El éxito de Trump y su guerra comercial contra China

Ha sido un periodista como Enric González, en El País, el que ha tenido el coraje – aunque su artículo esté repleto de excusas e insultos justificativos- de elogiar la gestión económica de Trump y de avisar a sus lectores de que es una verdad incómoda.

Efectivamente, los resultados de la Administración Trump tras casi año y medio de trabajo son una verdad muy incómoda para muchos. En EE. UU. están en el nivel más bajo de paro registrado desde 1969, un envidiable 3,6 %. Durante el primer trimestre de este año la economía ha crecido un 3%. Los salarios han subido, los impuestos han bajado, la inflación permanece baja y la industria se ha relanzado. Estos datos económicos son incontestables y, aunque hayan pintado a Trump y a su séquito como enajenados mentales, su agenda económica estaba bien definida y ya está dando unos frutos de los cuales disfrutan todos los norteamericanos. Trump además, está cumpliendo estrictamente todas sus promesas electorales, algo de lo que no pueden presumir los partidos del llamado establishment.

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González menciona la guerra con China y afirma que puede conducir a una recesión planetaria, pero este es otro gran acierto de la Administración Trump. China aspira a ser la primera potencia mundial, ya no quiere ser la fábrica del mundo, sino que ahora intenta adelantar a los EE. UU. como potencia de producción tecnológica. Ni que decir tiene que sería un despropósito que una dictadura comunista, en donde los trabajadores están sometidos a un régimen de semiesclavitud, ocupara el número uno en el tablero mundial.

Al gigante asiático hay que hacerle frente y debemos agradecer que sea EE. UU., una vez más, el país que se sacrifique por nuestro modo de vida. La ingratitud europea después de que los pérfidos yankees nos salvaran en dos guerras mundiales y de la Guerra Fría continúa, y sería razonable atribuirla al rencor y a la incapacidad que hemos tenido los europeos para defender nuestra civilización y todo lo que hemos conseguido.

En EE. UU. busca mantener el liderazgo mundial y para eso necesita recuperar su demanda interna y su industria. Según los ideólogos de Trump, EE UU ha perdido mucho capital humano y físico por culpa de los grandes acuerdos de Libre Comercio. Éstos fueron diseñados para favorecer a los países fabricantes y el saldo, según la Casa Blanca es negativo. En tal sentido, la guerra comercial tiene un objetivo claro y no es solamente recuperar tejido industrial: es evitar que China domine el mundo y nos imponga su modelo de capitalismo de Estado esclavista.

Sorprende que en los círculos del poder se hable de China con la boca pequeña, pero el daño provocado en nuestras economías es enorme. El principal país productor de falsificaciones es China (un 63% de las importaciones pirateadas en todo el mundo; cerca del 80% de las falsificaciones incautadas por las autoridades europeas proceden de China y Hong Kong).

Según la OCDE, el comercio de productos falsificados genera al año 338.000 millones de euros, el 2,5 % del comercio mundial. De acuerdo con Peter Navarro, asesor comercial de la Casa Blanca, los productos chinos han destruido 25 millones de empleos en EE. UU. en los últimos 20 años; pero cruzando el charco, según la Oficina Europea de la Propiedad Intelectual, a nivel europeo, se han perdido 790.000 empleos indirectos y 504.411 directos y 60.000 millones de euros en ventas.

China juega a dominar el mundo y a controlar a cada una de las personas que lo habitan. Los escándalos de Huawei, el uso del big data, la economía del comportamiento (tienen cámaras por todas partes para puntuar el comportamiento de los ciudadanos) son una pesadilla orweliana diseñada por Pekín. Los ciudadanos, y los políticos que los representan, deberían estar advertidos de lo perjudicial que sería en sus vidas un dominio mundial de China.

Trump lo está haciendo bien. En su casa la economía vuelve a florecer y en el exterior le está plantando cara a China. No sólo es una verdad incómoda, también es necesaria.