombre y de la derecha más hermosa del mundo y todo esto va junto. No, verdaderamente, no sois razonables. He leído con atención el tema de la convención:

¿Cómo encontrar una alternativa al progresismo? ¿Cómo y por qué encontrar una alternativa al progresismo? ¿No comprendéis de dónde viene este término, de donde viene el nombre de progreso, de vuestro hogar, de nuestros antepasados campesinos que sufrían el hambre y de Luis XIV, martirizado por los médicos de Molière? No, no sois ni serios ni razonables.

El progreso es el gran negocio de nuestro tiempo, la gran religión de nuestro tiempo, distinta a Jesucristo y a Moisés. Y desde hace dos siglos -os dais cuenta-, ¿cómo no rechazar este progreso que nos tiende las manos? ¿Cómo no alabar esta magnífica revolución industrial que ha permitido la carnicería de Verdun? ¿Cómo no alabar esta ciencia que nos ha dado la bomba atómica? ¿Cómo no extasiarse ante la sublime Revolución francesa que nos dejó el Terror y su futuro, el que cantan los comunistas, que nos han dado los gulags? Sí, francamente, ¿cómo no ser progresista? Tenemos que decir que hemos dudado durante mucho tiempo. Había otras cosas al lado de estas masacres tan progresistas. Había también los antibióticos, la penicilina, la Seguridad Social y la cortisona para la voz. Pero desde hace algunos decenios ya no es posible tener la más mínima duda; el progresismo ya no es discutible. El reino del individuo libre ha derrotado las viejas barreras entre los humanos y los antiguo prejuicios. El patriarcado ha muerto y las mujeres han sido liberadas de una opresión milenaria. Las esclavas han salido de sus rutinas obligatorias. Caroline De Haas y Rokhaya Diallo son las reinas del mundo, algo muy distinto a Bonaparte y Víctor Hugo. La feliz mundialización ha hecho salir a cientos de miles de chinos o de africanos de la miseria. Y ¡qué más da si hace caer a decenas de miles de occidentales en la pobreza y el paro! A cada uno su turno. Después de todo, los obreros blancos bien se han aprovechado de la colonización y del intercambio desigual, es justo que ahora ellos paguen. Las bellezas del progreso más reciente me dejan cada día más atónito. ¿Cómo no dejarse seducir por este viento de libertad que reina sobre Francia y sobre Occidente? ¿Cómo no aprobar todas estas leyes que castigan el pensamiento, la palabra, porque somos mucho más libres pensando bien y callando los malos pensamientos? ¿Cómo no ser feliz al ver a estos hombres de sistema piloso abundante que pueden, por fin, confiar su verdadera naturaleza de mujer? ¿O al ver a estas mujeres que ya no necesitan el contacto asqueroso de los hombres para engendrar un bebé? ¿O a estas madres que ya no tienen necesidad de parir para ser madres? Como dice la magnífica Agnès Buzyn, una mujer puede ser un padre…

¿Cómo no ser transportado por el brillante nivel de las copias de estos innumerables bachilleres que se amontonan cada año? ¿Cómo repeler el encanto obsesivo de este lenguaje inclusivo, con todos esos pequeños puntos que se parecen al pequeño tren de nuestra infancia?

¿Cómo no degustar la inventiva verbal de nuestros maestros: feminicidio, prejuicios de género, lucha interseccional, mujeres racializadas, este galimatías magnífico que sólo los anticuados se niegan a adoptar? ¿Cómo no quedarse deslumbrado ante la elegancia de la vestimenta de nuestra ministra preferida, Sibeth Ndiaye, cima de la distinción francesa? ¿Cómo no extasiarse ante un arte contemporáneo cuya belleza nos recuerda la basura de la historia, nuestros grandes pintores del pasado? ¿Cómo no extasiarse ante la pluma tan elegante de una tal Christine Angot que hace que Voltaire y Stendhal parezcan unos oscuros machacas? Sí, no debemos olvidarnos del genio de nuestro arquitectos actuales, al lado de los cuales Gabriel o Le Brun son unos menesterosos académicos…

