El dinero público no es de nadie

Sólo le tengo miedo a los idiotas; porque son muchos, y eligen hasta el presidente. (Facundo Cabral).

Tras la formación del nuevo -y masivo- Gobierno social-comunista del presidente Pedro Sánchez, se han vertido ríos de tinta acerca de algunos nuevos e innecesarios departamentos y cargos nombrados bajo los dedos divinos de Pablo Iglesias, y del propio Sánchez Castejón. El más sonado seguramente sea el nombramiento de Dolores Delgado como fiscal general del Estado. Seguramente, la persona más sectaria y menos idónea para un cargo de esa naturaleza. Pero no ha sido el único. Tenemos también al frente del nuevo Instituto de la Mujer a una tal Beatriz Gimeno, que va diciendo por ahí que la heterosexualidad es una enfermedad, y que las mujeres tienen que meterle un dildo por el culo a los hombres para ser verdaderamente iguales. O Rita Bosaho, nombrada directora General de Igualdad por ser negra, o el caso aún más sangrante de Boti García, directora general de Diversidad Sexual, y que ha reconocido haber mantenido relaciones sexuales con menores de edad. Lo mejor de cada casa, vamos…

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Sin embargo, de lo que se habla más bien poco, es del último y tenebroso nombramiento de Pablo Iglesias: el señor Sergio García Torres, responsable de la nueva Dirección General de Derechos del Animal, y titular del puesto desde su publicación en el «BOE» núm. 26, de 30 de enero del 2020 mediante Real Decreto 206/2020, de 29 de enero.

Como el espacio de mi columna es limitado, intentaré ser escueto y conciso. Antes que nada, decir que, dicho departamento, es un dispendio mayúsculo y absolutamente innecesario, pues, por un lado, el llamado “bienestar animal” está ya regulado y bien regulado en leyes nacionales, autonómicas y hasta locales; y por el otro, el concepto “derechos del animal” es falso: jurídicamente los animales no tienen derechos. Sólo los humanos los tienen. Lo más que ha reconocido la legislación española es que los animales sean seres sintientes -en tanto en cuanto son poseedores de sistema nervioso central-, y que ya no sean considerados legalmente como bienes muebles o inmuebles.

Por todo lo anterior, la llamada Dirección General de Derechos del Animal no es más que un chiringuito en el que enchufar a los amiguetes de la cuerda ideológica, y que lleva la ficción aparejada a su propio nombre. Pero claro, cuando se dispara con pólvora ajena, y se cree que el dinero público no es de nadie (Carmen Calvo dixit), pues pasa lo que pasa. 

A continuación, decir que en ningún sitio está escrito qué es el bienestar o el maltrato animal, y cómo se mide eso. No existe un baremo a seguir especie por especie. ¿Quién establece los parámetros de lo que es el bienestar para una paloma, un conejo o una trucha, por ejemplo? No existe ningún estudio serio al respecto. Hecho por profesionales, quiero decir, y no por aficionados o activistas de determinada tendencia ideológica, claro; las necesidades, obviamente varían, y son diferentes de unas especies respecto a otras.

Es decir: aquí, alguien, decide por su cuenta y riesgo qué es maltrato (palabra cajón de sastre), y los demás -que somos la inmensa mayoría- pues tenemos que tragar sí o sí. Alguien, proveniente casi siempre del activismo “veggie”/animalista patrio que, normalmente, no suele casi nunca tener ni estudios ni formación académica específica, que ha dedicado su vida a vivir del dinero público, y al cual, los políticos miedosos de nuestro país, hacen caso pensando que pertenece a un movimiento mayoritario; lo cual, es rotundamente falso. El vegano/animalismo a nivel planetario representa menos del 1% de la población mundial. Por tanto, no existe esa tan cacareada tendencia mayoritaria social, ni contra la caza, la pesca, la tauromaquia, los zoos, los acuarios, los circos, la ganadería o la dieta omnívora. 

Así las cosas, comerte un filete, maltrato. Montar a caballo, maltrato. El perro de un invidente, maltrato. Esquilar una oveja, maltrato. La apicultura, maltrato. La cría de gusanos de seda, maltrato. Cazar un conejo, maltrato. Unos zapatos de cuero, maltrato. Los huevos de las gallinas, maltrato (además de violación). Y así, hasta el infinito y más allá.

