El sonido de Europa

A Europa la construyeron el gregoriano, el bizantino y, en general, el canto llano religioso y litúrgico. Desde el Báltico hasta las sucesivas fronteras de la Reconquista, la monodia vocal sin acompañamiento musical cantaba el Salterio y los misterios de la fe jalonando el calendario de las fiestas, celebraciones y solemnidades del pueblo de Dios.

Al igual que la historia de la arquitectura es incomprensible sin las abadías, los monasterios y las catedrales, Europa rompe su silencio en la historia en la voz de estos monjes que recuerdan a Cristo resucitador salvador del mundo. A partir del kerigma en sus diversas formulaciones, Europa funde en un crisol extraordinario el legado de Grecia y Roma y la tradición bíblica. El Occidente latino y el Oriente griego vuelven la vista hacia Jerusalén, donde todo ha sucedido. Desde el Pantocrátor de Tahull hasta los rostros de Cristo llamado “Acheiropoietos”, “no hecho manualmente”, la música y el arte sagrados dan a nuestro continente una unidad cultural que no ha perdido por completo a pesar de la globalización y del adanismo de nuestro tiempo.

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España atesora una maravilla singular cuya sonoridad nos conmueve sin descanso: el canto mozárabe, que es una continuación del canto visigótico hasta el siglo XI aproximadamente y que entonaban los cristianos que vivían en Al-Andalus. La mozarabía, que pudo haber desaparecido, ha resistido en España el paso de los siglos y brilla en Toledo, cuya catedral acoge la misa en rito hispano-mozárabe todos los días por la mañana. Este canto tiene unos quince siglos y es testigo del antiguo rito hispánico.

Las distintas formas de canto llano han acompañado la historia de Europa. Ella resonó por todo el continente cuando, en el año mil, los temores del fin del mundo conmovían nuestra civilización. Ella contempló el renacimiento románico cuando, como describió el monje Rodolfo Glaber con delicadísima metáfora, «se vio en casi toda la tierra la renovación de las iglesias. Un deseo de emulación llevó a cada comunidad a tener la suya más suntuosa que la de los otros. Era como si el mundo se hubiera sacudido y despojándose de su vetustez, se hubiera revestido por todas partes de un blanco manto de iglesias».

Las peregrinaciones a Santiago de Compostela convirtieron a España, de nuevo, en una encrucijada de culturas. En el Códice Calixtino se registra la obra polifónica a tres voces más antigua que se conserva en Europa: “Congaudeant catholici”. En el sistema medieval de las siete artes liberales, la música era la más perfecta. El tránsito de los renacimientos medievales al de los siglos XIV y XV, conocido como El Renacimiento por antonomasia, puede seguirse en el refinamiento y la complejidad de la polifonía y de los instrumentos musicales como el órgano, el laúd y el arpa. Al amor divino, el amor cortés suma el amor profano. Como el rey David, Alfonso X “El Sabio” es músico y nos lega las delicadísimas “Cantigas de Santa María”. En el Salterio de Oro de la biblioteca de San Galo, el rey toca una cítara o un laúd en su trono mientras los bailarines danzan.

Después llegó todo lo demás. El esplendor de la música en las cortes del Otoño de la Edad Media y el brillo deslumbrante del Renacimiento y el Barroco, la ópera y la pianística, Bach, Mozart, Beethoven. Llegó la Novena Sinfonía, cuya Oda a la Alegría fue adoptado el 19 de enero de 1972 como himno por el Consejo de Europa. Von Karajan hizo los arreglos instrumentales para solos de piano, viento y orquesta sinfónica. En 1985, los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea decidieron que fuese el himno europeo. Prescindieron de la letra de Schiller.

Sin embargo, Beethoven y todos los demás genios de la música romántica, son herederos de una tradición deslumbrante que los europeos de hoy no debemos olvidar. Buena parte de la crisis que hoy atraviesa la UE viene, precisamente, de la desmemoria y el adanismo de creer que Europa nació con el paneuropeísmo de la modernidad.

Así, si prestamos atención, en los claustros, los castillos y los palacios del Viejo Continente, resuenan los pasos, las voces y las melodías de aquellos sobre cuyos hombros nos alzamos. Cantan en hebreo, en latín, en griego y en eslavo antiguo. Vuelven el rostro a Jerusalén, a Atenas y a Roma. La luz de las velas perfumadas ilumina los iconos, las pinturas murales desde las que el Señor de la Historia nos contempla y los altares y los iconostasios de las distintas liturgias.

Silencio.

Escuchemos.