No, verdaderamente no sois personas razonables… Pero como he venido y sois tantos, intentaré ayudaros a encontrar una alternativa al progresismo. Para ello será necesario, ante todo, definirlo. Al fin y al cabo, era así como nos enseñaban a trabajar antaño. Os propongo una definición: progresismo, la religión del progreso, un milenarismo que hace del individuo un dios y de su voluntad, que llega hasta el capricho, un derecho sagrado y divino. El progresismo es un materialismo divinizado que cree que los hombres son seres indiferenciados, intercambiables, sin sexo ni raíces, seres completamente construidos, como piezas de Lego y que, por consiguiente, pueden ser deconstruidos por los demiurgos. El progresismo es un mesianismo, un mesianismo secularizado, como lo fueron el jacobinismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo, el neoliberalismo, también «los derechos del hombreismo». El progresismo es una revolución. Además, acordaos que el libro de batalla de nuestro amado presidente se titula Revolución. Una revolución no tolera ningún obstáculo, ningún retraso, ningún estado anímico. Robespierre nos enseñó que era necesario matar a los malos. Lenin y Stalin añadieron que también era necesario matar a los amables. La sociedad progresista, en nombre de la libertad, es una sociedad liberticida.

«No hay libertad para los enemigos de la libertad»; el grito de Saint-Just sigue formando parte de su programa. Desde el Siglo de las Luces, desde la Revolución francesa, desde la Revolución del 17, hasta incluso la Tercera República con sus radicales francmasones, hasta llegar al día de hoy, siempre ha sido el mismo progresismo: la libertad es para ellos, no para los demás. Sólo ellos pueden apreciar la libertad. Sólo ellos utilizan la libertad. Creíamos haber salido de este engranaje funesto, pero hemos entrado en él de nuevo. Nuestra dictadura ha tomado un color inusitado y nuestros maestros tienen la habilidad de conservar las formas de democracia para poder vaciarlas aún más desde dentro, para así servir a este poder tiránico e imponernos esta ideología  «diversiterre» como la llama bellamente mi amigo Bock-Côté. Se ha puesto en marcha un aparato  de propaganda que reúne a la televisión, la radio, el cine, la publicad, sin olvidarnos de los perros de guardia de internet. Su eficacia hace que Goebbels parezca un modesto artesano y Joseph Stalin un debutante timorato.

El progresismo es la omnipresencia de la palabra que se autodenomina libre, servida por una tecnología que tiene un poder de difusión sin precedentes en la historia. Pero al mismo tiempo, como les gusta decir, un aparato represivo cada vez más sofisticado para canalizarla y censurarla.

Por un lado, los liberales y el mercado han abierto nuestro país a los grandes vientos del librecambismo global, derribando fronteras y a los pequeños comerciantes, transformando a los antiguos ciudadanos en consumidores individualistas y casi histéricamente sometidos a las órdenes de los publicistas y las grandes empresas. Por el otro, la extrema izquierda ha cambiado su marxismo, su breviario de la lucha de clases, por la santa causa de las minorías, ya sean estas sexuales o étnicas, sustituyendo la calle y las barricadas por los juzgados.

Los jueces, condicionados por la propaganda de la izquierda de las escuelas judiciales, se han convertido en los agentes y, a menudo, en los cómplices de asociaciones distintas, de las que son los brazos armados para extorsionar a los disidentes y aterrorizar a la mayoría, antes silenciosa y hoy paralizada.

