Dos mil años

Esta civilización cristiana, tan odiada por las hembristas y su séquito de castrados intelectuales, es excelente en sus fines y en sus medios: es la más libre, la más ilustrada, la más próspera y la más hermosa.

Esta mañana he escuchado en la radio a una muchacha que defendía la superstición de género y afirmaba, con la solemnidad que da la ignorancia instruida, que las mujeres llevaban dos mil años siendo tiranizadas por una religión y una cultura misóginas. El locutor callaba y el resto de la audiencia asentía. Yo, que no soy persona especialmente ingeniosa ni pronta a dar respuestas contundentes, encontré de golpe una réplica para la chiquilla: ¿Las mujeres oprimidas? Sí, claro, y también los hombres. ¿Quiénes fueron los muertos en las guerras, los esclavos en las minas, los remeros en los trirremes, los cargadores en los mercados, los obreros en las fábricas y los jornaleros en los campos? ¿Ha sido la vida de la mayor parte de los hombres un lecho de rosas en los últimos dos mil años? Si la muchachita en cuestión leyera a Marx, a Lenin, a Engels y a los clásicos del marxismo y del anarquismo, se daría cuenta de que los proletarios, obreros, campesinos y soldados varones estaban sometidos a unos tratos de tal violencia física que dejan tamañito cualquier abuso que hoy se denuncie en  Occidente.

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La vieja izquierda marxista, los dinosaurios de mi juventud universitaria, tenían al menos la virtud de leer historia, aunque fuera, como señalaba Nicolás Gómez Dávila, para decirnos que Atenas era interesante porque exportaba aceite y compraba trigo. Cierto, sus miras eran sectarias y demenciales, pero tenían un fundamento más o menos serio. La izquierda antigua, a la que empiezo a añorar, no era emotivista, sino racional, y admitía incluso las ideas opuestas sin tomárselas como una ofensa, una falta de respeto o un delito de odio. Te podían mandar al Gulag, pegarte un tiro en la nuca o, lo que era más común en estas latitudes, arruinar tu vida académica y condenarte al silencio, pero no se ponían histéricos ni se echaban a llorar. Contestaban en su modo plúmbeo y dogmático, pero se tomaban la molestia de analizar y leer. Y, curiosamente, tanto Marx como Engels eran bastante eurocéntricos y consideraban que, pese a sus evidentes injusticias, el mundo occidental era preferible al resto de las civilizaciones. Fue a partir de Lenin cuando el odio a Europa, herencia del anarquismo ruso, se impuso en las izquierdas y éstas empezaron a tejer su vergonzosa red de alianzas con la barbarie, eso que en los sesenta se llamaba tercermundismo y hoy se conoce como crítica postcolonial.

Pero vamos a lo que más me llamó la atención, que es el rechazo de la civilización cristiana. Los dos mil llamados años, que diría Fernando VII (digno maestro de esta señorita), son  los de la música de Bach, de Beethoven y de Mozart, los de las esculturas de Miguel Ángel y Bernini, los de los versos de Petrarca, los del Fausto de Goethe y el Lear de Shakespeare, los de  nuestros Cervantes, Lope, Calderón, Larra, Baroja o don Benito Pérez Galdós, los de Newton, Galileo, Kepler o Edison, los de los paisajes absolutos de Claudio de Lorena y los tonos fascinantes de Rubens, los de la difícil sencillez de Velázquez, las tinieblas de Caravaggio y la tragedia íntima de Rembrandt… Vaya, que estos dos mil años no han sido malos del todo. Que pese a las invasiones bárbaras, los güelfos y gibelinos, las guerras de los cien, treinta o siete años y el malvado colonialismo, la Europa cristiana alumbró una civilización que todavía nos asombra con sus catedrales góticas, sus ciudades milenarias y sus palacios barrocos… En definitiva, somos el producto de una larga tradición y una excelsa cultura que ahora unas cuantas intelectuales burguesas impugnan desde su origen. Pero, ¿puede la idolatría de género igualar los logros de la Europa cristiana? No, simplemente es una negación de la base de nuestra vida civilizada: la familia tradicional, la herencia de dos milenios y la comunidad política basada en la unión de las familias formadas en una tradición común. No podemos negarles una esencial honestidad a las resentidas catequistas del género: su objetivo es destruir la civilización de Occidente.

En esa cultura bimilenaria las mujeres no estuvieron escondidas tras un gineceo, como fue el caso de la Hélade, sino que brillaron con luz propia: Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania, María de Francia, Santa Teresa de Jesús, Artemisia Gentileschi, Elisabeth Vigée-Lebrun, Mary Cassat, Sor Juana Inés de la Cruz, Marguerite Yourcenar, Madame de Pompadour, María Teresa de Austria, Emily Dickinson, Jane Austen, las Brontë: artistas, escritoras, gobernantes, las mujeres han brillado en la cultura de Occidente como en ninguna otra.  En la “machista” y “misógina” España son protagonistas de nuestro Medievo, como doña Toda de Navarra o doña María de Molina, por no hacer referencia a la indispensable Isabel la Católica, sin hablar del primer siglo borbónico, en el que todo nuestro imperio fue gobernado por damas de carácter como la princesa de los Ursinos o Isabel de Farnesio. En la “machista” cultura de la Europa cristiana la mujer alcanzó un protagonismo que es imposible hallar en otras civilizaciones. Si algunas de ellas se encontraron con solemnes idiotas que les reprochaban su condición femenina, su caso no difería del de los hombres que se tuvieron que sobreponer a un origen pobre, plebeyo, herético o extranjero.

Pero, además, es que esta civilización cristiana, tan odiada por las hembristas y su séquito de castrados intelectuales, es excelente en sus fines y en sus medios: es la más libre, la más ilustrada, la más próspera y la más hermosa. De hecho, de no ser por la libertad y la riqueza que el “misógino” Occidente alcanzó entre 1700 y 1914, año de su suicidio, ni el feminismo ni las diversas aberraciones pseudoletradas con que nos obsequia la izquierda académica serían posibles. No se dan cuenta, pobrecitas, de hasta qué extremo ellas mismas son un lujo cultural de Occidente, un producto hiperintelectualizado de las clases más ricas y ociosas de la raza blanca. Quizá, dentro de diez o quince años, la irresistible expansión de la sharia en la inminente Eurabia que nos prepara la ONU les haga recapacitar sobre sus condenas de la “malvada” tradición cristiana.