‘El vicio del poder’ y los neocones

El otro día fui al cine para ver ‘El vicio del poder’, una película cómica que se sumerge en las profundidades vitales de Dick Cheney, la casi omnipotente mano derecha de George Bush hijo (¿o tal vez éste fuera en verdad mano derecha de aquél…?) Pasé un rato agradable, lo más que se le puede pedir al cine contemporáneo. La interpretación de Christian Bale, que engordó veinte kilos para encarnar al protagonista, es soberbia, y la trama del filme, que presenta ribetes sórdidos que deleitarán al espectador más morboso, está vigorosamente hilvanada.

En lo puramente político, la película acierta a mostrar cómo las decisiones de gobernantes inicuos – o sometidos a los designios del Dinero – pueden llegar a entrañar consecuencias dramáticas incluso para quienes viven a miles de kilómetros de distancia. De este modo, los tejemanejes de Cheney con las empresas petrolíferas, así como su insaciable avidez de poder palpable, provocaron decenas de miles de muertes en Irak; muertes de personas que nada tenían que ver con Estados Unidos y que a nadie habían declarado la guerra.

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Por otro lado, durante las dos horas de película, el espectador se percata de que la transparencia de que se ufanan los regímenes democráticos no es sino una burda entelequia construida con el exclusivo afán de obnubilar a las masas: al tiempo que alardeaba de transparencia, el Gobierno de Bush hijo, maquiavélicamente controlado por Cheney, no dudaba en ocultar toda información que amenazara la consumación de sus propósitos y mentía cuanto estimaba necesario.

Los ‘neocones’

La película, sin embargo, me deja algo insatisfecho, pues hay un tema esencial que, quizá por imposibilidad técnica, elude tratar: la influencia del neoconservadurismo en las decisiones adoptadas por la administración Bush.

Para contextualizar debidamente el asunto, comencemos por señalar que la reflexión sobre las relaciones internacionales se ha dividido tradicionalmente en dos escuelas. La realista, que considera que, como consecuencia de la malvada naturaleza humana, el escenario global estará siempre caracterizado por la anarquía y la rivalidad entre Estados (y que, por tanto, los Estados no deben actuar sino atendiendo a sus intereses); y la liberal, que, partiendo de una concepción antropológica más optimista, reconoce que esa violenta anarquía de la que hablan los realistas puede superarse mediante la creación de instituciones internacionales y la expansión de la democracia liberal.

Ambas escuelas se ramifican hasta el infinito, pero en la liberal encontramos dos grupos bien diferenciados: los intervencionistas (o ‘necones’), que contemplan el uso de la fuerza para la expansión global de los valores democráticos; y los no intervencionistas, utópicamente convencidos de que la expansión se producirá por contagio, como guiada por esa mano invisible que, en el imaginario capitalista, encauza el mercado.

La política de Bush hijo estuvo irrefutablemente condicionada por el intervencionismo liberal. Su intervención en Irak, además de un signo de sumisión a las disposiciones de la plutocracia, constituyó un afán de realizar las quiméricas aspiraciones de una buena parte de la intelectualidad norteamericana; aspiraciones que, como ya hemos señalado, estribaban en la imposición global de la democracia.

La esencia de Estados Unidos

En realidad, los postulados neoconservadores no son sino el desarrollo lógico de una idea que enardecía ya a los primeros norteamericanos. Desde su misma génesis, Estados Unidos se percibe a sí misma como una nación mesiánica llamada por Dios a expandir globalmente su forma de gobierno; es decir, los valores liberales y democráticos. En eso consiste, en fin, la doctrina del ‘Destino Manifiesto’ (S.XIX), que presenta a EE.UU. como una feliz excepción histórica: mientras las demás naciones han padecido toda suerte de regímenes inicuos y sanguinarios, Norteamérica, bendecida por el Creador, nació como democracia liberal.

No pretendemos valorar la validez o invalidez de esta idea, sino simplemente examinar sus consecuencias: dos bombas atómicas arrojadas sobre Japón, autocracias neoliberales en Iberoamérica, anarquía en Oriente Medio… Lo cierto es que el mesianismo se ha revelado especialmente útil para legitimar los más repudiables desmanes de Estados Unidos.

Pero ‘El vicio del poder’ no denuncia esos desmanes, pues, pese a su aparente valentía, no deja de ser una película sistémica.