Todos los que se sentían agobiados en la antigua sociedad gobernada por el catolicismo y el código civil, todos a los que se les había ofrecido una liberación en la que habían legítimamente creído… las mujeres, los jóvenes, los homosexuales, los morenos, los judíos, los protestantes, los ateos, todos los que se sentían una minoría mal vista en el seno de la mayoría de varones blancos heterosexuales católicos y que han echado abajo felizmente la estatua al ritmo irregular de las caderas de Mick Jagger, todos ellos han sido los idiotas útiles de una guerra que ha exterminado al hombre blanco heterosexual. No un movimiento de liberación de la mujer, no un combate para la igualdad entre hombres y mujeres, ni siquiera un aplastamiento de todos los varones en nombre de una revancha universal contra el patriarcado. Nada de todo esto. El único enemigo que había que abatir era el hombre blanco heterosexual católico, el único al que se le hace cargar con el peso del pecado mortal de la colonización. El único al que se le carga con el peso del pecado mortal de la colonización, de la esclavitud, de la pedofilia, del capitalismo, del saqueo del planeta. El único al que se le prohíben los comportamientos más naturales de la virilidad desde la noche de los tiempos, en nombre de la lucha obligatoria contra los prejuicios de género. El único al que se le arranca su papel de padre, el único al que transformamos, a lo sumo, en una segunda madre o, en el peor de los casos, en gameto. El único al que se le acusa de violencia conyugal, el único al que se le compara a un puerco. Se vilipendia a Bernard Pivot porque recuerda su juventud presa de la belleza sueca y se le perdona todo al rapero que insulta y llama a la violación, es decir, al asesinato de las mujeres blancas.

Os invito a leer la prosa de las indigenistas, de las feministas racializadas, de la lucha

interseccional, que gangrena nuestras universidades después de haber podrido las mayores universidades americanas. ¿Qué es lo que dicen? Dicen que ellas son ante todo negras o árabes o musulmanas, que ellas pertenecen a su raza -sí, sí, ellas tienen el derecho a emplear esta palabra-, a su religión, el islam; a su país, en cualquier caso, el de sus padres… ¿a santo de qué tienen que ser solidarias con mujeres que para ellas son, ante todo, francesas, burguesas y, sobre todo, blancas? Que sus hombres son lo que son con sus defectos, sus enormes prejuicios de género e incluso su violencia, pero que son así, no porque sean hombres, sino porque fueron dominados y sojuzgados por el hombre blanco; que su único enemigo es el hombre blanco y que ellas necesitan a sus hombres para abatirlo.

Ellas han comprendido la evolución de la relación de fuerza: el hombre blanco heterosexual católico no es atacado porque es demasiado fuerte, sino porque es muy débil; no porque sea tolerante, sino porque lo es demasiado. Es el débil y humanista Luis XVI el que es guillotinado, no el inflexible y poderoso Luis XIV. Es por lo tanto necesario anunciar la derrota y rematar a la bestia herida.

Cioran nos había avisado: mientras una nación tenga conciencia de su superioridad, será feroz y respetada; cuando ya no la tenga, se humanizará y ya no contará nada… Mientras las feministas blancas sigan uniéndose a ellas en este único combate contra el hombre blanco heterosexual son bienvenidas. También por los movimientos homosexuales LGBT… Pero cuando ya no quieren dedicarse sólo a esta única lucha a muerte entre las razas y las religiones, les sucederá como con la carroza de Cenicienta que vuelve a ser una calabaza: volverán a ser unas sucias blancas burguesas… Formidable, excepcional éxito…

Nuestros progresistas, tan brillante, tan arrogantes, tan apasionados por el futuro y tan preocupados por el pasado como por su último iPhone, que creían haber superado el estadio arcaico de la guerra de las naciones y de la guerra de clases, nos han llevado de nuevo a la guerra de las razas y a la guerra de religión. Han traído de nuevo al futuro a Carlos Martel y el Asedio de Viena de 1683. Han traído al futuro la guerra del fuego. Así, nosotros estamos presos entre la espada y la pared de dos universalismos que aplastan la nación, nuestro pueblo, nuestro territorio, nuestras tradiciones, nuestro modo de vida, nuestra cultura: por un lado, el universalismo mercantil que, en nombre de los derechos del hombre, somete nuestros cerebros para transformarlos en zombies desarraigados; por el otro, el universalismo islámico que trae provecho hábilmente de nuestra religión de los derechos del hombre para proteger su operación de ocupación y de colonización de porciones del territorio francés, que transforman poco a poco, gracias al peso del número y de la ley religiosa, en enclaves extranjeros, en lo que el escritor argelino Boualem Sansal, que vio a los islamistas en acción en Argelia en los años 80, llama repúblicas islámicas en ciernes.