No inspira ninguna confianza tampoco que la propuesta de creación de la susodicha Dirección General, venga de la extrema izquierda, que en los últimos tiempos se ha caracterizado por alimentarse de la llamada dictadura de las minorías (hembrismo supremacista, LGTBI, mestizaje racial, abolición de la familia tradicional, descomposición territorial, oposición al catolicismo, movimiento Eco/Vegano/Animalista -E.V.A.-, etc…). Este último activismo del listado, un enemigo mortífero y silencioso que busca como los demás, la destrucción del Humanismo y la civilización capitalista occidental por medio de la abolición de la cultura alimenticia tradicional, y a base de oponerse frontalmente a cualquier relación Hombre/Animal en la que el primero, obtenga algún tipo de beneficio del segundo. A esto, los E.V.A. lo llaman especismo; algo intolerable para ellos. Y dentro de sus objetivos, está la destrucción de la ganadería, la industria alimentaria cárnica y pesquera, y de todos los usos y aprovechamientos tradicionales del medio por parte del ser humano, bien sean por ocio, cultura o negocio. Incluida claro está, la caza y la pesca deportivas, su objetivo más inmediato tras los toros y los circos. De hecho, en el acuerdo de Gobierno del actual ejecutivo social/comunista se lee literalmente en el punto 3.16:

-«Impulsaremos una Ley de Bienestar Animal que garantice una relación más respetuosa hacia todos los seres vivos (…) Estudiaremos la posibilidad de establecer un delito de maltrato de animales salvajes en su medio natural (…) y mejoras en el control de animales domésticos, y en el control de los animales de consumo».

Más claro, agua. Nadie en un partido de extrema izquierda va a considerar la muerte a tiros de un corzo o un jabalí, como bienestar “de animales salvajes en su medio”. No señor. Ese párrafo está especialmente redactado para poner la primera piedra de la obstaculización de la caza, y abrir poco a poco la puerta hacia su prohibición.

Por último, la prueba definitiva como digo, de la confirmación de la amenaza, es la designación al puesto de director para ese departamento, de un reconocido fanático prohibicionista sin formación académica ni en veterinaria, ni en biología, ni en nada de nada (un titulito de academia privada de diseño es todo su curriculum), y que lo único que ha hecho en su vida es militar en chiringuitos u ONG’s prohibicionistas y partidos de extrema izquierda (primero IU, luego Equo y finalmente Podemos), donde ha acabado coordinando los supuestos “derechos animales”. Como si los animales, gozaran de tales privilegios. Un señor, además, que tiene intereses en el negocio vegano (poseía hasta hace poco un restaurante de esa naturaleza en el centro de Madrid), y al que le vendría muy bien no sólo el que se prohibieran la caza, la pesca o los toros, sino también toda la industria alimentaria de origen animal. Y que no esconde su afán evangelizador, pues grita a los cuatro vientos que las granjas, la ganadería o la gestión cinegética por ejemplo, son abusos y maltrato, y que los humanos para beber leche, pues tenemos que robársela a un ternero. Un tipo así, y con competencias para articular o desarrollar leyes, puede quizás no poder prohibir desde su actual puesto, pero sí poner todos los palos posibles en las ruedas de la ganadería, la venatoria o la industria alimentaria, para que éstas, en la práctica, acaben por hacerse actividades absolutamente impracticables.

Ah, y detrás de él, bien de tapadillo, vienen todas las jerarcas del macro-negocio “mascoteril” de las protectoras y el “perrigatismo”. Asi que, ¡agárrense, que vienen curvas!

Los que decían que la caza, la pesca o los toros eran transversales, que no se debían de mezclar ambas actividades con la política, o que por encima del derecho a la práctica de una afición o deporte estaban asuntos de mayor importancia social (sanidad, educación, trabajo, impuestos, pensiones…), y que si el precio a pagar por las supuestas mejoras en todas esas necesidades sociales, fuese la prohibición de la caza, la pesca, los toros, los zoos o los circos, pues que bienvenido fuera el pago de ese precio… que disfruten ahora de lo votado. A las urnas fuimos todos bien avisados. Así pues, tenemos el Gobierno que nos merecemos, eso está claro. Que nadie venga ahora echándose las manos a la cabeza. Que a llorar, a la llorería…

 

por Álex N. Lachhein.

Naturalista de campo, articulista en prensa, y divulgador medio-ambiental en programas de radio como «Caza, Pesca y Naturaleza” (Intereconomía Radio), o «Cuarto Milenio» (Mediaset). Álex N. Lachhein ha trabajado en varios parques biológicos de nuestro país y participado en infinidad de producciones tanto de cine como televisión, en calidad de “Animal Trainer”, siendo a día de hoy, uno de nuestros más acérrimos paladines por la supervivencia del mundo rural. Gran experto en el trabajo de comunicación conservacionista tras más de treinta años de profesión trabajando con animales de todo tipo, es hoy una de las figuras públicas más combativas y polémicas frente al alarde de analfabetismo medio-ambiental y objetivo prohibicionista, del nuevo movimiento eco/vegano/animalista que parece invadir nuestra sociedad occidental de la mano de la corrección política y el marxismo cultural.