Confesiones de un padre sin vocación, el prólogo que nunca escribí

Escribir sobre la paternidad es, supongo, algo desaconsejable. Todos somos hijos de alguien y muchos hemos dejado ya una estela de carne con forma humana a la que llamamos hijo. Es algo común, y no al estilo del amor o la muerte, sino común en el sentido más ramplón del término. Mal relleno, en definitiva, para un endecasílabo.

Quizás, para encontrar su clave literaria, haga falta cierto temperamento, una sensibilidad capaz de ver la majestuosa arquitectura de lo minúsculo, la belleza desapercibida de lo cotidiano. No es mi caso. No soy un poeta. Aunque tampoco me gustaría exagerar: mi paternidad ha tenido hasta la fecha algunas epifanías, pero lo más común, la música de fondo, han sido los estallidos de cólera, dos, tres por día, depende. Y como mi intención primordial es que usted lo pase bien, intento no escribir cabreado, con lo que he tardado dos años en completar doscientas páginas. Así, estas confesiones están escritas gracias a los niños, pero también a pesar de ellos.

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Tampoco es la paternidad un desempeño muy espiritual. Vean si no a los nuevos teólogos de la familia haciendo piruetas para iluminar la trascendencia de una ocupación que se basa, principalmente, en pañales desbordados, llantinas y chichones. Que se colabora con el plan divino… seguro, pero en la trinchera, en el fragor, en la ofuscación. Los padres son la infantería. Es una labor, que más allá de discursos traídos por los pelos, te atornilla al mundo, te hace más terrenal.

Ya se dice en el título, no soy padre vocacional –supongo que en buena medida por mi egoísmo–, pero soy padre. Y si tuve a mis hijos es porque quiero a mi mujer, y ya está. Y ahora que los tengo, me alegro de haberlos tenido. Es más, a día de hoy puedo decir que lo único mejor a estar con mis hijos es estar sin ellos; dejárselos a la suegra, a la canguro, a la guardería… ah, eso es inigualable. Se aleja uno medio trotando, sin querer llamar la atención, como de la bomba se aleja el terrorista. Pero el tic tac no te abandona. Mi señor padre, que tuvo nueve, aún escucha, en medio de la noche, llantos de niños en una casa donde dejó de haberlos hace años. A veces, mi madre tiene incluso que despertarlo para que deje de mecer la mesita de noche.

Para no alargarme diré que le ofrezco las vivencias de un padre en cuyos planes no entraba serlo. He intentado escribir los quebrantos familiares –especialmente los que sufren mi mujer y mis hijos por mi culpa– de la forma más divertida y con la prosa más clara que tengo a mano. Además le doy una garantía: debido a mi alergia a todo lo pedagógico (cada vez que intento leer algo educativo se me enrojecen los ojos como si pelara cebollas) no encontrará ninguna enseñanza en este libro. Su única intención es que usted disfrute con cierta complicidad. Porque a los niños se les quiere, mucho, muchísimo, tanto que son ellos quienes estrenan un amor del que no te creías capaz; pero, en el mismo día, pueden inspirarte leves, pasajeros deseos de que el mudo arda.

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