El antifascismo como apología de la barbarie

Sin duda, ha sido VOX el partido español que, desde su fundación en 2014, ha sufrido un mayor número de agresiones por parte de los grupos secesionistas y de la izquierda revolucionaria autodefinida como “antifascista”.

Nada más conocerse el resultado de las elecciones autonómicas andaluzas, dado el éxito evidente de la formación política liderada por Santiago Abascal, Pablo Iglesias y otros dirigentes de Podemos hicieron un llamamiento a la lucha “antifascista” y demandaron el “control sanitario” del nuevo partido emergente. Consecuentemente, fueron numerosos los actos vandálicos en no pocas ciudades andaluzas. Debemos preguntarnos, sin embargo, qué es lo que entienden Pablo Iglesias y sus acólitos por “antifascismo”. La respuesta la tenemos en el libro del activista Mark Bray, Antifas: el manual antifascista, recientemente traducido al español por la editorial izquierdista Capitán Swing. Su mensaje resulta estremecedor, pero, al mismo tiempo, muy aleccionador. Para Bray, su libro pretende ser “un toque de arrebato que intente dotar a una nueva generación de antifascistas del bagaje histórico y teórico necesario para derrotar a la extrema derecha que resurge”. A diferencia de otros antifascistas, el autor enlaza históricamente su causa con la de las izquierdas revolucionarias del período de entreguerras: comunistas, anarquistas y socialistas. En consecuencia, se autodefine por su radicalidad, ya que se trata de un movimiento con una propuesta revolucionaria, dando “prioridad a la construcción de un poder popular en la comunidad y a vacunar a la sociedad frente al fascismo, mediante la difusión de planteamientos políticos de izquierda”; y que tienen su concreción en el “sindicalismo, okupación, activismo medioambiental, movilización contra la guerra o solidaridad con personas migrantes”, “la formación de tabúes sociales contra el racismo, el sexismo, la homofobia y otras formas de opresión que constituyen las bases del fascismo”. Entre los ancestros antifascistas figuran, a su juicio, los Arditi di Popolo Italiano, los partisanos en la Segunda Guerra Mundial, la oposición guerrillera a Franco, los anarquistas, el Partido Obrero Socialista Revolucionario, los partidos comunistas. A ese respecto, exalta las acciones violentas de los nuevos antifascistas como el Partido Pantera Negra, los punkies, los Dragones Negros, las Miss Dragonas Negras, SOS Racismo, Francotiradores y Partisanos, Autonomía Obrera, Antifascistas Revolucionarios, Fuego y Llamas, Brigadas Rojas, Lucha Continua, etc, etc. Sus enemigos en la actualidad son los que denomina “nazis de corbata”, es decir, Frente Nacional Francés, UKIP; AFD, PEGIDA, Amanecer Dorado, Partido Popular Danés, etc. Frente a estos partidos, Bray justifica el empleo de la violencia: “Desde un punto de vista histórico, las ideas fascistas y similares progresaron en el debate abierto. En ocasiones, la discusión fue suficiente para acabar con su presencia. Pero en muchos otros casos, no. Por eso, los antifascistas se niegan a depositar sus esperanzas de libertad y seguridad para toda la humanidad (¡) en un proceso de debate público que ya se ha visto que puede fracasar”. “Desde su punto de vista, los derechos que propugna el gobierno parlamentario capitalista no merece respecto inherentemente”. Los fascistas “no tienen derecho a expresarse libremente”. La ofensiva antifascista tiene como objetivo central “la expropiación global de la clase capitalista y la destrucción (o tomo) de todos los Estado existentes por medio de un levantamiento popular internacional que la mayoría piensa que va a implicar alguna forma de enfrentamiento violento con las fuerzas del Estado”. Bray predica “la guerra de clases”; y estima que “destruir el fascismo consiste realmente en promover una alternativa socialista revolucionaria (en mi opinión, una que sea antiautoritaria y antijerárquica) ante un mundo en crisis”. Y, significativamente, señala Bray que el antifascismo es más favorable que el liberalismo a la práctica de la libertad de expresión, porque defiende una sociedad “sin clases”.

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Claro que, como se desprende de este mensaje, si las campañas de estos movimientos lograran cristalizar en una legislación específica contra el “fascismo”, los primeros perjudicados serían ellos mismos, dada su encendida defensa de la intolerancia, de la violencia y de la tiranía, cuyo resultado ya se experimentó en los países de socialismo real. Toda una ironía histórica.