El acabóse

Hoy, lamentablemente, está siendo un día estupendo, ayer no fue peor, y mañana, según pronostica Maldonado, tendremos otro día de calamitosa belleza. De buena mañana subo a la azotea para llevarme un disgusto: el cielo está tan azul y tan alto que ningún cohete lo alcanzaría; los pájaros, afortunados imbéciles, llevan desde el alba con sus festejos y requiebros; todo es tan nítido, tan transparente, que los colores se pavonean, distinguibles y distinguidos. Me tortura esta sádica forma que tiene el mundo de acabarse.

Miro los periódicos. Como es temporada, encuentro pavorosos estudios sobre la descongelación de los polos, la plastificación de los mares y la propagación infecciosa del desierto. Al tiempo que el azahar, florecen estos avisos de catástrofes climáticas que me quitan el sueño; y es que, por lo que sea, tengo ciertas afinidades con este mundo y no me gustaría verlo desaparecer; o, mejor dicho, no me gustaría ver cómo le pega un puntapié a todos los malhadados hijos de Adán, entre los que humildemente me cuento.

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Y dado que estos días de deleitable augurio primaveral parecen confirmar el cambio climático, no los disfruto más de lo que disfrutaría una sentencia de muerte. Veo pasar las mariposas sedosas y erráticas y las maldigo: son la lividez del moribundo. Huelo la flor del almendro y aparto la nariz con desagrado como si hubiera olido la misma putrefacción. He llegado a un punto en que ya sólo estoy tranquilo en invierno; y no en todo el invierno, sino sólo en sus días más desapacibles, fríos y lluviosos. “¡Qué mal día hace!”, se queja la gente. Al contrario, pienso yo.

Y lo peor es que quizás no sea para tanto y esté sufriendo tontamente. A lo mejor es todo una exageración, una inflación del miedo. Pero no hay forma de saberlo porque unos dicen que sí y otros que no; ¿de quién fiarse? Me escama, por ejemplo, que por regla general cierta inclinación política suponga, a su vez, cierta consideración sobre el cambio climático o nuestra capacidad para revertirlo. ¿Qué tendrá que ver? ¿Acaso la lucha de clases te da una perspectiva más clarividente sobre el derretimiento del hielo? ¿Acaso las ideas conservadoras te convierten en un friolero incorregible para el que nunca hace suficiente calor?

Lo mejor será que nos pongamos de acuerdo, de modo que yo pueda disfrutar de estas primicias primaverales. Porque si resulta que estos maravillosos días no son síntomas de destrucción, los podría disfrutar con mi familia tranquilamente, buscando una sombra amena y bebiendo vino. Si, por el contrario, se concluye que efectivamente esto es el fin, disfrutaría también, aunque de forma más intensa y desesperada, sabiendo que apuramos los estertores del mundo y que estos esplendorosos días son su último fruto, su luminosa despedida. Lo que no sirve de ningún modo es esta indecisión, este temor difuso que me paraliza y que sólo me deja disfrutar los días más desagradables.