El mito de la sanidad gratuita

Una cosa es evidente: la sanidad resulta cada vez más cara. No solo porque acrecienta su eficacia y sus medios. Sino porque tiene que atender a una población envejecida o, si es juvenil, con muchas necesidades por ser en parte creciente una consecuencia de la inmigración masiva.

Introduzco mi ejemplo personal, como viejo que soy. Durante media vida apenas he visitado los hospitales y he sido reacio a tomar medicamentos. Pero, de un tiempo a esta parte, es continua mi relación con la sanidad. Me paso el día solicitando citas para visitar a este o el otro especialista. La farmacia es la tienda que más frecuento. En el hospital y en la farmacia siempre hay cola. Multiplíquese mi caso por los diez millones de jubilados. Añádanse los no sé cuántos millones de inmigrantes.

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Nos han medio convencido de que la sanidad es gratuita, pero la afirmación resulta falaz. Claro que la atención médica y hospitalaria en principio no cuesta dinero a los pacientes, pero, si son jubilados, han pagado con creces esos gastos durante su dilatada vida activa. Se arguye que esas cuotas que abonaron los jubilados a la Seguridad Social cuando eran activos correspondían a los gastos sanitarios de aquel momento. Pero no es menos cierto que, llegados a la edad del retiro, otros activos cargarían con tales gastos. Otra cosa es la irrupción de millones de inmigrantes y residentes extranjeros que en su día no aportaron cuotas a la Seguridad Social. Sin embargo, hoy son ávidos consumidores de servicios sanitarios. Los inmigrantes suelen ser jóvenes, pero acumulan muchas necesidades insatisfechas de atención sanitaria.

El resultado es que ahora nos vemos obligados a pagar una parte del precio de los medicamentos. Es más, algunos especialmente caros los tenemos que abonar en su totalidad. También nos dicen ahora que ciertas pruebas y algunos tratamientos nuevos son de obligado pago. Por lo mismo, los gastos de dentadura y de gafas también hay que abonarlos. Es decir, los jubilados pagamos la Seguridad Social dos veces a lo largo de nuestra vida.

La sanidad sí resulta generosamente gratuita para el grueso de los inmigrantes, lo cual en principio representa un buen gesto de solidaridad. El problema se complica porque ahora se nos presenta una inmigración masiva incontrolada y creciente que hay que atender. Es claro que no hay dinero público para todos.

Me remito otra vez a mi experiencia personal. Acudí al centro de salud de mi pueblo para que pusieran la vacuna de la gripe. No pudo ser porque mi Seguridad Social es a través de la mutualidad de funcionarios. El médico, muy amable, me comentó que, si la vacuna la hubiera solicitado un inmigrante sin papeles, entonces se la habría puesto al instante. Hay veces en las que el principio de solidaridad resulta sarcástico.

Los jubilados dependientes o incapacitados tienen derecho a disfrutar gratis de las residencias que funcionan al efecto. Pero en la realidad las listas de espera son kilométricas. Como muchos no pueden esperar, no tienen más remedio que ingresar en una residencia privada, cuyo coste supera ampliamente el monto de una pensión media.

Cada vez que los gobernantes se proponen un aumento del gasto público, y por tanto de los impuestos, aducen que así se satisface la necesidad de una sanidad gratuita, además de otros servicios. Pero el argumento no deja de ser un sarcasmo. Todos los españoles sabemos que la sanidad no es gratuita. Es más, al paso que va la burra cada vez costará más, no solo al erario a través de los impuestos, sino a los particulares cada vez que se acerquen a un hospital o equivalente. La gota que ha desbordado el vaso ha sido la inmigración descontrolada de los últimos años, de los últimos meses. Sencillamente, la situación resulta explosiva. No veo que los políticos se planteen seriamente el problema.