El último estertor de la democracia norteamericana

El shock que supuso la llegada de Donald Trump a la Casa blanca fue en buena medida impostado. En realidad, para los ciudadanos de clase media-media y media-baja, aquellos que, en definitiva, viven fuera del ecosistema de “Washington belt”, ninguna vitoria de ningún candidato supone shock alguno. Agitarse y sobreactuar ante los cambios en el gobierno es una práctica reservada a las élites, no a las personas corrientes.

En los Estados Unidos, el ciudadano de a pie está acostumbrado a vivir bajo el mandato de cualquier presidente y sobrevivirlos a todos. Y, subculturas aparte, donde la religión y el supremacismo suelen mezclarse, la gran mayoría todavía confía en los mecanismos de control diseñados por los padres fundadores de la democracia norteamericana.

Así pues, el shock no fue más que una estrategia de agitación cuyos centros de producción están muy localizados: los medios de comunicación de la Costa Este, las universidades y círculos académicos, el ecosistema de relaciones entre grandes contratistas y burócratas, donde billones de dólares de los contribuyentes cambian de manos, y, en definitiva, todos aquellos entornos de poder que van más allá del Congreso y de del Senado, donde el partido demócrata está infiltrado.

Hacia los Estados Unidos Socialistas de Ámerica

Después de un breve paréntesis, las elecciones al Congreso de los Estados Unidos vuelven a poner las cosas a su sitio. Pero dando una nueva vuelta de tuerca al poder socialdemócrata. Ahora acceden a la primera línea de la política personajes como la socialista Alexandria Ocasio-Cortez. Un personaje siniestro que ha promovido sin el menor apuro el linchamiento de Brett Kavanaugh en base a burdas mentiras. Nacida en el Bronx el 13 de octubre de 1989 de madre puertorriqueña. Ocasio-Cortez es la tiranía disfrazada de feminidad, juventud y buenos sentimientos.

También tocan poder Ilhan Omar y Rashida Tlaib, las primeras congresistas musulmanas. Mientras que Sharice Davids, de Kansas, y Deb Haaland, de Nuevo México, se convierten en las primeras congresistas nativas americanas. Davids tiene además a su favor que es lesbiana, característica que hoy en día puntúa más que descubrir la vacuna contra el cáncer. Y por su parte, Tlaib cuenta a su favor con un odio indisimulado hacia Israel, además de haber sido detenida por sabotear un acto público de Trump al más puro estilo podemita.

Sin embargo y a pesar de estas pésimas señales, la celebración en los medios es unánime: “El Congreso se convierte en una cámara diversa, gracias al empuje de las mujeres latinas, musulmanas y nativas americanas”, proclaman las grandes cabeceras.

Pero la diversidad a la que se refieren nada tiene que ver con la disparidad de ideas, tan sólo con el origen geográfico, la raza, la religión, el sexo o la etnia. Así, donde esta diversidad se impone, simultáneamente la pluralidad democrática desaparece. Una inquietante paradoja que no parece preocupar lo más mínimo a los demócratas biempensantes.

La dictadura de la identidad

Ser hombre o mujer, hetero u homosexual, blanco o de piel coloreada, cristiano o musulmán, son los pilares sobre las que se erige la nueva ley de hierro de las identidades. Y es que, a falta de mejores argumentos, la izquierda ha optado por degradar al ser humano, encajando a martillazos su poliédrico perfil en una identidad plana y predefinida de la que nadie puede zafarse.

Esto es la que resta de la vieja idea de libertad una vez ha sido masticada y escupida por el Partido Demócrata. Un partido que, para sobreponerse a Trump, no ha dudado en aliarse con la grey comunista norteamericana: los Socialistas Democráticos de América (DSA, en inglés: Democratic Socialists of America). Una organización ultraizquierdista, a medio camino entre el comunismo y el fascismo que, como su lideresa Ocasio-Cortez, se adorna con el feminismo, la juventud y los buenos sentimientos para asegurarse los votos de los jóvenes, aprovechando que los millennials ve con buenos ojos el socialismo, mientras que al capitalismo lo detestan.

La antidemocracia

Sin embargo, nada de lo que sucede debería asombrarnos. Estos son los frutos de un pensamiento que desde hace décadas se promueve en los entornos educativos donde se han formado quienes ahora mandan en la política, en el periodismo y en las grandes empresas tecnológicas. Afortunadamente, las nuevas generaciones son bastante menos numerosas que las viejas. De no ser así, la antidemocracia ya habría ganado.

Sea como fuere, los milagros no existen; tampoco en política. Décadas de ingeniería social no se revierten dando un par de puñetazos en la mesa. Por eso Donald Trump no estaba llamado a ser un cambio de tendencia, tan sólo un paréntesis. Como tampoco estuvo llamado a lograr la proeza Ronald Reagan, de quien también los demócratas norteamericanos y los liberales europeos soltaron pestes en su día.

Era de prever la derrota. A fin de cuentas, quien está a favor de la expansión del Estado juega con una enorme ventaja: dos de cada tres personas siempre preferirán vivir a costa de la tercera que de sí mismas. Y eso es lo que continúa explotando la ideología de las identidades en que se ha travestido el socialismo. Obviamente, quedan excluidos por ley quienes no encajan en alguna de las identidades protegidas. Y esos son precisamente los que votan a Trump o a cualquiera que prometa liberarles. Una minoría muy mayoritaria, pero minoría, al fin y al cabo.