Es la nación

Si algo ha sido triturado en las últimas cuatro décadas, si algo ha sido objeto de todas las mofas, burlas, befas, desaires y chanzas en España, eso ha sido la nación.

Una nación que se cobra ahora su venganza en forma de VOX y de ruptura de Podemos.

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Podemos serpenteó a la sombra, durante los largos años de deconstrucción educativa, entre la LOGSE y la bruja avería, mientras se desvanecían las certezas culturales.

Tuvo una oportunidad real de alcanzar el poder personificando el desgarro de una población a la intemperie – pagana de la crisis que las élites habían propiciado – en aquellas fechas de mayo de 2011 que algunos avisados sostuvieron pergeñadas por Rubalcaba (¿se acuerdan de Rubalcaba?)

Con singular perspicacia, la nueva formación impulsó la idea de transversalidad; frente a la esclerosis de la izquierda radical anclada en los viejos paradigmas, Podemos supo interpretar las necesidades de los nuevos tiempos, y lo hizo de un modo innegablemente brillante.

Pero esa transversalidad se concretó, para pasmo de no pocos, en la alianza con Izquierda Unida (el disfraz de temporada del comunismo más ortodoxo). Esa alianza fue su sentencia de muerte: la transversalidad consistía en unirse a los restos del PCE. Entre quienes más atónitos quedaron, Errejón.

El error de Podemos, que le llevó a unir su suerte a la de una izquierda decadente y en liquidación, ha sido su rechazo de la nación y de sus símbolos, abrazando por el contrario a sus enemigos declarados. Errejón lo vio antes que nadie en Podemos, lo que impulsó al propio Pablo Iglesias a jugar con la idea de incorporar un sentido nacional a su movimiento aunque, como al escorpión que se ahogó al clavarle el aguijón a la rana sobre la que estaba cruzando la charca, a Iglesias le resultó imposible no hacerle lo propio a la nación: de España no podía pronunciar ni el nombre, aunque aquello le hundiese.

Así que, entre nacionalizar la izquierda o aliarse con las izquierdas antinacionales de la periferia, Iglesias optó por esto último. Ese día moría Podemos, y Errejón siempre lo ha sospechado. Una estrategia, tributaria del dogmatismo y la ortodoxia, que impedía al proyecto podemita constituirse como un movimiento de mayorías capaz de alcanzar el poder por sí mismo; el casoplón de Galapagar supuso el remache del ataúd de lo que un día pudo haber sido y no fue.

Iglesias creyó disponer de un último cartucho en Cataluña, que estaba destinada a hacer saltar por los aires todo el entramado constitucional, pero que ha terminado por convertirse en la causa del renacimiento de la nación.

En un último giro de justicia poética, ha sido esa nación que un día les pudo dar la victoria y a la que despreciaron, la que ha destruido Podemos.

por Fernando Paz.

Fernando Paz Cristóbal, nació en Madrid, en cuya universidad complutense estudió historia, a lo que se ha dedicado profesional y vocacionalmente durante estos años. Además de profesor, ha publicado cinco libros de su mano y ha participado en otras dos obras colectivas.Colaborador en varias publicaciones digitales, interviene con regularidad en los medios del grupo Intereconomía, en cuya televisión dirige y presenta diariamente un espacio dedicado al mundo de la historia y la cultura, “Tiempos Modernos”.