El declive de la izquierda

Corría el año 1989 cuando para estupefacción de muchos y jolgorio de todos el Muro de Berlín colapsaba llevándose por delante al sistema comunista como régimen político. Sin embargo, no iba ello a suponer, como algunos quisieron interpretar de Francis Fukuyama, el Fin de la Historia, ya que las izquierdas rápidamente reorientaron su estrategia hacia la batalla cultural como paso previo para acceder al poder, línea maestra definida por el Foro de Sao Paulo ya en 1990, con el polvo del Muro aún en suspensión. Su éxito a nivel global durante estas casi tres décadas ha sido tan indiscutible como lo es el hecho de que son ya muchos los indicios que tenemos para pensar que corren malos tiempos a nivel global para la socialdemocracia en general y para el marxismo cultural que en ella se apoya en particular.

La primera gran alerta de este cambio de tendencia se produjo en 2016 cuando, a pesar de todo lo publicado en la práctica totalidad de los medios internacionalistas y de todas las encuestas sugestivas anunciadas, el pueblo británico decidió en referéndum mostrar su rechazo a las políticas globalistas de Bruselas optando por la salida del Reino Unido de la Unión Europea. A esa primera gran sorpresa pronto se unieron otras, como la elección de Trump en Estados Unidos, el hundimiento generalizado de la izquierda en toda Europa, donde en países como Francia, Austria o Alemania han pasado de ser alternativa cuando no gobierno en toda regla a la casi irrelevancia, o las arrolladoras victorias de Viktor Orban en Hungría o de Jair Bolsonaro en Brasil. Lejos de resultar fenómenos aislados, si algo tienen en común todos estos movimientos es precisamente el rechazo a las políticas globalistas que el marxismo cultural impone. Rechazo a la fragmentación de la sociedad en grupos de interés incentivados, a la otorgación de privilegios en un afán por dar respuesta a supuestas injusticias sociales generando injusticias aún mayores, a la inmigración descontrolada y al afán de los gobiernos por esconder los nocivos efectos que conlleva desde el punto de vista económico, social y de la seguridad, al vaciamiento de las soberanías nacionales, a la corrupción institucionalizada y al adoctrinamiento globalista.

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Por fortuna, y como demuestra la irrupción de un VOX que ha puesto patas arriba el tablero de la política española, España tampoco se ha quedado atrás en este fenómeno. No tanto por el número de cargos electos, que también, sino, y muy especialmente, por la legitimación de un discurso que en realidad nunca se perdió pero que los españoles parecían guardar mayoritariamente en silencio por temor a las represalias del rodillo socialdemócrata de la corrección política, ese que niega el derecho de las voces discrepantes a ser escuchadas. Y es que VOX no solo ha encontrado por fin su espacio político. También ha conseguido romper ese consenso socialdemócrata impuesto desde la izquierda y aceptado sumisamente por el centro-derecha según el cual la izquierda tiene derecho a destruir lo bueno que deja en legado una derecha que a su vez tiene la obligación de apuntalar lo malo que la izquierda nos regala. Y esa ha sido precisamente su primera gran aportación a la sociedad española.

La rotundidad del éxito lo demuestra la furibunda y agresiva reacción en bloque de las izquierdas, que sin embargo no deben sorprender a nadie, ya que a la izquierda si hay algo que la encrespe más aún que perder el poder, es perder el relato, ese por el cual se auto-asigna una superioridad moral que nadie puede osar discutir. El peligro real y palpable de que se esté perdiendo la hegemonía del relato es precisamente lo que provoca esas exageradas reacciones que incluso llegan a hacer llamamientos a la violencia proclamando infantiles alertas antifascistas que, sin embargo, tienen el efecto contrario, ya que están reforzando la idea que los electores empezaban a cultivar en sus mentes de que su futuro estaba en las manos equivocadas.

Al igual que en el Reino Unido, en Estados Unidos, en Austria, en Hungría o en Brasil, en España la sociedad también parece haberse cansado de conflictos artificiales generados por políticos profesionales, de guerras de género en las que la mitad de la población es criminalizada por cuestión de sexo, de ver pisoteada la presunción de inocencia, de demagogias y victimismos, de financiar ocurrencias de un poder dedicado a hacer doctrina en lugar de a gobernar, o de que se la imponga el tener que pedir perdón por sentirse orgullosa de sus raíces y de esa cultura Occidental que representamos. Y, además, se ha cansado también de que se haga política contra España en lugar de política por España y para los españoles, de ahí la importancia de la novedad de jurar los cargos públicos por España, el país al que se sirve, y no por imperativo legal o cualquier otra imaginativa fórmula de esas a las que nos estábamos empezando a acostumbrar y que van siempre orientadas a despreciar las Instituciones a las que los cargos electos que las formulan han de representar.

La amenaza frentepopulista hizo despertar a la España viva, y la consecuencia es que todo apunta a que la izquierda va a tardar mucho tiempo en volver a ganar unas elecciones en España. La alianza con el comunismo castro-chavista y con los separatistas tiene todos los visos de ir a costarle muy cara a la izquierda, siempre por supuesto con el permiso de un Ciudadanos que parece sentirse más cómodo en el consenso internacionalista y federal socialdemócrata que en la defensa de la soberanía nacional y los valores tradicionales de Occidente. Sin embargo, lo que está en juego en España, como lo ha estado en otros países, es una forma de vida, un modo de entender la sociedad basado en la responsabilidad, el respeto, la libertad individual y la igualdad en derechos pero también en obligaciones, que, lejos de admitir medias tintas, exige escrupulosa definición. Una definición que el PP, gracias al efecto de VOX, ya parece haber hecho, como demostró Isabel Ayuso inaugurando un giro de 180 grados en el discurso público del partido, pero que Ciudadanos tiene todavía pendiente, y que necesariamente implica por acción u omisión seguir el camino al precipicio de toda la izquierda internacionalista, camino que están siguiendo todas las izquierdas por todo el planeta, o bien tender la mano a la España que ha despertado no para seguir igual pero gobernada por otros, sino para cambiar definitivamente de rumbo.