El Rubicón pasa por Andalucía

Sabido es que la izquierda ganó, hace tiempo, la batalla cultural. Con presunción de inocencia y licencia para matar, tanto socialistas como comunistas se siente moralmente habilitados para decidir lo que está bien y lo que está mal. Quien se autodenomine liberal, conservador o nacionalista, recibirá el correspondiente escarnio de la dictadura de la corrección política. Sin embargo, ciertas estructuras comienzan a crujir. Hablemos de Andalucía.

La historia es conocida. El primer presidente autonómico andaluz fue Rafael Escuredo. A él le siguieron, en este orden, José Rodríguez de la Borbolla, Manuel Chaves, Gaspar Zarrías, José Antonio Griñán y Susana Díaz, actualmente en el poder. Treinta y seis años de gobiernos socialistas que, sumados al apoyo del gobierno nacional en el período 1982-1996 (cuyos líderes eran, curiosamente, andaluces), deberían haber convertido a Andalucía en la región más rica de España. Treinta y seis años de una fabulosa construcción de poder (que el periodista Pedro de Tena llamó “la tela de araña andaluza) convirtieron al PSOE-A en un auténtico partido-régimen, una máquina de ganar al estilo del Partido Revolucionario Institucional mexicano, el Partido Justicialista argentino o el Kuomintang taiwanés.

PUBLICIDAD

¿Y en qué benefició esto a la patria chica de Séneca, Murillo, Bécquer, García Lorca y Machado? Veamos.

Hablamos de la comunidad autónoma con más parados (22,85% en cifras del Instituto Nacional de Estadística para 2018) con tres de los cinco municipios con más desempleo del país (Sanlúcar de Barrameda, La Línea de la Concepción y Jerez de la Frontera), el mayor porcentaje de deserción escolar (25%, según gráficos del Ministerio de Educación) y altísimos niveles de consumo de alcohol y estupefacientes.

¿Cuál es el legado socialista en Andalucía? ¿El PSOE tiene motivos para el pataleo? Parece que no. No podemos olvidar que el Palacio de San Telmo ocupó infinidad de titulares de periódicos merced al “escándalo de los ERE”; esto es, un caso judicial con más de doscientos imputados involucrados en un festival impuro de comisiones ilegales, falsas jubilaciones, sobornos y cohechos varios que le supuso al erario público la pérdida de casi 855 millones de euros.

Pero tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe. En las elecciones autonómicas del domingo pasado, el electorado dijo basta. En un hecho histórico, la suma de los escaños del Partido Popular, Ciudadanos y Vox invita a pensar en un auténtico cambio revolucionario para la política andaluza. Párrafo aparte merece el partido de Santiago Abascal, que pasó de la intrascendencia electoral a obtener doce diputados en pocos meses.

Obviamente, pasó lo que tenía que pasar: el domingo por la noche se encendieron las alarmas, se prepararon los memes y se activaron las terminales mediáticas (nacionales e internacionales) de quienes no supieron, no quisieron o no pudieron gobernar por y para los ciudadanos del Sur: “Vuelve el franquismo”, “Triunfa la extrema derecha”, “Llega la intolerancia” y un largo etcétera.

Ahora es demasiado tarde para lágrimas. Los andaluces han hablado. Alea iacta est.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.