El universalismo, derecho del hombreismo, nos impide por lo tanto defendernos, en nombre de un individualismo obtuso, que no ve que no son los individuos los que están en causa, sino las grandes masas, que son civilizaciones que se enfrentan en nuestro suelo en un combate milenario, y no individuos que se mezclan en el lapso breve de su vida en la tierra. Estos que se autodenominan liberales se han olvidado de la lección de uno de sus más reputados maestros, Benjamin Constant, que decía: «Todo es moral en los individuos; todo es físico en las masas. Un individuo es libre porque ante él tiene sólo a otros individuos. Cuando entra en una masa deja de serlo». Estos dos universalismos son, a la vez, rivales y cómplices. El mercado se adapta a todos mientras pueda traer provecho. Ha situado a sus hombres a la cabeza del Estado para utilizar su monopolio de la coacción forzada como brazo armado. Así, el Estado francés, que fue el genio benévolo de la población francesa, a la que protegía de los sistemas feudales y de los depredadores extranjeros, que hizo de su pueblo reunido en el territorio situado entre el Mediterráneo y el Atlántico la gran nación temida en toda Europa y el mundo entero, se ha convertido por un giro increíble en el arma de destrucción de la nación y del sometimiento de su pueblo, del reemplazo de su pueblo por otro pueblo, otra civilización.

Estos dos universalismos, estos dos mundialismos, son dos totalitarismos. Dado que nuestras grandes conciencias progresistas, nuestros medios de comunicación y hasta nuestro presidente de la República aman tanto los años 30, vamos a darles, vamos a hacer, una comparación con esta época en la que vivimos bajo el reino de un nuevo pacto germano-soviético. Nuestros dos totalitarismos se alían para destruirnos antes de destrozarse entre ellos. Es su objetivo común, su grial: al liberalismo, derecho de los hombreistas, las metrópolis; al islam, las periferias, los trabajadores domésticos, los repartidores de pizzas, los taxis, las canguros, las cocinas de los restaurantes y las drogas. Los otros protegen a su servicio doméstico de sus poderes mediáticos y judiciales contra la detestación, sordos a este pueblo francés que vomitan los unos y los otros. Los unos porque son franceses y no americanos; los otros porque son de cultura católica y no musulmana.

Un gran número de buenos espíritus han comparado estos últimos años de la Unión Europea con la derrota de la Unión Soviética, y el arma monetaria del Banco Central Europeo con la carta del pacto de Varsovia al servicio de la doctrina Breshnev sobre la soberanía limitada. Actualmente vemos que en Italia e Inglaterra los parlamentos y los jueces combaten con una rara eficacia la voluntad del pueblo. El derecho y los procedimientos que se autodenominan constitucionales, contra la libertad de los pueblos. Hemos vuelto de pleno a los regímenes que pretendían ser, ellos también, democracias populares.

En lo que respecta al islam, tenemos dónde elegir. En los años 30, los autores más lúcidos que denunciaron el peligro alemán compararon el nazismo al islam. Sí, al islam. Decían «islam» y nadie les reprochaba que lo estigmatizaran. Como mucho, había quien consideraba que exageraban un poco. «Es un poco así, claro» – decían,- «el nazismo es a veces un poco rígido e intolerante, pero de ahí a compararlo con el islam…». Unos años más tarde, después de la guerra, otro totalitarismo, el comunismo, era una amenaza y se hizo la misma comparación según el gusto del momento.

