El precariado necesita Ryanair

La Semana Santa es inminente y con ella llegan la primavera, las lluvias, las procesiones y las protestas de los pasajeros de Ryanair, abandonados en algún aeropuerto. Gracias a los teléfonos móviles veremos un vídeo de docenas de pasajeros encerrados en un avión que no puede despegar porque la aerolínea no ha pagado la tasa aeroportuaria o una masa airada ante el mostrador de reclamaciones.

Según Aena, en 2018 en los aeropuertos españoles, Ryanair transportó a 46,8 millones de pasajeros, que fueron 44 millones en 2017. Entre un año y otro, la aerolínea irlandesa aumentó en casi tres millones su número de pasajeros. La segunda aerolínea en transporte el año pasado fue Vueling, con 39 millones y después Iberia, con algo más de 19 millones.

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Como yo me eduqué (o fui educado, pero eso no viene al caso) en los supuestos principios básicos de la economía de mercado, estaba convencido de que los clientes (siempre me resisto a llamarlos consumidores) castigaban un mal servicio mediante el sencillo método del “no volvemos aquí”.

Esta creencia en la racionalidad de los actores del mercado se desmoronó a tambalearse cuando comprobé que un bar condenado por la Audiencia Provincial por servir garrafón seguía abierto con clientes dentro, o cuando pasaba lo mismo con los restaurantes chinos después de que se hubiera detenido a empleados y hasta propietarios pescando en lugares tan poco recomendables como el estanque de la Casa de Campo para servir carpa.

El burgués ‘low-cost’

¿Por qué Ryanair aumenta su clientela, a pesar de las constantes quejas, hasta el punto de que varios de los maltratados repiten?, ¿es que a millones les gusta ser tratados como animales estabulados? Pues porque es imprescindible en los tiempos del precariado.

En la URSS se decía “el Partido hace como que nos paga y nosotros hacemos como que trabajamos”. En una de esas paradojas incomprensibles, el escaso dinero que gana la gente lo usa en pagarse vacaciones o caprichos de ricos, como los iPhone. El precario dándoselas de burgués. Un burgués low-cost.

Mientras toma la copa de Navidad en vaso de plástico en su empresa, la precaria levanta la voz y dice: “Ya tengo los billetes para irme con unas amigas a Budapest en Semana Santa”. Por primera vez en meses, ha captado la atención de los demás y no tiene la impresión de que su grado en Sociología y con máster en Relaciones Internacionales no ha sido un desperdicio de tiempo y dinero.

El precario no tiene pareja, no tiene vivienda, no tiene hijos, no tiene futuro ni pasado, no tiene empleo… pero viaja como si corriera huyendo de una catástrofe. Así, “en el mundo moderno no encontramos viajeros perdidos, sino pasajeros afanados. A pesar de las barbas de explorador con que muchos se disfrazan, todos compran billete para el mismo suburbio” (Nicolás Gómez Dávila).

O el chaleco amarillo o la maleta del turista

¿Que Ryanair trata a patadas a sus clientes? A éstos les importa un comino, porque la aerolínea es la única manera de satisfacer su deseo de volar lejos por cuatro duros. ¿Que esas empresas low-cost solo son posibles debido a los sueldos miserables que cobra el personal… como le ocurre en sus propios empleos a la mayoría de los usuarios? La supuesta solidaridad de clase entre los precari es tan inexistente como la de la clase obrera con la que soñaban los comunistas. El precario cuando se ha colocado delante del mostrador reclama y grita como una viuda rica.

No sé si se trata de un plan elaborado o simplemente es una consecuencia del estado de cosas, como el feudalismo nació del colapso del Imperio romano de Occidente y no de una conspiración entre caciques de provincias y caudillos germanos.

¿Cómo se puede impedir que los miembros de la clase del precariado no piensen en su situación y no se les ocurra ocupar París al igual que los chalecos amarillos o votar a un Trump que pase por ahí? ¡Pues con viajes propios de bazar chino! Un billete de Ryanair que cuesta más o menos lo mismo que el abono mensual de transportes; un apartamento contratado en Airbnb; unos restaurantes localizados en Tripadvisor; y unas compras en el Primark de turno. “¡Si vas con los amigos es más barato que un fin de semana! Empieza a sumar: el cine, la cena, las copas, la disco, el Cabify para volver a casa…”.

Y por ello dentro de unos días volveremos a ver en Barajas y el Prat colas sin fin. Eso es: sin fin, sin finalidad.