El amigo invisible

El personaje invisible (por el motivo que fuera) que oficia de “voz de la conciencia” o que intenta advertir infructuosamente de algo a quienes (sin saberlo) lo rodean es ya un clásico en la Historia del cine y la literatura. Es el caso -sin ir más lejos- de clásicos modernos como Ghost, más allá del amor (Ghost, Jerry Zucker, 1990), El sexto sentido (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan, 1999) o, incluso, una reciente e inefable publicidad de una aseguradora. En todos esos ejemplos, el ser en cuestión se esfuerza por transmitir algún aviso urgente a otras personas que no quieren o no pueden entenderlo o percibirlo.

Algo así pudimos ver en el último debate a cinco, protagonizado por los ya familiares Pablo Iglesias, Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Casado. En esta oportunidad, hizo su fulgurante aparición el líder y candidato de VOX, Santiago Abascal. Fue responsabilidad de Abascal interpretar al hombre invisible de quien hablábamos al comienzo. Condenado al ostracismo por el resto de los participantes, Abascal recibió -contra todos los pronósticos, o quizá no- el apoyo del público televidente que, para estupor del progresismo vernáculo, lo ubicó al tope de las preferencias post debate.

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Con un trámite previsible, aunque con momentos sorpresivamente ásperos y rivalidades inesperadas, el debate no se salió demasiado de las líneas originalmente planteadas. Fue sorpresivo, todo hay que decirlo, el extraño vínculo entre Sánchez (quien tiene una opinión demasiado alta de sí mismo) e Iglesias (abocado a salvar a su partido del precipicio electoral), más propio de una matrimonio fallido que de dos aliados políticos que pretenden formar gobierno juntos. Nota aparte mereció la desesperación de Albert Rivera. El líder anaranjado, con un bolso lleno de objetos que lo hacía parecer un viajero vendedor, intentó por todos los medios convertirse en el centro de la escena y sorprendió a Pablo Casado con el ya clásico arsenal Gürtel-Bárcenas que provocó una mueca amarga en el rostro del presidente popular.

Convendría fijarse en las maneras sólidas y convencidas de Santiago Abascal, que se dio el lujo de cerrar su intervención con una frase de Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936), fundador de las Juntas de Ofensiva-Nacional Sindicalista junto a Onésimo Redondo (1905-1936). Un auténtico horror para la izquierda.

El domingo sabremos en qué queda todo esto.

 

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.