Cuando fuimos los mejores

En un efecto secundario pero potente de lo que Santiago Abascal llamó “marcar agenda” por parte de VOX, podemos comprobar que corren tiempos extrañamente refrescantes para la Historia de España.

Ya el 24 de enero pasado y en un artículo inusual para la prensa española (pero harto habitual en países como Francia, Estados Unidos o Rusia), La Razón citaba las palabras del Jefe de Estado Mayor del Ejército, general Francisco Javier Varela. El militar explicaba, sucintamente, los detalles del monumento que, basado en un boceto del maestro Augusto Ferrer-Dalmau y esculpido por Salvador Amaya se emplazará en el centro de Madrid para homenajear a los “Últimos de Filipinas”. La fecha elegida para inaugurar la estatua -sigue La Razón– no es casual: 30 de junio, Día de la Amistad hispano-filipina, propuesto por Emilio Aguinaldo (primer presidente del país asiático) para recordar a los héroes de Baler, grupo formado por cincuenta y cinco militares y tres religiosos. Confundidos con respecto al final de la guerra hispanoestadounidense, resistieron durante 337 días hasta rendirse con honores y ser homenajeados por los propios filipinos.

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El pasado 10 de marzo, el periódico ABC publicó -a todo color y en su portada- un dictamen de la Real Academia de la Historia efectuado a pedido del director del propio matutino (Bieito Rubido) y relacionado con la nacionalidad de origen de la primera vuelta al mundo, gesta protagonizada por la tripulación que había encabezado Fernando de Magallanes (1480-1521), sustituido a su muerte -a manos de las tribus cebuanas del datu Lapulapu- por Juan Sebastián Elcano (1470-1526).

En dicho dictamen, inusualmente contundente para la institución encabezada por Carmen Iglesias, se sostiene y confirma que, a despecho de lo argumentado por el gobierno portugués, la hazaña naval ideada por Magallanes reviste “plena y exclusiva españolidad”, en virtud de su tripulación, de su financiamiento y de sus objetivos. Magallanes, afirma la entidad académica, “(…) comandó en 1519 una expedición financiada por la Corona de España. Se hizo súbdito de Carlos I y castellanizó su nombre. Desde ese hecho hasta el regreso de Elcano en la nao Victoria perseguida por los portugueses, todo en la primera vuelta al mundo fue español”.

Y hay más. En su edición del 12 de marzo, El País (publicación periodística ajena al orgullo españolista si las hay) dedicó un importante espacio de sus páginas para comentar el estudio La leyenda negra de la presencia española en los Países Bajos, realizado por un grupo de especialistas de los departamentos Forense y de Biología de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica. Dicho análisis desmiente un clásico de la Leyenda Negra tradicional: los descendientes de las ciudades saqueadas por los Tercios de Flandes “no son herederos genéticos de los soldados de Felipe II”. Esto, que puede parecer un dato friki e irrelevante, dice mucho más de lo que parece. Es la piedra de toque para desmentir que hubiera una ola de violaciones en masa durante la entrada de los españoles en ciudades como la belga Alost en 1576. En una especie de CSI historiográfico, los científicos utilizaron 1.337 muestras de ADN y confirmaron que no se encontraron “firmas genéticas españolas en el genoma de los autóctonos” flamencos.

¿Qué clase de complejo impide a los españoles -a todos ellos- enorgullecerse de las gestas de su pasado? ¿Hasta cuándo pervivirá eso que el profesor Philip Powell llamó, en su ya canónico Árbol de odio, una “mezcla ponzoñosa de distorsiones difamatorias” y “falacias intelectuales”, sustento de “antipatías culturales” que impiden “una justa valoración” de lo que “ha sido el Mundo Hispánico”?

Nota aparte merece la tradicional actitud de la izquierda política, desdeñosa y recelosa de todo lo que pueda oler a hispanidad, orgullo patrio o glorificación del pasado. Como muestra, el enfant terrible del progresismo español, se burló del citado artículo de ABC, calificando al informe de la Real Academia de la Historia como un “VAR” que interviene “varios siglos después”. En sus palabras, lo ideal para España sería “enfocar las energías en lo que queremos ser”.

Un legado histórico y cultural es mucho más que un conjunto de leyendas para contar a los nietos en las noches de invierno. Es la materia prima con la que se construyen los relatos nacionales unificadores. Llega un momento en la Historia en el que los pueblos deben tomar las riendas de su futuro, pero también asumir su pasado que, en el caso de los españoles, cuenta con muchas más luces que sombras.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.