¿Es malo ser nacionalista?

Ser nacionalista, de entrada, no es malo. Se vuelve diabólico, indudablemente, cuando es absolutista y margina a quien no lo es.

El año pasado, Donald Trump decía en la Asamblea General de las Naciones Unidas que los estados-nación son el mejor instrumento para elevar la condición humana. Aleccionó a la audiencia, que al igual que él pondrá a los americanos y a América primero, los demás gobernantes deberían hacer lo mismo para con sus ciudadanos y sus países, puesto que es su deber como tales. Este año, fue más allá y declaró que los EE UU rechazan la doctrina del globalismo y abrazan la del patriotismo. Su sentencia fue clara al final de su discurso: América será gobernada por los americanos, por nadie más.

Durante los últimos 20 años, tras la caída del Muro de Berlín -que para Pablo Iglesias y compañía fue una mala noticia y para los occidentales un gran triunfo- la globalización se ha consolidado y las naciones han ido perdiendo poder y soberanía en favor de organismos internacionales -usando el modismo actual, transnacionales-. Era un sistema que los mismos EE.UU ayudaron a crear y fortalecer y ahora reniegan de ello; y hoy, en toda Europa -y no sólo, hola Bolsonaro- la vuelta a la soberanía está pegando fuerte.

El mundo líquido predicho por Bauman, sin fronteras físicas ni virtuales, en constante cambio y añadiendo incertidumbres día tras día -automatización del trabajo, deuda pública impagable, pensiones insostenibles, etc.- es una realidad. Sin embargo, ha encontrado resistencias y las fronteras y las naciones vuelven a reivindicarse como vehículo para protegerse ante un mundo tan vertiginoso e impredecible. El nacionalismo vuelve a estar de moda y, grosso modo, no debería ser una mala noticia.

La temida alt-right no es la única que reivindica el nacionalismo. Uno de los gurús del momento, Yuval Harari, dice que el nacionalismo no tiene por qué ser malo, ya que aúna esfuerzos de un conjunto grande de población, con características y anhelos comunes, para alcanzar unos fines. En el libro de Yoram Hazony, La virtud del nacionalismo, los estados-nación son defendidos como la mejor manera de organización humana. Hazony antepone el estado-nación a las tribus y al imperio global, y explica que, a diferencia del gobierno de las tribus, el estado nacional establece el orden y la seguridad interna y reduce la amenaza de violencia; y, a diferencia del imperio, el alcance del estado nacional es limitado, porque se limita a ejercer autoridad dentro de sus fronteras. Hazony añade que la libertad nacional de un pueblo a gobernarse a sí mismo es el derecho más grande de todos, y que, además, las instituciones nacionales son más susceptibles de fiscalización que las internacionales e incluso han sido expuestas, muchas de ellas, a decenas de años de ensayo y error, lo que las hace mejores.

En términos generales, la opinión pública tiene miedo a volver a un sistema de relaciones internacionales como el nacido tras la Paz de Westfalia, embrión de un sistema, que en un principio frenó conflictos, pero que finalmente desembocó en las dos guerras mundiales que asolaron la primera mitad del siglo XX. La colaboración internacional, sobre todo en los tiempos en que vivimos, es necesaria, pero eso no es incompatible con mantener o respetar la soberanía de las naciones. Los acuerdos bilaterales o multilaterales, en donde cada nación acuerda su grado de compromiso, seguirán siendo esenciales. La globalización es un hecho y es imparable. Pedir un Uber desde Madrid para un pasajero que está en Budapest y pagarlo con una tarjeta de crédito de un banco americano no tiene por qué significar el fin de las naciones. El argumento principal del Brexit, escondido por las acusaciones de xenofobia, nos ordenará las ideas al respecto: el 50% de las leyes que se aplican en Reino Unido las deciden unas personas no elegidas por los británicos en Bruselas.

A la nación todavía le queda mucho. Y ser nacionalista, de entrada, no es malo. Se vuelve diabólico, indudablemente, cuando es absolutista y margina a quien no lo es, como el caso del separatismo en Cataluña, o, peor aún, cuando deviene en terrorismo como sucedió, hace no mucho ni hace tanto tiempo, con ETA. Y por desgracia estos hechos, y otros, han convertido a la palabra nacionalismo en mala y repudiable, identificándola con el extremo y no con su verdadero significado. Por eso, Donald Trump usó la palabra patriotismo en la ONU.

Siguiendo las palabras de Donald Trump, las naciones también son un refugio en donde acogerse y trabajar por un bien común, y ser nacionalista, o patriota, es precisamente eso: querer a tu país y ser corresponsable de tu destino.