Defender lo humano

En el año 1986, Patricia Smith Churchland publicó un libro de neurofilosofía llamado a marcar un antes y un después en la historia de la reflexión sobre el hombre. Durante siglos, la filosofía había distinguido claramente los procesos mentales de las personas – capaces de amar, odiar, desear, etc. – de los de los animales, ineluctablemente determinados por los instintos. Esta antañona distinción comenzó a resquebrajarse en el Siglo XIX con el auge de las teorías evolucionistas; pero no fue hasta las postrimerías de la pasada centuria cuando perdió el sentido a ojos de ingentes estudiosos que, influidos por el ensayo de Churchland, estaban dispuestos a cuestionar la historia de la filosofía en su conjunto.

De acuerdo con Churchland y toda la psicología evolutiva, las diferencias entre los procesos mentales de hombres y animales tienen que ver con su grado de sofisticación y no son, por tanto, diferencias esenciales, sino cuantitativas. Las acciones de ambos han de ser observadas como adaptaciones; esto es, como medios dirigidos a un único fin: la evolución. El ser humano no sería libre de elegir entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, la belleza y la fealdad (que, al fin y al cabo, no serían más que ficciones), sino que estaría sobredeterminado a actuar del modo más beneficioso para su evolución.

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Naturalmente, este afán por ilustrar de modo científico nuestro comportamiento es un producto tardío de la modernidad, que renunció al misterio y a lo intangible para imponer lo empírico, lo palpable, lo seguro. Ya no se trataba de adentrarse en los entresijos de la naturaleza humana para comprenderla mejor, sino de explicarla de tal modo que no quedase lugar a la duda. Y, claro, para lograr eso había que convertir al hombre en un animal. O en un autómata.

En busca de algo que nos diferencie

El gran problema de esta visión – dejando al margen su falsedad – estriba en que erosiona el basamento sobre el que se asientan las instituciones humanas. Así, si el hombre está determinado por la función evolutiva, no puede adueñarse de sus actos, que no procederían de una elección consciente. Y si no puede adueñarse de sus actos, reclamarlos como propios, tampoco podrá rendir cuentas por ellos. Las nociones de ‘premio’ y ‘castigo’ perderían inelectublamente su sentido, pues no habría nada que premiar ni nada que castigar.

Pero la cuestión va más allá. Afirmar que nuestro comportamiento está determinado por la genética o por el impulso evolutivo implica negar cuanto de bello y trágico hay en lo humano: el amor, el sacrificio, la entrega – antaño concebidos como la más sublime expresión de nuestra libertad, como una renuncia consciente al ‘yo’ – son disminuidos hogaño a la condición de reacciones químicas.

Pero, por contradecir a los psicólogos evolutivos, ¿existe algo que propiamente humano, algo que nos diferencie sustancialmente – y no cuantitativamente – de los animales? De acuerdo con el filósofo inglés Roger Scruton, sí lo hay: la autoconciencia, de la que brotaría toda la riqueza de lo humano. De este modo, gracias a ella, el sujeto (nosotros) puede decir qué es lo que está haciendo y responder a las preguntas de por qué y para qué.

Una mirada diferente

No queremos sugerir con esto que la mirada científica sobre el hombre, la que atiende sólo a lo material, sea inválida. Lo que queremos sugerir, al contrario, es que es incompleta, reduccionista. Con el hombre ocurre lo mismo que con cualquier cuadro: podemos observarlo o bien como un simple conjunto de pigmentos, o bien como una imagen dotada de sentido (sin obviar lo anterior).

Ante las acometidas de la neurofilosofía – que, paradójicamente, constituye una negación de la filosofía – y de la psicología evolutiva, nos alineamos con el dualismo cognitivo que defiende el ya citado Scruton. Desde el punto de vista científico, el hombre no es más que un amasijo de células; pero este punto de vista, insuficiente, ha de ser completado con el propiamente filosófico. Cuando el hombre es contemplado de esta última forma, deja de ser un mero amasijo de células y el cuerpo, lo perceptible, se torna en epifanía del alma, de lo invisible.