España, capital Caracas

Desde que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias anunciaran el pasado martes 12 su acuerdo para formar un gobierno de coalición “progresista”, con participación directa de líderes de Podemos, mucho se ha escrito ya del daño –o ruina- que sus planteamientos acarrearán a la economía de España y los bolsillos de todos los españoles. Su verbos más queridos son “subvencionar”, “nacionalizar” y “gastar”. No hay nada que no se propongan que no conlleve más gasto, más impuestos, más déficit y más deuda. Allí donde el comunismo ha puesto sus manos sólo ha generado pobreza y crisis. España no tiene por qué ser distinta.

Grave como es el rumbo al empobrecimiento nacional, me preocupa más un aspecto del que todavía no se ha hablado suficientemente: el asalto a las instituciones democráticas que acompañará a las terroríficas medidas económicas. Así como el Ibex no ha dejado de sufrir desde ese abrazo de la izquierda de ultratumba, ha habido ya signos significativos que también auguran el panorama político al que vamos. Por ejemplo, el presidente de gobierno todavía en funciones no ha querido (o sabido) guardar las formas y con su anuncio de que va a ser el próximo presidente de gobierno, si  esperar la propuesta formal del Rey, se ha erigido en jefe de Estado de manera absolutamente ilícita. Pero le da igual, como le ha dado igual saltarse el protocolo en diversas ocasiones como aquella que se puso al lado del monarca a saludar a los invitados a una recepción real. Cosa que quiso repetir durante el desfile del 12 de octubre en Madrid. Su respeto no ya a las formas y procedimientos constitucionales, sino a la Corona, es más que discutible. Por no hablar de su socio y futuro vicepresidente, quien no se harta de defender un vuelco constitucional y cambiar la forma de Estado, de la monarquía parlamentaria a la república. Eso sí, a él nadie le acusa de ser anticonstitucional.

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Segundo ejemplo: los rumores que se han puesto en circulación desde Moncloa acerca del inminente cese de la actual fiscal general del Estado, por mostrar “excesiva” independencia de criterio respecto al gobierno en el tema catalán.  Ya lo dijo Alfonso Guerra en su momento (al que, a pesar de todo lo que hizo, hoy se aferran las mentes sensatas para revivir una izquierda razonable): “hemos acabado con Montesquieu”. Otra lamentable característica de la ultraizquierda y del comunismo es la absoluta negación de la separación de poderes.  Quien no haya visto aún la serie Chernobyl, que corra a verla. Yo no conozco mejor alegato contra el sistema totalitario comunista. No se decepcionarán con la trama y la forma de contarla, y verán cómo la justicia comunista es una completa farsa. Aunque para sus víctimas fuese una auténtica tragedia. Quien sea menos visual, que se lea alguna de las primeras obras de Milan Kundera. Pueden empezar por La Broma, por ejemplo.

Tercer señal: el sectario y liberticida discurso de la ministra Celaá en contra de mantener las subvenciones a la educación concertada ya que no cree que la libre elección de los padres de los centros donde educar a sus hijos “no son una emanación estricta de la libertad de enseñanza reconocida en el artículo 27 (de la Constitución). Un reto directo a la Constitución (que posiblemente nunca se ha leído), a la educación libre y a la religión. Tres pájaros de un tiro.

El horizonte político no puede ser más  desgarrador si, además, se tiene en cuenta que muchas de las medidas económicas que plantea el binomio Pedro/Pablo se tendrán que imponer por la fuerza. Para su puesta en práctica necesitan que no tengan oposición enfrente. Por un lado eso les llevará a una política de acoso y de discriminación hacia las comunidades autónomas que no estén bajo su control, a la vez que intentarán acallar cualquier voz crítica por los medios que sean. Los medios conservadores, anómalamente débiles en España gracias a los complejos del Partido Popular, estarán en el punto de mira. Por no hablar de aquellas organizaciones que no comulgan con los planteamientos de la progresía de ultraizquierda. Por ejemplo todas las ONG pro-vida que han dado la batalla en la calle todos estos años. A Hazte Oir, por ejemplo, ya se la ha querido amordazar –sin éxito aún- vía los tribunales. 

Ni siquiera los partidos políticos a la derecha de la extrema izquierda española deberían dormir tranquilos. Aunque hoy parezca impensable, yo no descartaría que un gobierno formado por dos ultraradicales, cuyo peso en la sociedad no ha dejado de disminuir, pero con una ambición de perpetuarse en el poder al menos tanto como Franco, intente eliminar cualquier atisbo de oposición y alternativa de poder. Y no me refiero a un PP al que consideran domesticado y feliz como líder reconocido de la oposición –que es en lo que sus dirigentes parecen estar-, sino a los representantes de la España viva que se ha ido movilizando en el último año y medio y que no ha dejado de ganar posiciones. Con los medios comiendo de su mano, la demonización será brutal; sin respeto a la independencia judicial, cualquier ardid será válido; sin creer en más libertad que la suya, toda censura será aplicable sin remordimiento. No es un problema de “si”, sino de “cuándo y cómo”.

Creo que todos conocemos el cuento de la rana y el escorpión que quiere cruzar el río. La rana se niega por miedo a que le pique y la mate con su veneno. Pero tras muchos ruegos y proimesas, accede a llevarle a lomos hasta la orilla opuesta. Pero a mitad de camino, el escorpión le cava el ponzoñoso aguijón, mortalmente. La pobre rana, antes de hundirse, le pregunta: “¿Pero por qué? Nos vamos a ahogar los dos…”. Y el escorpión le responde. “Lo se. Pero está en mi naturaleza”. Pues bien, en la genética de la extrema izquierda y el comunismo no está ser demócrata. Es así de simple. Primero pobreza, después sumisión o ambas cosas simultáneamente. España, capital Caracas. Al tiempo.