El valor de la juventud

“Yo no te pedí venir a este mundo”, esta es una frase que a lo largo de generaciones se ha venido trasladando de hijos a padres. Es el reproche de quienes, siendo nuevos, llegan a un mundo que, por definición es viejo, en tanto que existía antes que ellos. Al margen de que suela ser pronunciada en momentos de disputa, tiene un significado profundo, existencial. Aquel que acaba de llegar no tiene más remedio que asumir lo preexistente, sus reglas, su orden y su jerarquía.

En un mundo de constante superación de retos, adversidades e imponderables, donde hacer coincidir los deseos con un futuro esquivo es extraordinariamente difícil, es lógico y natural que las personas pretendan imponer una idea de justicia que, a falta de otros consuelos espirituales o aun a pesar de estos, les haga más llevadera la existencia.

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Todo ser humano, más allá de aplicarse en los asuntos propios, tiende a juzgar el entorno desde una visión reivindicativa. Lo que le sucede no es solo producto de sus habilidades y carencias; es también el resultado de las reglas y del entorno. Por lo tanto, si sus planes no se cumplen o si considera que no recibe lo que a su juicio merece, mira hacia el mundo con insatisfacción y recelo.  

Cuanto más joven es el individuo, más crítico se muestra hacia este mundo preexistente. Animado por la natural ansiedad de la juventud, su urgencia pesa más que la paciencia. Por el contrario, cuanto más adulto es el individuo, más paciente y menos beligerante. Esta discrepancia entre generaciones que se encuentran frente a frente es el motor de la historia. Y de su equilibrio ha dependido en buena medida el progreso.

La autoridad y la civilización

Una sociedad dominada por ancianos y el exceso de prudencia no es mejor que una sociedad controlada por el impulso juvenil y temerario, y viceversa. Es necesario un punto de equilibro. Pero este equilibrio no se resuelve hallando un equitativo reparto de fuerzas, porque en el término medio no está la virtud. La resolución del conflicto depende de que exista una fructífera relación entre lo nuevo y lo viejo, entre quien está y quien llega; depende, en definitiva, de unas reglas que aseguren una transición que, a la vez, no rompa la continuidad con el pasado ni anule el impulso de la juventud.

Durante milenios estas reglas de relación entre lo nuevo y lo viejo han existido en todas las sociedades. Independientemente de lo eficiente o ineficiente, justo o injusto que fuera el sistema de cada comunidad, existía en ellas una reverencia hacia el anciano, hacia la experiencia y la sabiduría, lo que hacía que la autoridad se desdoblara en dos aspectos fundamentales que garantizaban su equilibrio: la “potestas” y la “auctoritas”.

La auctoritas literalmente significa autoridad. Es un poder no vinculante pero socialmente reconocido. Dependía del prestigio personal y otorgaba a la persona una fuerza moral. Si ésta estaba investida de auctoritas era obedecida, no porque ostentara el poder, sino porque sus decisiones eran tenidas por sabias y justas. La potestas, por el contrario, era el poder formal. Las decisiones de quien estaba investido por la potestas eran obligatorias, no porque fueran sabias y justas, sino porque era la Ley.

Cuando la potestas resultaba inexistente y la auctoritas degeneraba en un abuso arbitrario y discrecional del poder, la sociedad tendía a desafiar al gobernante. Incluso, en ocasiones, lograba deponerle, aunque muchas veces se sustituía a un tirano por otro. Pero este desafío a la auctoritas no significaba la renuncia al principio de autoridad sino un intento de restaurar su equilibrio. Era una reacción contra el autoritarismo, no contra el principio de autoridad.

La búsqueda de un poder más equitativo ha sido una constante humana. Las sociedades han transitado de una forma de gobierno a otra para la consecución de este objetivo. Pero, incluso, con la llegada de la democracia, la legitimidad del poder, más allá del sufragio universal, siguió dirimiéndose entre la auctoritas y la potestas. Sin embargo, en un momento dado dejó de ser así.