Maxime Rodinson, uno de los más grandes especialistas en el islam, decía: «Es un comunismo con Dios». Siempre esta misma comparación, esta misma obsesión, dirán algunos. Sé que me van a acusar de islamofobia, es la costumbre, todos sabemos que este concepto poco claro de la islamofobia ha sido inventado para hacer que sea imposible criticar al islam, para restablecer la noción de blasfemia a ventaja sólo de la religión musulmana. Una noción de blasfemia, una noción de blasfemia que fue abolida, quiero recordarlo, en 1789. Pero los progresistas, que sacralizan la Revolución, no están preparados a ser contradichos y están dispuestos a deshacerse de una de sus conquistas para proteger a su querido islam.

Lo que no comprenden nuestros progresistas es que el futuro no está gobernado por las curvas económicas, sino por las curvas demográficas. Y estas son implacables. África, que era una tierra vacía de cien millones de habitantes en 1900, será un mapa lleno a rebosar de dos mil millones de habitantes en 2050. Europa, que entonces era una tierra llena de 400 millones de habitantes, cuatro veces más, sube sólo a 500 millones, 1 por 4. La relación es exactamente la inversa. En esa época el dinamismo demográfico de nuestro continente permitió a los blancos colonizar el mundo. Exterminaron a los nativos americanos y a los aborígenes y sometieron a los africanos. Hoy en día, vivimos una inversión demográfica que implica una inversión de los flujos migratorios, lo que conlleva una inversión de la colonización. Os dejo adivinar quienes serán los nativos americanos. Y sus esclavos seréis vosotros.

A cada oleada demográfica le corresponde su bandera ideológica. A la Francia del siglo XVIII se la conocía como la China de Europa, y conquistó el continente con los derechos del hombre. La Inglaterra del siglo XIX, la victoriana con sus nueve hijos por familia, legitimó su imperialismo por la superioridad racial de los británicos blancos angloparlantes. Los alemanes de finales del siglo XIX inventaron el pangermanismo, que ya era racialista, y después el nazismo para legitimar su avanzada vital hacia el Este. En esta ocasión, el vitalismo demográfico africano ha encontrado una bandera, el islam. El islam que ya había sido la bandera de Oriente contra ellos. La Grecia de la Antigüedad y el cristianismo vuelven a su lugar de origen.

Ahora bien, no ha cambiado desde la Edad Media, y están dispuesto a utilizarlo para vencernos, frente a nuestros derechos del hombre, y a dominarnos con su sharia. Tal como ha dicho el predicador Al Qaradawi.

«Hemos llegado al tiempo de las consecuencias y de lo irreparable», decía Drieu La Rochelle en los años 30. En Francia, como en toda Europa, todos nuestros problemas se han agravado… yo no digo creados, sino agravados, por la inmigración, la escuela, la vivienda, el paro, los déficits sociales, la deuda pública, el orden público, la prisión, la cualificación profesional, las urgencias hospitalarias, la droga. Y todos nuestros problemas agravados por la inmigración, son agravados por el islam. Es la doble pena.

Todos los economistas nos explican doctamente que la economía es, ante todo, una cuestión de confianza. Ahora bien, el gran sociólogo estadounidense Robert Putnam demostró que la confianza entre las personas disminuía a medida que la sociedad era menos homogénea étnica y culturalmente. Pero nos siguen machacando que la inmigración es una riqueza. Buscad el error…

La cuestión que se nos plantea es, en consecuencia, la siguiente: ¿van a aceptar los jóvenes franceses vivir en minoría sobre la tierra de sus antepasados? Si la respuesta es sí, merecen su colonización. Si es no, deberán luchar por su liberación pero, ¿cómo luchar, dónde luchar, sobre qué luchar? ¿Luchar como lo han hecho algunos, tras años valerosos con las antiguas palabras de la república, la laicidad, la integración, el orden republicano? Por desgracia, estas palabras ya no tienen sentido. Inmigración, integración, delincuencia, sensibilidad, vivir juntos e incluso asimilación, república, valores republicanos, estado de derecho: todo esto ya no quiere decir nada, todo ha sido vomitado, corrompido, vaciado de su significado.

