El aborto, hoy

Desde 1990 hasta 2014, se practicaron en el mundo desarrollado 50,2 millones de abortos; en los países en vías de desarrollo, durante el mismo período, se practicaron 55,9 millones de abortos

En 2017 en todo el mundo, el 56% de los embarazos no deseados acabaron en aborto inducido; en Europa, el porcentaje ascendió al 70%. En España, durante el mismo año, se practicaron 94.123 abortos; un 89,7% fue por petición propia, y solamente un 6,38% lo hicieron porque suponía un riesgo grave para su vida o su salud. 

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Los laboratorios de comunicación política de los partidos y grupos de presión que apoyan la práctica abortista han bautizado esta práctica como “interrupción voluntaria del embarazo” pero la realidad tiene un nombre mucho más feo y mucho menos soportable para nuestras conciencias. 

Vivimos en sociedades prósperas, seguras y saludables, pero quienes dominan el debate público emplean grandes esfuerzos en que todos nos sintamos culpables por comer hamburguesas, al mismo tiempo que han hecho creer que abortar es una nadería, que no hay un ser vivo en el vientre materno y que, además, es un derecho. Mark Millar definió, en boca del personaje de Hit-Girl de Kick Ass (2008), lo que era un progre: alguien que llora por la extinción del tigre de bengala mientras anima a las mujeres a que no piensen mucho en “lo que llevan dentro”, según ha dicho la madre de mellizos Irene Montero. Reagan siempre decía que el aborto es defendido por gente que ya ha nacido. 

En términos generales, y sin entrar en los casos complicados (violaciones, malformaciones del feto, enfermedades genéticas, peligro para la madre, etc.) que merecen un análisis diferente, estamos permitiendo un baño de sangre masivo en unas sociedades envejecidas, desprovistas de toda aspiración y alérgica a las responsabilidades. A los líderes del mañana les hemos desprovisto de toda consecuencia de sus actos. No puedes pagar la hipoteca, tranquilo, nadie te va a desahuciar; no te gusta el trabajo en el que estás, tranquilo, renta básica universal y a ver Netflix y pornografía en tu sofá; no aguantas visitar a tus abuelos enfermos, tranquilo, no les visites, nadie puede obligarte. En este sentido, los milenials no quieren tener hijos porque es el único compromiso de por vida. No sólo necesitamos niños y no los tenemos, es que, además, a miles de ellos, los tiramos a la papelera. Y lo hemos convertido en un derecho. 

Quizás, las organizaciones que intentan promover el derecho a la vida deberían tomarse mucho más en serio el problema, o emplear nuevas tácticas para influenciar a la sociedad y a las futuras generaciones. No hace falta que hagan experimentos políticos y de marketing, simplemente, podrían acudir a casos reales silenciados por el gran público. 

En EE.UU. en los últimos años, ha tenido impacto un caso espeluznante. A nuestras pantallas no ha llegado aún (fue emitida en 2014 en EE.UU.) Gosnell: El juicio del mayor asesino en serie de América. Kermit Gosnell es un médico abortista que durante su carrera practicó más de 30.000 abortos, muchos de ellos, a niños que nacían vivos. La película narra el juicio a Gosnell en donde afloran las prácticas de este matarife que ha dado con sus huesos en prisión para el resto de su vida, sin posibilidad de indulto. El proceso mediante el cual llevaba a cabo el asesinato del recién nacido es escalofriante. Los productores de la película, acosados por grupos de presión pro-abortistas, han insistido por activa y por pasiva que no es una película sobre el derecho al aborto, sino sobre un asesino en serie. 

¿Puede salir en España, algún día, un caso Gosnell? Probablemente, como es costumbre nos polarizaríamos, y el auténtico trasfondo del asunto, quedaría desplazado por luchas ideológicas. Y aquí está el problema: el aborto se ha convertido en un tema, uno más, guerracivilista. No obstante, debería ser transversal y llegar a todas las capas de opinión. 

El aborto es una desgracia, y detener la sangría masiva debe ser una lucha en la que nunca debemos desfallecer.