El fin de la privacidad

La privacidad está tocando a su fin. Con nuestro beneplácito y con nuestro entusiasmo

Millones de robots asistentes están en nuestras casas, escuchando nuestras conversaciones, así como miles de millones de teléfonos inteligentes que nos acompañan a todas partes. Esos teléfonos envían señales constantemente sobre nuestra posición. Nuestras comunicaciones escritas son consultadas por las empresas proveedoras de dichas comunicaciones. Además, presos de la necesidad de aparentar y ser aceptados socialmente y movidos por el instinto más oscuro y primario del murmureo, colgamos en redes sociales información personal, de nuestro trabajo, de nuestra familia (¡fotos de nuestros hijos!) de nuestras inclinaciones políticas y de nuestros gustos. 

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Nos escuchan, nos localizan, nos leen, saben cómo pensamos y que nos gusta y, además, la información que les falta, nosotros la proporcionamos con gusto, abstrayéndonos de nuestros proyectos personales y de nuestras relaciones sociales sin recibir, para más inri, ni un euro a cambio. 

El totalitarismo asfixiante soviético aspiró a espiar a cada uno de sus ciudadanos. En la película La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) o en la reciente y exitosa serie Chernobyl (HBO) aprendemos, de forma pedagógica, hasta dónde llegó ese nivel de vigilancia. Una red de intrusión que se extendía desde los niveles más alto del liderazgo político. La narrativa de Occidente contra el bloque soviético tuvo como uno de sus ejes esa falta de privacidad y ese apisonamiento del entorno privado de las personas. Lo veíamos invasivo, injusto e inmoral. El ánimo de recabar toda la información posible de los ciudadanos, no obstante, ahora no está en el Politburó, sino en Consejos de Administración de grandes corporaciones que han sabido cómo llegar al mismo fin utilizando otros métodos más persuasivos. 

Ciertamente, el objetivo – o al menos, el principal objetivo- de toda empresa, es el beneficio. No podemos identificar el momento exacto, pero, las grandes corporaciones descubrieron hace unos 30 años que los datos personales eran el nuevo petróleo. Con ellos, se pueden crear nuevos los productos y los servicios y mejorar los existentes, ofrecer mejores estrategias de fidelización y captación de clientes y definir mejor las estrategias. Después de todo este tiempo, es cierto, han perfeccionado y expandido los métodos de extracción y obtención de datos personales, pero ni siquiera los departamentos de innovación más punteros saben aún a dónde nos va a llevar esta fiebre de datos personales. 

Ahora mismo, el horizonte apunta aterrador. Con tanto dato personal, con tanto algoritmo y con tanto aprendizaje automático de la inteligencia artificial, las grandes corporaciones -o quien posea los datos en un futuro- podrán predecir y modificar a su antojo nuestros comportamientos y nuestras acciones. Podrán -ya pueden hacerlo ahora- segmentarnos y segregarnos según condición, ideología o preferencias culturales, a tenor de los intereses de quien detente el poder. En Occidente, en los próximos años, pues, habrá una lucha encarnizada entre grandes corporaciones y Estados por ver quién se queda nuestros datos personales y el valiosísimo producto de su refinamiento. 

En China ya lo tienen bien claro y esta lucha se ha resuelto con una simbiosis entre Estado y empresas. El tigre asiático es un buen reflejo de la distopía esclavista y carente de privacidad a la que vamos si nuestros líderes no se levantan del letargo y hacen lo necesario para impedirlo. Los ejemplos dan escalofríos; en los baños públicos es necesario dejar la huella dactilar para coger papel, tienen instaladas cámaras por todo el país para monitorizar el día a día de sus individuos y darles puntuaciones según sus acciones. Lo llaman “economía del comportamiento”, George Orwell lo llamó, en su día, Gran Hermano. 

Aunque estemos acudiendo al festín totalitario con entusiasmo, debemos recordar que sin privacidad no hay libertad y, sin libertad, la vida humana carece de dignidad.