Los viejos socialistas como Jaurès y Blum no llamarían República a lo que nosotros llamamos hoy República. Todos los que se aferran aún a estas violentas garantías republicanas están también obsoletos, como lo estaba Carlos X cuando quiso, al alba de su reino, restablecer la coronación de antaño a la manera de sus antepasados, monarcas absolutos. Fue ridículo porque mientras tanto la Revolución y el Imperio habían acabado con todo. Los debates ideológicos contemporáneos son como las canciones de hoy en día, recuperadas de los éxitos de los años 80. Laicidad o libertad, integración o asimilación, derecho de asilo, aperturas o cierres, ya no corresponden a nuestra época. Estas cuestiones, estos debates han sido superados, son obsoletos, cuestiones muertas como las almas muertas de Gogol.

La inmigración era la guerra, venir de un país extranjero para dar a los hijos un destino francés. Hoy en día, los inmigrantes vienen a Francia para seguir viviendo como en su país. Conservan su historia, sus héroes, sus costumbres, sus nombres, sus fans a los que hacen venir de allí; sus leyes, que imponen por interés o a la fuerza a los franceses de origen, que tienen que someterse o dimitir. Es decir, vivir bajo la dominación de las costumbres islámicas y el halal, o huir. Así se comportan, como en tierra conquistada, como se comportaron los Pieds-Noirs en Argelia, o los ingleses en la India. Se comportan como colonizadores. Los caïds y su banda, Salih Al Imam, para que reine el orden en la calle y en las conciencias, según la antigua alianza de la -un momento, que lo digo- cruz y la espada, y si es necesario, del kalashnikov y, una vez ahí, todo está listo. Hay una continuidad entre los robos, las violaciones, el tráfico, hasta llegar a los atentados de 2015 pasando por los innumerables ataques con cuchillo en las calles de Francia. Son los mismos los que los cometen, pasan sin dificultad de uno a otro para castigar a los kouffar, los infieles. Es la yihad por todas partes, y la yihad por todos y para todos. Todos los ministros del Interior desde los años 30 han jugado a los matamoros para combatir el tráfico de droga en las periferias y pretenden restablecer el orden republicano sin comprender que, para conseguirlo en los barrios, es necesario ante todo volver a llevar a Francia a esos enclaves extranjeros: en la calle, las mujeres con velo y los hombre en chilaba son una propaganda, una islamización de la calle, como los uniformes de un ejército de ocupación que recuerdan al vencido su sumisión. El tríptico de antaño: inmigración, integración, asimilación, ha sido sustituido por invasión, colonización, ocupación. Me gusta la fórmula de Renaud Camus: «Entre el vivir juntos hay que elegir».

La cuestión hoy en día es, por lo tanto, la del pueblo, el pueblo para rehacer una nación, el

pueblo francés contra el universalismo, ya sea mercantil o islámico. El pueblo francés contra los cosmopolitas ciudadanos del mundo que se sienten más cercanos a los habitantes de Nueva York o Londres que a sus compatriotas de Montélimar o de Béziers y, también, el pueblo francés contra el universalismo islámico que transforma Bobigny, Roubaix, Marseille en repúblicas islámicas y que esgrime banderas argelinas a los palestinos cuando su equipo de fútbol gana. Es decir, su equipo del corazón es el equipo del país de sus padres, no el equipo de su carné de identidad o de su tarjeta sanitaria.

Debemos reestructurarlo todo, debemos reestructurarlo todo, nos debemos liberar de la religión de los derechos del hombre, porque esta religión se ha olvidado que también se dirigía a los ciudadanos.

Lamartine escribía en la historia de los girondinos: «Cuando hay contradicción entre unos principios y la supervivencia de la sociedad, es que esos principios son falsos porque la sociedad es la verdad suprema».