La ruptura entre lo nuevo y lo viejo

Normalmente, el hombre adulto ostentaba la auctoritas, puesto que gozaba de la ventaja de haber llegado antes para ocupar las posiciones de poder. Pero su autoridad frente al joven descansaba sobre todo en la potestas; es decir, en la mayor experiencia que le hacía ser más sabio. Así, al igual que sucedía con la autoridad y su división en autoritas y la potestas, el equilibrio de la sociedad dependía de la existencia de una jerarquía, pero también de una ejemplaridad en la relación entre lo viejo y lo nuevo, entre el que estaba y el que llegaba.

¿Qué ocurre cuando esta relación desaparece? O peor, ¿qué sucede si el hilo conductor entre lo viejo y lo nuevo se quiebra?

Cuando la modernidad vació de significado lo viejo, y la juventud, más allá de cualquier otra consideración, se convirtió en el valor supremo, el adulto renunció a parecer adulto y a asumir su responsabilidad. Empezó a aparentar ser joven, eliminando de su aspecto y su comportamiento todo signo que pudiera evidenciar su edad. En definitiva, se colocó en un plano de igualdad, renunciando no solo a la auctoritas, sino también a la potestas.

Esta renuncia del adulto supuso la ruptura del nexo entre lo viejo y lo nuevo. Y tuvo consecuencias. La idea de que todo lo nuevo era por definición mejor que todo lo viejo, implicaba la liquidación del principio de autoridad. Y se estableció en su lugar una relación de paridad entre jóvenes y adultos, entre padres e hijos, maestros y escolares, profesores y alumnos. Todos eran iguales.

La tiranía del grupo

En principio, esta “democratización” de las relaciones parecía positiva, puesto que, al desaparecer las constricciones de la autoridad, se incrementaba la libertad. Pero contemplar la “juventud” como el valor supremo de la modernidad implicó trasladar el poder al grupo idealizado, no al individuo.

Que en la universidad se estableciera una relación de igualdad entre profesores y alumnos, y que el adulto simplemente compareciera para evitar lo peor, no mejoró su gobierno ni lo hizo más equitativo. Al contrario, como sintetizó Hanna Arendt, al emanciparse de la autoridad de los adultos, el joven no se liberó sino que quedó sujeto a una autoridad mucho más aterradora y tiránica: la de la mayoría.

La autoridad que le decía a cada niño qué tenía que hacer y qué no tenía que hacer quedó dentro del propio grupo infantil, donde se imponía el gregarismo. Lo mismo sucedió con la familia. Que los hijos no reconocieran la autoridad de los padres, o que los padres renunciasen a ejercer esa autoridad, convirtiéndose en sus amigos o colegas, no supuso un beneficio para los jóvenes, al contrario, estos perdieron sus referencias y terminaron sometidos a la tiranía del grupo.

La desaparición de la jerarquía entre jóvenes y adultos, entre lo nuevo y lo viejo, desembocó en una paradoja. Se anuló el impulso desafiante que era propio de la juventud y se invirtieron los roles. Los jóvenes ya no tenían que autosuperarse y demostrar su valía frente a los adultos. Convertidos en miembros de un grupo idealizado, en vez de asumir riesgos tendieron a establecer reglas que aseguraran su prevalencia, demandando más seguridad y estabilidad. Es decir, lejos de ser atrevidos y desafiantes, se volvieron conservadores.

Esta paradoja se manifiesta en unas sociedades donde son los jóvenes los que tienden a escandalizarse, a ofenderse, a sentirse agredidos por cualquier expresión de libertad, mientras que los mayores son ahora los agentes subversivos que desafían el nuevo orden para defender la libertad.

Hoy, muchos jóvenes se asustan de su propia sombra y todo les parece una agresión. Y, como me apuntaba un sabio profesor, los que salen a la calle a manifestarse son los pensionistas, mientras que los jóvenes se muestran conformes con una modernidad que, lejos de proporcionar las oportunidades prometidas, los arroja a la precariedad. Solo protestan cuando el sistema que les impide madurar está en peligro.