El amigo francés

Emmanuel Macron

La intervención velada o expresa de partidos políticos pertenecientes a países extranjeros (especialmente, potencias como el Reino Unido, Alemania, la Unión Soviética o Francia) fue un clásico de las relaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo XX.

Iniciada la Guerra Fría, nada costó advertir la furibunda injerencia comunista en los asuntos del Bloque del Este, particularmente en países como Hungría, la entonces Checoslovaquia, Polonia, Rumanía y demás naciones subyugadas por Iósif Stalin. En Europa Occidental, este irresistible encantamiento con los lineamientos provenientes de Moscú comenzó a desaparecer, paulatinamente, con el surgimiento del Eurocomunismo, engendro oficializado en 1977 por el italiano Enrico Berlinguer, el francés Georges Marchais y el español Santiago Carrillo.

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En el otro lado del espectro político (y al margen de la consabida intervención estadounidense, que presentó y presenta otras características culturales, económicas y militares), ya nadie duda de la intervención de la socialdemocracia y la democracia cristiana alemanas en la política interna de las naciones europeas, verbigracia el financiamiento del ala del Partido Socialista Obrero Español liderada por un joven y desconocido abogado sevillano y católico, de nombre “Isidoro” en la clandestinidad. La omnipotente presencia alemana concretó sus objetivos en los decisivos congresos de la Unión General de Trabajadores (1971), del PSOE (1972) y dio la puntada final en el fundamental Congreso de Suresnes de 1974, cuando la facción encabezada por el legendario Rodolfo Llopis fue condenada al ostracismo por un Felipe González que abandonaría -más temprano que tarde- las tesis de Karl Marx.

Y así, con las potencias europeas manejando los hilos del Gran Juego, llegamos a 2019. Ciudadanos, el partido nacido para revolucionar el liberalismo español, comienza a convertirse en una pieza fundamental de la injerencia francesa en España, bocado preciado por el país galo desde, al menos, 1808. El candidato anaranjado a la alcaldía de Barcelona, el ex primer ministro francés Manuel Valls, pasó de ser el fichaje estrella del equipo de Albert Rivera a convertirse en el valido del sagaz ocupante del Elíseo, Emmanuel Macron, en España. Desde Francia, incluso, se expresó la preocupación del primer mandatario por los posibles pactos entre Ciudadanos y VOX, la mancha que todo lo contamina.

Abundando en el espanto, apareció Manuel Conthe. Conocedor de lo que significan las presiones externas, secretario de Estado de Economía entre 1995 y 1996, así como presidente de la Comisión Reguladora del Mercado de Valores entre 2004 y 2007 (donde alcanzó la fama por su oposición a la OPA sobre Endesa, objetivo de Enel y Acciona), Conthe se balanceó entre la furia y la ironía con un tweet quirúrgico: “Yo llegué a creer q Rivera y C’s era partido liberal serio, con sentido de Estado y espíritu regenerador. Pero me están empezando a parecer unos payasos, tan poco fiables como otros partidos y líderes. Como consuelo, siempre nos quedará Valls”.

¿Podrá la sociedad española construir un proyecto autónomo, sensible y empático con la Unión Europea, pero independiente y con personalidad propia? En resistir las presiones del supragobierno de Bruselas y sus adláteres está el juego.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.