España se ha catalanizado

El separatismo vasco ha conseguido que las calles de las principales ciudades españolas son como las de Alsasua, donde unos matones imponen su ley y expulsan de ellas a quienes consideran sus enemigos sin que el Estado haga nada. En el mismo sentido, el nacionalismo catalán está trasladando el bloqueo institucional y la inestabilidad política al resto de España.

En capitales como Valladolid, Santander, Cáceres, Palma, Córdoba o Murcia se ha hecho habitual que la gente baje la voz cuando habla de política, sobre todo cuando menciona a ciertos políticos. Una conducta que hasta hace veinte años sólo se daba en los pueblos vascos y navarros se ha extendido al resto de España. Empezó con la campaña enloquecida del PSOE de Rodríguez Zapatero por el ‘Nunca Mais’, cuando Xosé Manuel Beiras ejerció de guarda de fronteras y afirmó que si José maría Aznar acudía a su Galicia podría haber muertos. Por supuesto, el funcionario de la Universidad franquista ni se movió para inmolarse por los percebes ahogados por el chapapote. 

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A medida que pasaba el tiempo, los tumultos callejeros han ido a más, sobre todo por la impunidad de los violentos, en un 95% de los casos, de izquierdas, como el muchacho que le pegó un puñetazo a Mariano Rajoy, salen de rositas y encima muchos diputados encorbatados les aplauden. El asesino de Víctor Laínez está siendo juzgado pero porque causó un muerto; si le hubiese roto la nariz, quizás habría tenido que pagar una multa.

La descomposición del Estado se nota no sólo en el aumento de las bandas de violentos, sino en el bloque institucional, y éste es de origen catalán. 

Cuando preparaban su golpe de Estado, los nacionalistas afirmaron, prepotentes como son, que podían detener la economía catalana durante una semana o el tiempo que hiciese falta para disparar la prima de riesgo español y forzar la intervención de la Unión Europea. Luego se comprobó que quienes huyeron fueron las empresas y los ahorradores (algunos de los cuales siguen votando a los separatistas, prueba de que el nacionalismo merece la clasificación de  enfermedad mental).

Sin embargo, la importancia que el régimen español concede a los nacionalismos y que les permite determinar la política nacional ha permitido a los catalanistas influir en otros partidos, chantajear a todos ellos y también difundir su veneno.

Volvemos a la Restauración

Hace unos días, en julio, el Parlamento regional aprobó su primera ley desde las elecciones de enero de 2018. Enredados en el cansino debate sobre la República que no existe, la Generalidad y los partidos nacionalistas no saben qué hacer con las competencias que les han transferido los Gobiernos nacionales. Sólo saben cobrar de los Presupuestos. La prueba de la inestabilidad es la repetición de las elecciones parlamentarias. En siete años, entre 2010 y 2017, los catalanes han sido convocados cuatro veces. En cambio, siete de las ocho legislaturas anteriores, entre 1980 y 2010, concluyeron en su plazo previsto.

Cataluña ha regresado a los patéticos años de la Restauración, el Sexenio Revolucionario y el reinado de Isabel II, cuando se llamaba ‘largo’ al Gobierno que duraba más de dos años seguidos. 

A nivel nacional, esta peste ya nos he enfermado a todos. Entre 2015 y 2019 hemos tenido tres elecciones. Ninguna de las Cortes Generales elegidas ha cumplido su mandato. Y la clase política nos amenaza con otra repetición para el otoño.

Estamos tan aislados de las nuevas corrientes políticas en Europa que no sólo padecemos el partido socialista más votado de Europa (sólo superado por el portugués), sino que caemos en la inestabilidad cuando las demás naciones se alejan de ella. El ejemplo de lo anterior es Italia. En los años 70 y 80 eran frecuentes los Gobiernos de un año o menos de duración y las elecciones anticipadas, pero en los últimos diez años sólo se han celebrado tres elecciones parlamentarias.

¡Al menos los españoles podemos consolarnos con el espectáculo que están dando los británicos, tan serios y responsables ellos, desde el referéndum del Brexit!