El infantilismo, la enfermedad real del izquierdismo

Los niños maleducados por sus progenitores tienen pataletas porque no saben cómo reprimir sus impulsos ni diferir sus ansias de disfrute. Lo quieren todo y lo quieren ya. Eso es básicamente lo que le pasa a la izquierda radical –sea socialista, comunista o nihilista- que padecemos en España y allende los Pirineos. Lo quieren todo, lo quieren ya y lo quieren gratis. Poco o nada importa que tenga título para ello, que se respeten las más mínimas normas de convivencia, la ley y las implicaciones. Si lo quieren, lo dicen y lo toman.

¿Qué quieren insultar y gritar?, cualquier excusa es buena. Como por ejemplo vestir unos simples tirantes con  los colores de la enseña nacional; ¿Qué se quieren hacer los gallitos?, pues nada, sacan su móvil (posiblemente lo único de inteligencia que posean) y amparados por la contención policial, graban a los agentes del orden mientras los insultan y escupen; ¿Qué quieren encontrar desahogo quemando el mobiliario urbano?, adelante pues hay alcaldes y alcaldesas que les alimentan. Frustrados incorregibles que no entienden más que hacer lo que les da la gana cuando les da la gana. Niños maleducados.

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Se ha dicho que vivimos en la era del odio, donde el sentimiento en contra del otro, de los demás, de los que no son como uno, es lo que prima. Pero en realidad ese odio no es sino la expresión de puro infantilismo. En realidad vivimos en la era de la infantilización.  No sólo porque consideremos jóvenes a los menores de 30 años, una frontera biológica que la humanidad sólo ha batido desde hace relativamente poco. España, uno de los países –a pesar de las quejas contra el capitalismo, la polución y esas cosas- con mayor esperanza de vida de todo el planeta, superó la berra de los 30 hace poco más de un siglo. Antes, una persona de 30 años era un anciano… no como ahora.

Pero una cosas es ensalzar la juventud –como fuente de energía, belleza, cambio y lo que románticamente se quiera-  y otra la estupidez. Se da la paradoja que en la actualidad a los niños se les sobreprotege a la vez que se les consiente, generando la mayoría de las veces seres malamente preparados para las sorpresas que da la vida, muchas desagradables. Malcriados, pasan del respeto a los mayores (y a las tradiciones y valores del pasado), no aceptan el principio de autoridad, desdeñan el esfuerzo y el sacrificio y, aún peor si cabe, se creen irresponsables porque sus padres siempre les han permitido todo y siempre les han perdonado. ¿Por qué les van a juzgar por desórdenes públicos, amenazar en las redes o agredir?

En las universidades se crean “espacios seguros” donde no tiene cabida el pensamiento alternativo, las ideas propias o la libre discusión. Cuando estas bestias infantiles lo consideran oportuno, impiden que se celebren conferencias, boicotean cuanto les place y hacen suyos los edificios que son de todos los estudiantes.

Su cobardía les lleva en las redes a cubrirse también con un pasamontaña, como hacen en sus manifestaciones. Esta vez bajo la forma de seudónimos o avatares desde los que agredir verbalmente a todo aquel incauto que no sea de los suyos, de su tribu. Porque a eso hemos llegado con el progreso que tanto defiende nuestros políticos izquierdistas, a las tribus como organización social.

Ahora bien, esta evolución lamentable, de inversión de toda lógica, no es una cuestión de la noche a la mañana. Es el producto de una educación progre (esa que en maestros y padres sólo puede ver “coleguillas” no modelos de conducta) que se instaló en España con la complicidad de una derecha acomplejada, demasiado cobarde para dar una batalla por las ideas correctas.  Una derecha que trocó entusiasta beneficios económicos por valores sociales.

Por eso es tan importante hoy un partido como Vox porque supone una voz que rompe con ese maldito consenso, un ariete contra esa visión que cree que la buena educación y las formas son cosas atávicas del pasado, a destruir. Que los padres puedan elegir el centro donde educar va sus hijos, es un principio de libertad irrenunciable frente a los impulsos totalitarios del Estado y de la izquierda.  Pero no es suficiente. Una reforma profunda de la enseñanza –que hoy deseduca más que educar- es más urgente que nunca. Debemos formar adultos responsables, no eternos adolescentes. Porque si no, pasa lo que pasa, que los nuevos ricos mandan sus escoltas a hacerle la colada. Porque se creen con derecho. Y si no, gritan y patalean.