Debemos liberarnos de los poderes de nuestros maestros: los medios de comunicación, la universidad, los jueces, debemos restaurar la democracia que es el poder del pueblo contra la

democracia liberal, que se ha convertido en el medio que, en nombre del estado de derecho, obstaculiza la voluntad popular. Debemos abolir las leyes liberticidas que, en nombre de la no discriminación, nos convierte en extranjeros en nuestro propio país. Debemos devolver el honor por doquier al principio de la preferencia nacional, que no es nada más que la base de una nación que no tiene otra razón de ser que privilegiar a los suyos en detrimento de las otros. Debemos asumir nuestra concepción de la ecología, esa que defiende ante todo la belleza de nuestros paisajes, de nuestros lugares, de nuestro arte de vivir, de nuestra cultura, de nuestra civilización.

Está claro, está claro que debemos ser conservadores, conservadores de nuestra identidad, pero ¿qué podemos conservar dado que todo ha sido destruido?

Nuestra tarea es inmensa, casi desesperada. Debemos recuperar… Yo no digo que la cuestión de la identidad es la única cuestión que se nos plantea. Yo no digo que la economía no exista; que la desindustrialización no exista; que los fines de mes difíciles no existan; que las pensiones bajas no existan; que el derecho laboral no exista; que la deslocalización no exista; que las restricción y las faltas del euro no existan… Sólo pretendo que la cuestión identitaria del pueblo francés preceda a todas, que preexista a todo, incluso a la cuestión de la soberanía. Es una cuestión de vida o muerte: una república islámica francesa podría ser soberana pero, ¿en qué sería francesa? Esta cuestión de la identidad, esta cuestión de la identidad es también la más agregadora, porque une a las clases populares y las clases medias, e incluso a una parte de la burguesía que sigue arraigada a su país. Sí, ella reúne a todas las derechas, hasta a una izquierda que ha permanecido cercana al pueblo francés, salvo la izquierda internacionalista y la derecha mundialista que ha pasado del lado de los progresistas macronistas y para la que Francia ya no existe, y a la que sólo le importan las ciudades del mundo en el que se ubican los bancos que gestionan su dinero.

Debemos saber que la cuestión del pueblo francés es existencial. Cuando el resto dependa de otros, sus medios de existencia, los jóvenes franceses serán mayoría en la tierra de sus antepasados. Repito esto porque jamás esta cuestión había sido planteada con tal agudeza. En el pasado, Francia había sido amenazada de deslocalización, de polonización, como se decía cuando se hablaba de la división de Polonia. Había sido ocupada, extorsionada, sometida, pero su pueblo nunca había sido amenazado con el reemplazo sobre su propio suelo. No creáis a los que os mienten desde hace 50 años, no creáis a quienes, como Macron hoy, utilizan las mismas palabras que Hollande, Sarkozy, Chirac y Giscard… Quando oigáis decir que nuestra política de inmigración debe ser firme y humana a la vez, podéis estar seguros de que no será firme y que será humana para los inmigrantes, pero no los franceses. No creáis a los demógrafos y sus portavoces mediáticos de buenas noticias… Acordaos de la frase de Churchill, que decía: «Sólo creo a las estadísticas que gestiono yo mismo». No creáis a los optimistas que os dicen que estáis equivocados por tener miedo…. Tenéis razón en tener miedo, es vuestra vida la que, como pueblo, está en juego. No creáis a esos optimistas que son como los pacifistas de todas las épocas, que se ciegan voluntariamente. Son como Aristide Briand, ese gran pacifista posterior a la Primera Guerra Mundial que gritaba «guerra a la guerra» y escribía al canciller alemán Stresemann: «Echo en la cesta todos los días informes de mi Estado mayor que me enseñan pruebas del rearme de Alemania». Del mismo modo, los brillantes de hoy echan en la cesta todas las colecciones de Corán que les entregan llenos de suras que dan la orden de degollar a todos los no creyentes, los infieles, los judíos y los cristianos. No creáis a los optimistas que recitan la célebre frase de Bernanos que muchos ya saben: «El optimismo es la falsa esperanza de los cobardes y de los imbéciles». La verdadera esperanza es la desesperanza que hay que superar, pero yo sé que, si estáis aquí hoy, es que la superaréis.

Muchas gracias a todos.

Traducido por Verbum Caro para eldebate.es

por elDebate.es.

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