Despreciar lo heredado

Aunque muchos intelectuales liberales se resistan a reconocerlo, el hombre no es una isla. Crece y se desarrolla en una comunidad que, asentada sobre una tierra concreta, existía antes de que él naciese y seguirá existiendo cuando él fenezca. En este sentido, toda persona hereda ineluctablemente un legado que, lejos de ser inocuo, crea obligaciones; la compele, así, a rendir gratitud a los que la precedieron y a desvelarse por los que vendrán, que deben gozar también del legado.

En el deterioro de estas obligaciones radica precisamente uno de los grandes males del Occidente hodierno. Por lo general, el hombre europeo ya no acoge agradecido el regalo que le brindan sus ancestros; al contrario, lo desprecia, lo juzga torticeramente o, en el mejor de los casos, lo cuestiona. Pletórico de una soberbia adolescente, cree que él mismo podrá construir en unos pocos años algo mejor, más luminoso, que lo que ha construido toda una comunidad en siglos.

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Tal vez podamos ilustrar este rechazo con una alegoría: imaginen a un hombre tan orgulloso que, habiendo heredado de su padre una fortuna, la dilapida premeditadamente, convencido de que todo lo tiene que conseguir por sus propios méritos. Ese hombre ignora que, en determinadas ocasiones, la virtud consiste simplemente en recibir y agradecer. En parte porque quien recibe y agradece reparará más fácilmente en la importancia de dar.

El caso de España

Este rechazo de lo recibido, que afecta a Europa como civilización, resulta especialmente evidente en España. Así, se cuentan por millones los españoles que, avergonzados de lo que han heredado de sus ancestros (incluida la nación), buscan ávidamente el mejor modo de desecharlo. No lo consideran fuente inagotable de riqueza (en el mejor sentido de la palabra), libertad y sentido, sino carga onerosa de la que hay que desprenderse.

Las generaciones pasadas, responsables de casi todo lo bueno de lo que ahora gozamos, son afrentadas a diario en los medios de comunicación y en las universidades. En este sentido, las élites intelectuales españolas presentan nuestra historia común como una sucesión de hechos atroces; apartan de los planes de estudio la literatura, el arte y la música creada por algunos de nuestros antepasados más egregios; y retratan las costumbres, ceremonias y ritos locales – realidades heredadas – como hediondos restos de un tiempo que ya debería haberse superado.

Este desprecio a lo heredado se acaba tornando, claro, en un desprecio a quienes acogen lo heredado, preservándolo y avivándolo para que las generaciones venideras lo disfruten. Así, los periodistas y los políticos de las grandes ciudades se mofan a diario de los españoles que viven de modo semejante a sus ancestros: desprecian al hombre de campo que caza para subsistir, escarnecen a los matrimonios que rezan con sus hijos y estigmatizan a quienes aman su patria sin ocultarlo (o sin pedir perdón).

Disolver la nación

Por otra parte, esta endofobia goza en España de una vigorosa representación política, más transversal de lo que pudiera parecer. No sólo la profesan PSOE y Podemos, sino también los ‘constitucionalistas’ PP y Ciudadanos. La de estos últimos se antoja incluso más perniciosa, pues, como gotas de agua que caen repetitivamente sobre una roca, va erosionando la comunidad con maquiavélico disimulo.

Así, el patológico afán de Casado y Rivera por disolver España en la Unión Europea y conformar así los ‘Estados Unidos de Europa’ se asienta sobre esa aversión a la realidad heredada que con tanto denuedo hemos explicado. Una aversión cuyo origen, por cierto, no es exactamente reciente; ya la exhibía Ortega y Gasset en aquella frase tan famosa como provinciana: ‘España es el problema y Europa la solución’.

Sin embargo, disolver las naciones en instituciones transnacionales conlleva consecuencias fácilmente observables. Atendiendo a la situación de Europa, donde este proceso de integración de lo nacional en lo transnacional más se ha desarrollado, nos percataremos de que la capacidad de decisión del hombre corriente en cuestiones políticas es cada vez menor. No en vano, la mayor parte de las leyes que rigen las vidas de los pueblos europeos son redactadas y promovidas por burócratas – los comisarios – que rinden cuentas sólo ante sí mismos.

¿Cómo recuperar, pues, la influencia del pueblo en la política? Restaurando las obligaciones y lealtades entre generaciones, hoy deshechas por la endofobia que fomentan las élites. Sólo así conseguiremos vigorizar la nación, que es el sustento necesario de toda democracia verdadera.